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Cotidianidades… / Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades… / Luis Antonio Rincón García

Ahora que Tuxtla Gutiérrez está a punto de derretirse por tanto calor, en familia decidimos escapar al Zoológico Miguel Álvarez del Toro, calificado por algunos como “una selva en la ciudad”. Este es un lugar fresco, que te permite el contacto con la naturaleza y tiene un circuito de más de dos kilómetros, buenísimo para cansar a los chamacos y dejarlos quietos un par de horas.
Ahí estaba yo, apenas llegando, y ya caminaba entre guaqueques, ardillas y chachalacas, cuando delante nuestro se dobló el tobillo una señora. Rápida mi esposa se apuró a auxiliarla y la acomodamos en una banca. Junto con ella venían tres simpáticos niños, que se pusieron a jugar con mi querubín, mientras la señora llamaba por celular a su hijo de 24 años para que llegara a ayudarla.
Si bien muchos necesitan tequilas para desahogarse, la señora tuvo con un vaso de jamaica para contarnos que su hijo “ya casi” era diseñador gráfico, pero que desde hacía dos años no terminaba la tesis, y tampoco lo incitaba a buscar trabajo, porque entonces capaz nunca se graduaba aunque —enfatizó—: “Eso sí, me preocupa que pase tantas horas ante el X-box”.
Varios adjetivos pasaron por mi mente para calificar al adolescente veinteañero. Con sus poderes de clarividencia, mi esposa leyó alguno de ellos y se adelantó en la conversación con un mesurado:
—Cuesta enseñarle a los hijos lo que es la responsabilidad y la disciplina.
—¡Mi hijo es responsable y disciplinado! —tronó la señora— ¡Todos en mi familia lo saben! –dijo y rápida se alejó cojeando seguida por los niños.
Su mirada me hizo recordar a los emperadores que mandaban a matar a los mensajeros; y la rapidez con que se alejó, me llevó a pensar en cuántos papás habremos evadiendo la realidad, con tal de no aceptar que gracias a nuestra sobreprotección y debilidad de carácter, estamos criando a seres humanos mediocres, incapaces de tomar las riendas de su vida y dispuestos a seguir viviendo bajo el cobijo de los padres, porque en la calle “las cosas están difíciles”.
Comenté esta anécdota con una amiga, y ella trajo a colación varios casos similares de su entorno: chicos y chicas con recursos materiales y capacidad física e intelectual, en ocasiones graduados de instituciones de prestigio, pero que no estudian ni buscan trabajo, y se conforman con recibir algún estipendio económico en casa que les alcance para algunos chunches.
—El problema comienza mucho antes —comentó ella—. Tengo veinte años dando clases en las secundarias, y de un tiempo para acá, he notado cómo el interés de los jóvenes por prepararse, va a la baja. Tienen familiares profesionistas que manejan taxis, son taqueros, meseros o de plano están desempleados, y te dicen: “Para qué tanto estudio, si terminas en lo mismo que el que no estudia”.
Existen múltiples factores que nos han llevado a esta realidad que desalienta a muchos adolescentes, entre los cuales se encuentra la formación deficiente que brindan instituciones dizque educativas, el duro entorno económico mundial, o el cada vez más competitivo ambiente laboral, pero también ayudan las actitudes complacientes que algunos padres tenemos hacia nuestros querubines, pues es más fácil dejarlos que naveguen con viento calmo, a enfrentarlos con decisión y firmeza a los conflictos y retos cotidianos que los llevan a ser mejores (como personas, estudiantes, deportistas, artistas, etc.).
Confieso que por un momento me sentí pesaroso. Yo también soy padre y si bien me ocupo del entorno presente del querubín, no dejo de estar atento al posible futuro que entre todos estamos construyendo para estas nuevas generaciones, y varias veces me pregunté: ¿En verdad todo pinta tan mal? ¿Qué debo hacer para que mi hijo no caiga en esa abulia que de pronto descubro en tantos jóvenes?
Traté de ampliar mi perspectiva del mundo, y la verdad me sentí más optimista, porque si bien hay muchos “ninis” satisfechos con su realidad, son los más quienes intentan salir de esa situación, al mismo tiempo que amigos suyos están comprometidos con ir construyendo un mundo mejor. Ejemplo de esto —entre muchos, muchísimos otros— son los estudiantes del IPN, que hace unos días ganaron el Robotchallenge, el concurso de robótica más importante de Europa y que se realiza en Viena, Austria, desde el 2004.
Al mismo tiempo, hace poco conocí a un grupo de jóvenes del Tec de Monterrey Campus Chiapas, que como proyecto de una materia decidieron organizar una carrera pedestre (Más kilómetros –Menos hambre) con la finalidad de recabar alimentos y pañales para un asilo de ancianos, y que han puesto un gran empeño y esfuerzo para mejorar la vida de este grupo vulnerable y muchas veces olvidado.
Es decir, hay jóvenes empujando la realidad para que este mundo sea cada vez mejor. Algo común en ellos, es el reconocimiento al apoyo que reciben de sus padres (que no siempre son tiernas palmaditas), y si bien los papás no podemos colgarnos las medallas de los éxitos de nuestros hijos, quizá sí tengamos mucho qué ver en las debilidades que emplean para cavar sus fracasos. En nosotros está decidir con qué actitud queremos acompañarlos por la vida. Hasta la próxima.

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