El Mundial / Eduardo Torres Alonso

A pocos meses del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, México parece encontrarse cubierto por una capa de amnesia colectiva. El Mundial es una muestra de la modernidad contemporánea que, sin embargo, en este país, no termina de cuajar. En el vasto territorio mexicano hay distintos tiempos, asincrónicos, diferentes realidades y múltiples aspiraciones que, lejos de converger, en ocasiones, se repelen con violencia.

El Mundial ha mostrado, otra vez, aunque ahora con mayor crudeza, las realidades mexicanas. Se empieza a mostrar uno de los rostros más duros del sistema: el de la higienización social. Una ciudad limpia para consumo del extranjero. Los colectivos de vendedores ambulantes y de personas dedicadas al trabajo sexual en la Ciudad de México han denunciado prácticas para invisibilizarlos con la finalidad de que el turista se sienta cómodo. Se trata de limpiar un radio de dos kilómetros a la redonda de los estadios. Ocultar lo que incomoda, borrar lo que no es instagrameable, como si la precariedad o la pobreza pudieran desaparecer mediante un decreto.

Junto a lo anterior se encuentra el incremento de la seguridad que raya en la vigilancia permanente y, lo que es más riesgoso, su tolerancia. Más policías, más anillos de seguridad, más videovigilancia, más reconocimiento facial corren el riesgo de quedarse para monitorizar el uso del espacio público y, tal vez, para supervisar a la disidencia porque, hay que decirlo, siempre existe la tentación de vigilar a la población. La creación de un panóptico digital. Las medidas se justifican por la excepcionalidad del evento, pero ¿y después? De ahí la necesidad de que existan controles efectivos del poder.

Veamos un problema más: el colapso hídrico que vive la CDMX. Hay semanas en donde nada cae de las llaves. Con esos antecedentes, ¿cómo hacerle para regar el césped de parques, jardines y canchas sin afectar a los habitantes? ¿Se puede celebrar un gol viendo que no hay agua para lo básico? Tanques y tinacos vacíos en las casas, mientras el pasto en las canchas tiene un color espectacular.

Las autoridades no deben dilatarse en proporcionar soluciones estructurales para las poblaciones en condición de vulnerabilidad. ¿Cómo se medirá el éxito de esta competencia internacional? ¿En derrama económica? ¿Por la eficiencia de la seguridad? ¿En goles? ¿Por la justicia social que sea capaz de crearse y mantenerse?

El Mundial debe ser una fiesta, pero también una oportunidad para mejorar, de forma integral y con largo aliento, una ciudad que requiere una intervención profunda y no parches.

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