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Chao, Checo / Arcadio Acevedo

Chao, Checo / Arcadio Acevedo

Cinéfilo, caballeroso, cinéfilo, ojo alegre, cinéfilo, de risa y lágrimas prontas, cinéfilo, chumul de anécdotas y amena charla, cinéfilo, polémico Premio Chiapas, cinéfilo, generoso, y, por lo menos en la faceta amistosa que me dispensó por décadas, apacible como un sabino. O como dos.
Agendado por la soriasis que padecía, en los últimos cinco años, se dejó ver poco. Maestro de ceremonias de grata voz y amable, autóctona presencia, aparecía periódicamente en eventos institucionales, culturales sobre todo, a los que soy alérgico.
En vivo y a todo licor, conversamos por vez postrera hace cuatro años, aproximadamente. Nos obsequiaron con su presencia Ena Krite y Gertrudis Burguete, su madre. Regamos entonces el macetón de los recuerdos comunes, sumamos muertos él y yo, le sacamos lustre a los vivos, hicimos mofa de nuestra mutua decrepitud él y yo. Luego, salsa de todas las empanadas sergianas, con las intermitencias propias de la edad, anduvimos cazando viejas luminarias en el firmamento fílmico. Fui siempre para Sergio Espinoza el “pinche flaco”; él para nosotros el “abuelito del cine nacional”.
Después del alegre convivio nuestros propósitos de reunirnos quedaron en meras escaramuzas. Casualidad que agradezco, hace dos meses nos encontramos en el estacionamiento de Aurrerá (zona oriente). Él a bordo de su automóvil, junto a su esposa, yo a punto de montar en el mío, apenas intercambiamos saludos y deseos de un pronto reencuentro. Lo vi acicalado, más delgado, quizás, de buen semblante.
El pasado miércoles, Robertoni nos sorprendió con el anuncio de la sentencia mortal, inminente, que pendía sobre Sergio Emilio. Cáncer. Nos propusimos visitarlo. La buena intención de acribillar al amigo con manifestaciones cordiales, quedó en zafarrancho. Baba de pericos.
Ayer noche, el pensamiento de Sergio, de su lamentable condición, convertido en mosca pertinaz (¿hay de otras?), agorera, me impidió dormir. La muerte de los contemporáneos cercanos (era un año mayor que yo) resucita en nosotros la proximidad de nuestra propia muerte. Hiere, pues, con doble filo.
Hoy, a primera hora, decidí darme un baño concienzudo, prolongado, para lavarme el olor a chuquija de la tristeza. Iría después a enfrentar a mi amigo en su lecho de despedida, con la apariencia de los inmortales. De Supermán tercermundista, mínimo. Se trataba de infundirle ánimos.
El escueto mensaje de Robertoni me hizo saber que mi disfraz ya no tenía objeto.
No iré a ver sus despojos. Lloraré hasta ahogar las ganas de mi alma, de mis ojos, de mis poros. Luego, con la mirada limpia, seca, rebobinaré la película que con él rodamos tantos y la veré cuantas veces quiera y pueda. Hasta que la luz se encienda, hasta que mi sala cierre, hasta que alguien arranque de las marquesinas mi nombre. Chao, Checo.

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