Entre el olvido y la prosperidad
Pasaron más de treinta años —dice el gobernador— para que las voces de los pueblos olvidados fueran escuchadas. La frase, pronunciada desde Oxchuc, apela a una deuda histórica que nadie puede negar. Pero también obliga a una pregunta incómoda: ¿qué entendemos realmente por prosperidad?
Porque si prosperar es simplemente recibir más apoyos, entonces no estamos frente a una transformación, sino ante una continuidad del mismo modelo con distinto lenguaje. La prosperidad, en cambio, exige algo más complejo: capacidad de generar riqueza, acceso a mercados, educación útil, infraestructura funcional y, sobre todo, libertad económica para decidir el propio destino.
En ese contexto, el gobierno ha presentado el programa “Del olvido a la prosperidad: Declaratoria por la Prosperidad de los Pueblos Históricamente Olvidados”, con la promesa de invertir como nunca antes en salud cercana, educación, agua potable, caminos, electrificación y otros rubros largamente postergados. El diagnóstico implícito es correcto: hubo abandono. Lo que está por verse es si esta vez habrá transformación.
LOS DOCE MUNICIPIOS
Entonces germina un proyecto que ubica con claridad a los municipios señalados como los más rezagados: Aldama, Capitán Luis Ángel Vidal, Chalchihuitán, Chanal, Chenalhó, El Bosque, Mitontic, Oxchuc, Pantelhó, San Andrés Duraznal, San Juan Cancuc y Tila. Doce pueblos que no descubren nada nuevo: llevan décadas apareciendo en los primeros lugares de marginación.
La apuesta del gobierno es clara: invertir como nunca antes en salud cercana, educación, infraestructura, agua potable, caminos óptimos, electrificación y otros rubros que —según se reconoce— nunca fueron atendidos por autoridades que, en palabras del propio discurso, actuaron con una indiferencia ofensiva. Pero aquí es donde la narrativa tropieza con la realidad. Porque la pregunta de fondo no es cuánto se va a invertir, sino qué entendemos por prosperidad.
¿Es prosperidad tener caminos donde antes no los había? ¿Acceso a agua donde antes faltaba? ¿Clínicas donde antes había abandono?
O, dicho de otro modo:
¿estamos hablando de desarrollo… o apenas de corregir décadas de omisión?
LA CITA Y SU PESO
Desde Oxchuc, el gobernador recurrió a una frase atribuida al tatic Samuel Ruiz García: “Estar arriba con los de abajo, estar adentro con los de afuera y caminar para que las cosas no sean iguales”. La referencia busca darle contenido moral al discurso. Pero citar no cambia la realidad. Lo relevante no es la frase, sino lo que se haga después de pronunciarla.
LA POBREZA COMO SISTEMA
Hablar de estos municipios es hablar de una realidad estructural. Regiones enteras —principalmente indígenas— han vivido durante décadas fuera del desarrollo. No por falta de trabajo ni de identidad, sino por una combinación de aislamiento, baja conectividad, economías de subsistencia y decisiones políticas que nunca rompieron ese ciclo.
Durante años, la pobreza dejó de ser sólo un problema: se volvió un sistema administrado. Programas que aliviaban, pero no transformaban. Recursos que no generaban desarrollo. Obras sin impacto real. Y una lógica política que encontró en la necesidad permanente una forma de control.
ENTRE EL DISCURSO Y LA REALIDAD
Chiapas produce. Produce café, cacao, artesanía, cultura. Pero produce sin transformar, sin escalar, sin capturar valor. El dinero se queda fuera. A esto se suma una educación desconectada de oportunidades reales y una infraestructura que no integra, sino que apenas sostiene.
El reto no es llevar más recursos, sino cambiar el modelo. Pasar del asistencialismo a la productividad, de la dispersión a la integración, del discurso a la ejecución.
Porque la infraestructura básica no es prosperidad. Es el punto de partida. Es lo mínimo indispensable para que una comunidad funcione. Confundir ese piso con la meta es repetir el error histórico: celebrar como transformación lo que en realidad es apenas un acto tardío de justicia.
ENTRE DOS CAMINOS
Chiapas está, otra vez, ante una disyuntiva. O se integra a estas regiones al desarrollo económico real, con todo lo que implica, o se continúa administrando su pobreza con un lenguaje distinto, más cuidadoso… pero igual de estéril.
Porque entre el olvido y la prosperidad no hay un puente retórico. Hay un modelo que todavía no termina de cambiar.







