El precio de la ignorancia
Circula en redes un relato sobre tres juicios en Egipto que, más allá de su forma viral, contiene una verdad perturbadora. En el primero aparece el asesino de Anwar Sadat, presidente egipcio asesinado en 1981. Cuando el juez le preguntó por qué lo mató, respondió: “Porque era seglar”. Luego vino la pregunta decisiva: “¿Qué significa seglar?”. El hombre no supo contestar. Había matado por una palabra cuyo sentido ignoraba.
El segundo caso fue el atentado contra Naguib Mahfouz, novelista egipcio y premio Nobel de Literatura. Su agresor dijo que lo atacó porque había escrito una novela contra la religión. El juez quiso saber si la había leído. La respuesta fue no. Nunca la leyó.
El tercer caso fue el asesinato del intelectual Farag Fouda, un crítico del extremismo religioso. Su homicida afirmó que lo mató porque no tenía fe, porque eso estaba en sus libros. Pero no pudo citar uno solo. Al final confesó lo esencial: ni siquiera sabía leer ni escribir.
NO ERA FE, ERA ECO
En los tres casos el patrón es idéntico. Se mata por ideas que no se entienden. Se condena por palabras que no se han leído. Se odia por conceptos que no se saben definir. No se trata de convicción sino de repetición. No es pensamiento: es reflejo. No es criterio: es obediencia.
Y ahí está la lección de fondo. La violencia no siempre nace de una pasión auténtica ni de una creencia razonada. Muchas veces nace de la ignorancia organizada, de la ignorancia utilizada, de la ignorancia convertida en combustible político o religioso.
EL TERRENO FÉRTIL DEL POPULISMO
Por eso los regímenes populistas, autoritarios o francamente totalitarios han entendido siempre que una masa mal educada, o educada a medias, es mucho más funcional que una ciudadanía formada. A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, personajes tan distintos en sus banderas como Fidel Castro, Juan Domingo Perón, Benito Mussolini, Adolf Hitler o Hugo Chávez comprendieron algo elemental: quien monopoliza la palabra termina moldeando la realidad de millones.
El método suele parecer distinto, pero en el fondo es el mismo: largas horas de discurso, simplificación de los problemas, apelación emocional, enemigos visibles, culpables convenientes y una narrativa única repetida hasta el cansancio. No se trata de informar, sino de ocupar todo el espacio mental posible. No se busca educar, sino sugestionar. No se alienta a pensar, sino a asentir.
LA HIPNOSIS COTIDIANA
En México hemos visto una versión muy clara de ese fenómeno. Andrés Manuel López Obrador convirtió la exposición cotidiana desde el poder en una herramienta central de gobierno, y Claudia Sheinbaum mantiene hoy conferencias de prensa frecuentes desde la Presidencia, prolongando ese modelo de comunicación directa. El gobierno federal sigue usando ese formato como eje de agenda pública.
El problema no es que un gobernante hable. Todo gobernante debe comunicar. El problema comienza cuando la palabra oficial busca convertirse en la única versión legítima de los hechos, cuando se habla durante horas cada día para saturar el debate público, fijar marcos mentales y anular el peso de los contrapesos. Ahí la comunicación deja de ser rendición de cuentas y se vuelve pedagogía del sometimiento.
Porque una ciudadanía robusta escucha, compara, verifica y contradice. Pero una ciudadanía debilitada por el rezago educativo termina consumiendo el discurso oficial como verdad revelada. Lo que no se confronta, se incorpora. Lo que se repite sin cesar, se normaliza.
EL REZAGO EDUCATIVO COMO HERRAMIENTA
Por eso el rezago educativo no es un daño colateral. Es una condición políticamente rentable para quienes necesitan masas antes que ciudadanos. Un país que lee poco, comprende poco y discute poco es mucho más fácil de conducir mediante consignas. Un pueblo sin hábitos de lectura ni pensamiento crítico queda a merced de quien mejor administre las emociones colectivas.
La ignorancia no solo empobrece materialmente. También desarma moral e intelectualmente. Reduce la capacidad de distinguir entre argumento y consigna, entre dato y propaganda, entre convicción y fanatismo.
EL DOCTRINAMIENTO
Pero hay algo todavía más delicado. No solo está el abandono educativo, sino también la tentación del adoctrinamiento. La llamada Nueva Escuela Mexicana se presenta oficialmente como un proyecto educativo “crítico, humanista y comunitario”, y la propia SEP la sigue promoviendo como eje del sistema educativo vigente.
Ese es el discurso oficial. Pero una cosa es la retórica institucional y otra la lectura política de sus contenidos, su tono y su orientación. La sospecha de muchos es que, bajo un lenguaje pedagógico aparentemente noble, se va instalando una visión del país donde el Estado no solo educa, sino que orienta ideológicamente. Donde no solo forma, sino que predispone. Donde no solo transmite conocimientos, sino también lealtades emocionales y prejuicios políticos.
Si eso ocurre, el trabajo del poder se vuelve más sencillo a futuro. Ya no necesita convencer cada día desde cero: le basta cosechar lo sembrado desde las aulas. Y así, en vez de formar ciudadanos libres, se corre el riesgo de fabricar seguidores previsibles; no una sociedad de criterio, sino una reserva permanente de adhesión automática.
NO SE TRATA SOLO DE ESCUELA, SINO DE LIBERTAD
La educación verdadera incomoda al poder porque enseña a preguntar. Enseña a dudar. Enseña a detectar trampas verbales. Enseña a desobedecer intelectualmente. Por eso todo proyecto hegemónico, de derecha o de izquierda, siente la tentación de intervenirla, rebajarla o convertirla en plataforma doctrinaria.
Una sociedad educada puede escuchar un discurso presidencial de tres horas y salir de ahí con más preguntas que certezas. Una sociedad sin esa formación sale con consignas. Y cuando eso pasa, el espacio público deja de ser un lugar de deliberación para convertirse en un escenario de reflejos.
EL PRECIO INVISIBLE
Las historias de Egipto no son una curiosidad lejana. Son un espejo extremo de lo que ocurre cuando el pensamiento abdica. Allí se mató por ideas no entendidas. Aquí, muchas veces, se aplaude, se repite, se odia o se absuelve sin comprender del todo por qué.
Ese es el precio de la ignorancia: no solo el atraso económico, no solo la falta de competitividad, no solo la pobreza de oportunidades. También la fabricación de conciencias dependientes, de voluntades domesticadas, de ejércitos ciegos que creen actuar por convicción cuando en realidad obedecen por inercia.
Un país que renuncia a educar de verdad no produce ciudadanos. Produce ecos. Y los ecos, tarde o temprano, terminan sirviendo siempre al que grita más fuerte.








