El Penacho Solar; Por qué los Zoques de Tuxtla son los únicos herederos del arte plumario en Chiapas

Como un portal de luz que conecta el presente con el México antiguo, el uso ritual de la pluma de guacamaya sobrevive únicamente en las cuadrillas tradicionales de la capital chiapaneca

Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón

Dentro del vasto mosaico cultural del estado, los zoques de Tuxtla Gutiérrez ostentan una distinción única: son la única comunidad que preserva el uso del arte plumario con un carácter estrictamente ritual y simbólico. Mientras que en otras latitudes el uso de ornamentos con plumas ha derivado en espectáculos visuales o «shows» desprovistos de sacralidad, en la capital chiapaneca el Napapok Etzé (Baile de la pluma de guacamaya) mantiene una estructura técnica y cosmogónica que hunde sus raíces en la herencia mesoamericana, convirtiéndose en un tesoro vivo que desafía la homogeneización global.


El penacho no es considerado un accesorio, sino un objeto sagrado con alma propia que funciona como una «nave solar». Su importancia radica en su capacidad de materializar la epifanía del sol; cada elemento, desde la estructura de bejuco hasta la última pluma de pato, tiene una razón de ser mística.

El concepto central es la dualidad: el brillo de las plumas de pavo real y el rojo encendido de la guacamaya (napa) representan el calor y la vida del astro rey. El espejo central, flanqueado por listones rojos llamados «aretes», es interpretado como un portal de comunicación con las deidades. Para el danzante, portar este objeto es una responsabilidad espiritual de alto rango, pues se convierte en el guerrero encargado de mantener el equilibrio del cosmos frente a la luna.


La relevancia de esta práctica es tal que, de todos los pueblos que integran la comunidad zoque, solo en Tuxtla se conserva esta iconografía del guerrero solar. Juan Ramón Álvarez Vázquez, primero del baile de carnaval, enfatiza que esta exclusividad otorga a la capital una jerarquía histórica especial, vinculándola posiblemente con las altas culturas del centro de México, como la mexica, donde el arte plumario era símbolo de nobleza y divinidad. Perder el penacho significaría no solo la muerte de una danza, sino la extinción del último vínculo visual que los zoques tienen con sus ancestros guerreros y su conocimiento astronómico aplicado al arte.


En cuanto a la obtención de los materiales, los danzantes han desarrollado un método de recolección ético y legal que respeta la vida de las aves protegidas. Debido a que la guacamaya roja es una especie en peligro de extinción, el grupo tradicional no captura ni sacrifica animales; en su lugar, se establecen vínculos con Unidades de Manejo Ambiental (UMAs) y zoológicos locales, donde se recolectan exclusivamente las plumas que las aves mudan de forma natural durante sus ciclos biológicos anuales.

Estos restos orgánicos son entregados mediante gestiones oficiales y oficios que avalan su destino ritual, para luego ser meticulosamente limpiados y seleccionados por los maestros armadores, quienes aseguran que cada pluma sea aprovechada durante décadas, pasándolas de generación en generación como reliquias familiares que mantienen vivo el brillo del sol.


Finalmente, la importancia del arte plumario reside en su capacidad de resistencia. En una ciudad que crece sobre el asfalto, ver el penacho de guacamaya alzarse entre la multitud es un recordatorio de que la identidad zoque sigue volando. Es un acto de fe que une la conservación de la biodiversidad con la persistencia de un mito prehispánico que, contra todo pronóstico, sigue encontrando su lugar en el Tuxtla del siglo XXI.

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