La década de los sesenta del siglo XX es el periodo de franca consolidación definitiva del régimen político emanado de la Revolución mexicana de 1910. El Partido Revolucionario Institucional ejercía un control absoluto sobre la vida política nacional, mientras que el «milagro mexicano», caracterizado por crecimiento económico sostenido, el avance de la industrialización y una subrayada urbanización, marcaba la transformación del país de una sociedad predominantemente agraria y campesina a una urbana y de clases medias.
Sin embargo, esto era un lado de la moneda: del otro persistían la desigualdad, la pobreza y la cerrazón política. México tenía un sistema político fundado en el corporativismo, la anulación de la competencia partidista y la limitación de la participación ciudadana.
Es en ese contexto que, en 1955, se publica La democracia en México de don Pablo González Casanova, bajo el sello de editorial Era. La obra aparece pocos años más tarde del movimiento estudiantil de 1968 que pondría de manifiesto las contradicciones internas del régimen y mostraría su carácter autoritario, aspectos analizados por González Casanova en su libro.
Él argumentó que en México existía una democracia restringida; es decir, un sistema en el que, si bien había instituciones y procedimientos electorales, estos eran manipulados por los miembros de la élite política. La democracia formal estaba presente, pero distaba mucho de ser una democracia de carácter sustantivo, real.
La democracia en México tuvo un impacto inmediato y duradero en los círculos académicos y políticos. Se trató de un texto provocador y metodológicamente riguroso, de carácter interdisciplinario que combina la historia, la sociología, la ciencia política y la economía, para examinar la estructura agraria, el clientelismo, los movimientos sociales y, por supuesto, el papel y comportamiento de las elites políticas.
A seis décadas de la aparición de esta obra su actualidad se mantiene. Muchos de los problemas señalados por González Casanova siguen, a pesar de las alternancias políticas y el aumento de la competitividad electoral. Aunque resulta arriesgado decir cuál es el aporte más significativo de la obra, se pueden destacar varios: su contribución decisiva al desarrollo y consolidación de la ciencia política en México (conviene recordar que él escribió este libro mientras fungía como director de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, entre 1957 y 1965, periodo en el cual se elevó a Facultad); su enfoque interdisciplinario pionero y su capacidad para trascender la descripción e influir en el debate internacional sobre democracia y autoritarismo en Latinoamérica.
El libro de don Pablo es pionero y fundamental para comprender las dinámicas del poder, la democracia y la desigualdad en México. Sigue siendo (y lo seguirá siendo por muchos años más) una referencia obligada para el estudio de la política mexicana.








