A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

Don Carlos Maciel: el valor de dar

Hay nombres que no deberían depender de un calendario para existir. Nombres que no tendrían que sobrevivir únicamente en placas, en auditorios o en edificios que la costumbre ha vuelto invisibles. Uno de ellos es el de don Carlos Maciel Espinoza, quizá el mayor benefactor que ha tenido la educación superior en Chiapas.

La reciente cápsula de cultura e ingeniería del apreciado ingeniero José María López Sánchez nos devuelve, con claridad y justicia, la dimensión de este personaje. No estamos hablando de un empresario exitoso —que lo fue— sino de algo mucho más escaso: un hombre que entendió que la riqueza solo cobra sentido cuando se traduce en bien común.

EL HOMBRE QUE HIZO POSIBLE UNA UNIVERSIDAD

Don Carlos Maciel no solo donó recursos. Donó futuro. En 1966 entregó a la naciente universidad un edificio de nueve niveles en pleno centro de Tuxtla. Dos años después, en un gesto que hoy parecería impensable, donó 25 hectáreas sobre el Boulevard Belisario Domínguez, donde hoy se levanta el corazón de la UNACH.

Y no quedó ahí. Años más tarde, destinó el 50% de las utilidades de su empresa a la universidad, además de ceder los terrenos donde hoy se encuentra la Biblioteca Central, que antes fue su propia casa.

No se trata de una anécdota filantrópica. Se trata de un cimiento institucional. Sin esas decisiones —lo dice con claridad el propio documento— la universidad difícilmente habría sobrevivido en sus primeros años. Es decir: sin Maciel, probablemente no habría UNACH como la conocemos.

LA FILANTROPÍA QUE NO EXISTE

Y aquí es donde la historia deja de ser homenaje y se vuelve incómoda. Porque la pregunta inevitable es: ¿dónde están hoy los Maciel?

Chiapas ha generado capitales importantes. Empresarios exitosos, algunos incluso con proyección nacional. Pero no vemos —salvo honrosas excepciones que actúan con discreción— una cultura de filantropía estructurada, sostenida, institucional.

No hay fundaciones robustas. No hay patronatos empresariales permanentes. No hay una tradición de devolver a la sociedad lo que la sociedad hizo posible.

Y mientras tanto, las asociaciones civiles sobreviven a contracorriente, financiando con esfuerzo y honestidad causas que deberían ser compartidas.

LO QUE SÍ ES POSIBLE

No es un problema cultural inevitable. Es una decisión. Lo vi con mis propios ojos en Chicago, en el Museo Mexicano de Arte. Una manzana completa, impecable, viva, sostenida por ciudadanos. No por el Estado. No por discursos. Por compromiso.

Su director Carlos Tortolero, me mostró un muro: nombres, muchos nombres de donantes. Personas que quizá no salen en las revistas, pero que entienden que el patrimonio cultural no se construye solo.

En Mérida ocurre algo similar. La orquesta sinfónica —con temporadas completas— cuenta con financiamiento privado. Hay inversión en cultura, en identidad, en largo plazo. Aquí no. Y luego nos quejamos de una sociedad inculta que prefiere ver a Julión y a Los tigres del Norte.

EL ESPEJO INCÓMODO

Tal vez el problema no es la falta de riqueza, sino la falta de visión. Porque donar no es desprenderse: es trascender. Maciel lo entendió. No dejó su nombre en espectaculares ni en contratos. Lo dejó en generaciones enteras de profesionistas que pudieron estudiar sin abandonar su tierra.

Hoy su legado sigue ahí, en el edificio del centro, en el campus, en la biblioteca, pero corre el riesgo de convertirse en paisaje. En algo que damos por hecho. Y eso sería, quizá, la peor forma de ingratitud.

LO QUE NOS TOCA

La pregunta no es solo por los empresarios. Es por todos. ¿Qué necesitamos como sociedad para volver a valorar el acto de dar?¿Qué nos falta para entender que hay causas que nos trascienden? ¿Qué tendría que ocurrir para que la generosidad deje de ser excepción y se convierta en cultura?

Porque al final, las grandes obras no las hacen los gobiernos. Las hacen las sociedades que deciden construir algo más grande que ellas mismas. Y en Chiapas, hace falta volver a creer en eso.

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