El espejo del 8M, Día de la Mujer

Por Mario Escobedo

Durante muchos años, el 8 de marzo fue para muchos hombres y también para muchas instituciones un día de flores. Un gesto aparentemente amable, pero profundamente superficial. En escuelas, oficinas y plazas públicas se repartían rosas como si la condición de mujer fuera una especie de atributo estético que merecía ser celebrado por su delicadeza. Una flor, frágil y efímera, como metáfora involuntaria de lo que la sociedad esperaba de ellas.

Con el tiempo, esa narrativa empezó a incomodar.

Porque el 8 de marzo no es un cumpleaños colectivo ni una festividad romántica. Es una fecha política. Una fecha que recuerda que la igualdad entre hombres y mujeres aún está lejos de ser una realidad plena. Y también es una fecha que revela algo incómodo: que muchas de las estructuras que sostienen esa desigualdad han sido históricamente construidas por hombres, reproducidas por hombres y normalizadas por hombres.

Por eso, cada año surge la misma pregunta incómoda: ¿qué papel deben jugar los hombres en el 8M?

La respuesta más fácil sería decir que ninguno. Que se mantengan al margen, que observen desde lejos una lucha que no es suya. Y en parte esa idea tiene sentido: el 8 de marzo es, ante todo, un espacio de expresión, protesta y memoria construido por mujeres. Ellas son las protagonistas de esa jornada.

Pero que no sea un espacio para protagonizar no significa que sea un espacio para la indiferencia.

Ser hombre en el 8M no consiste en ponerse una camiseta morada para la foto, ni en publicar una frase inspiradora en redes sociales. Tampoco en felicitar a las mujeres como si se tratara de una fecha festiva. Si algo ha enseñado el feminismo contemporáneo es que el cambio social no ocurre en los discursos, sino en las prácticas cotidianas.

Quizá la primera tarea para los hombres sea la más difícil: escuchar.

Escuchar sin interrumpir, sin explicar lo que no nos corresponde explicar, sin minimizar experiencias que no vivimos. Escuchar cuando una mujer habla de acoso en el transporte, de desigualdad en el trabajo o de miedo al caminar sola por la noche. Escuchar, sobre todo, sin sentir la necesidad inmediata de defendernos.

La segunda tarea es revisar nuestras propias prácticas.

El machismo no siempre aparece en forma de violencia explícita; muchas veces se esconde en lo cotidiano: en el chiste incómodo que nadie cuestiona, en la reunión donde las mujeres son constantemente interrumpidas, en el amigo que habla de ellas como objetos y recibe risas en lugar de cuestionamientos. Combatir el machismo también implica incomodar a otros hombres.

Porque el silencio masculino también es una forma de complicidad.

Hay además una dimensión práctica que pocas veces se menciona: la igualdad también se construye en los espacios más ordinarios. En la distribución de las tareas del hogar, en la crianza compartida, en reconocer el trabajo de las mujeres sin apropiarse de sus ideas, en abrir espacios laborales y académicos donde su voz tenga el mismo peso.

Nada de esto ocurre en una marcha, pero todo esto transforma la vida cotidiana.

El 8 de marzo, entonces, no debería ser un día para preguntarse si los hombres pueden participar, sino para preguntarse cómo han participado el resto del año. Porque la igualdad de género no se construye en una fecha simbólica, sino en las decisiones pequeñas y constantes que tomamos todos los días.

Quizá ahí esté la verdadera incomodidad del 8M para muchos hombres: que no se trata de una jornada de homenaje, sino de un espejo.

Un espejo que nos obliga a preguntarnos qué tipo de hombres estamos siendo en una sociedad que todavía arrastra profundas desigualdades de género.

Y tal vez la forma más honesta de acompañar esta fecha no sea hablar más fuerte, ni ocupar más espacios, sino algo mucho más simple y mucho más difícil: escuchar, cuestionar y cambiar.

Porque si la igualdad es un proyecto colectivo, los hombres no pueden seguir siendo espectadores.

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