Por Mario Escobedo
Hay hechos que no deberían existir. No porque sean imposibles, sino porque su sola ocurrencia evidencia un fracaso profundo, estructural, incómodo. El asesinato de dos maestras a manos de un estudiante de 15 años no es únicamente una tragedia aislada: es un síntoma. Y como todo síntoma, nos obliga a mirar más allá del hecho, hacia aquello que lo hizo posible.
La reacción inmediata suele ser la condena necesaria, sin duda, pero también peligrosa si se queda ahí. Porque cuando el análisis se agota en el individuo, la sociedad se absuelve a sí misma.
Hoy, las aulas en México no solo enseñan matemáticas, historia o lenguaje. También contienen silencios. Silencios de estudiantes que no encuentran sentido en lo que aprenden. Silencios de docentes desbordados, precarizados, muchas veces abandonados institucionalmente. Silencios de una estructura educativa que, durante años, ha priorizado la cobertura sobre la profundidad, la estadística sobre la experiencia, el número sobre la persona.
Pero el problema no es únicamente educativo. Es generacional, social, cultural.
Estamos frente a juventudes que crecen en contextos atravesados por la violencia cotidiana, la normalización del riesgo, la hiperexposición digital y una profunda fragmentación del tejido social. Jóvenes que habitan un país donde la violencia no es excepcional, sino estructural. Donde el acceso a imágenes, discursos y prácticas violentas es constante. Donde la autoridad familiar, escolar, institucional ha perdido legitimidad sin que algo sólido la reemplace.
¿Qué ocurre cuando un adolescente deja de ver la escuela como un espacio de formación y la percibe como un territorio hostil o irrelevante? ¿Qué sucede cuando la figura del docente deja de representar guía, respeto o incluso contención? ¿Qué estamos dejando de enseñar cuando creemos que educar es solo transmitir contenidos?
La educación media superior en México atraviesa una crisis silenciosa. No necesariamente por falta de reformas que han sido muchas, sino por la ausencia de un proyecto educativo integral que dialogue con la realidad contemporánea de los jóvenes. Se insiste en planes, programas, indicadores, pero se evade lo esencial: la formación de sujetos críticos, emocionalmente acompañados y socialmente situados.
El discurso de la “generación de cristal” simplifica y evade responsabilidades. No es fragilidad lo que vemos; es abandono. No es debilidad; es desorientación. No es falta de carácter; es falta de estructura, de acompañamiento, de sentido.
Y en medio de todo esto, la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde aún es posible intervenir. Pero no desde el control, ni desde la sanción, ni desde la simulación institucional. Sino desde una pedagogía que reconozca la complejidad del presente: que entienda que educar hoy implica también escuchar, contener, cuestionar y reconstruir.
Porque cuando un estudiante cruza la línea de la violencia extrema, no solo habla él. Habla la familia, habla la comunidad, habla el Estado, habla el sistema educativo. Habla todo aquello que no funcionó.
Y entonces la pregunta deja de ser qué hizo ese joven, para convertirse en algo mucho más incómodo:
¿Qué dejamos de hacer nosotros?








