Lejos de ser pereza o falta de voluntad, la procrastinación y el perfeccionismo responden a mecanismos de supervivencia del cerebro humano. Comprender su origen evolutivo permite reducir la culpa y abrir caminos reales hacia una mejor salud mental
AquíNoticias Staff
Una persona frente a su escritorio. El reloj avanza, la tarea no. La mente se dispersa, la culpa crece y el ciclo se repite. Procrastinar, exigirse en exceso o castigarse mentalmente no son fallas individuales aisladas: son conductas compartidas por millones de personas en el mundo contemporáneo.
El psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland propone una lectura distinta en su libro Controlled Explosions in Mental Health. Para el autor, estos hábitos no revelan debilidad ni falta de carácter, sino respuestas automáticas del cerebro, desarrolladas mucho antes de la vida moderna, con un solo objetivo: sobrevivir.
De acuerdo con una publicación de Discover Magazine, entender el origen evolutivo de estas conductas puede disminuir la autocrítica y facilitar estrategias más efectivas para gestionarlas. El cerebro humano —explica Heriot-Maitland— no está diseñado para hacernos felices, sino para mantenernos a salvo.
En contextos prehistóricos, la vigilancia constante fue vital: cualquier sorpresa podía ser mortal. Por ello, el cerebro privilegia lo conocido y predecible, incluso cuando resulta incómodo. Hoy, aunque los riesgos físicos han disminuido, la mente sigue operando con el mismo sistema de alerta, ahora frente a amenazas emocionales, sociales o simbólicas.
Cuando percibe incertidumbre, el cerebro activa mecanismos de autoprotección. Posponer tareas, exigirse de más o anticipar el fracaso funcionan como intentos de mantener el control. Según el enfoque del libro, la mente prefiere que la persona se culpe a sí misma antes que enfrentar un golpe inesperado del entorno.
Estas conductas, advierte Heriot-Maitland, pueden convertirse en profecías autocumplidas. Creer que no se es capaz reduce el esfuerzo; evitar el rechazo limita los vínculos. Paradójicamente, el cerebro sacrifica bienestar y éxito con tal de evitar una amenaza percibida.
Comprender esta lógica no implica resignación. Al contrario: reconocer que estos patrones surgieron para protegernos permite dejar de combatirlos con culpa y empezar a transformarlos con conciencia. El cambio, plantea el autor, pasa por una actitud más compasiva hacia uno mismo y por aprender a gestionar la incertidumbre sin recurrir al autosabotaje.
Aceptar que la mente prioriza la seguridad sobre la felicidad no es una condena, sino una llave. Una que abre la posibilidad de vivir con menos autoexigencia y con mayor equilibrio emocional en un mundo que ya no se parece al que moldeó nuestro cerebro.








