En el último bimestre de 2025, la llamada generación Z se convirtió en un tema central en la discusión pública en México, no como una coyuntura, sino como el resultado de una serie de acontecimientos que hicieron notar su creciente protagonismo en la vida nacional.
Este grupo etario no es para nada insignificante. A nivel mundial, se estima que existen alrededor de 2,500 millones de personas que forman parte de esta generación, definida por aquellos nacidos entre 1997 y 2012. En México, la cifra ronda los 30 millones de personas; es decir, aproximadamente, un cuarto de la población nacional total. A estos jóvenes también se les conoce como centennials. Su realidad, desde el principio, ha estado marcada por la tecnología digital. Crecieron con televisores, computadoras y celulares. Experiencias como escribir a mano o en máquinas con cinta, los teléfonos de disco o los periódicos impresos son cosas que, si los conocieron, fue de pasada o son anécdotas que les transmiten sus mayores.
Precisamente, eso ha moldeado su percepción del mundo, las maneras de socializar y la forma de relacionarse con las estructuras tradicionales del poder. Su condición de nativos digitales es un elemento constitutivo de su subjetividad: la forma de estar en el mundo pasa a través de la tecnología.
Al igual que generaciones que les precedieron, los centennials también sienten una profunda inconformidad con su realidad. No hay razón para caigan en el conformismo, menos aún cuando tienen acceso inmediato a colosales cantidades de información a través de las redes sociodigitales. Merced estas herramientas, pueden enterarse de lo que sucede en otros lados del mundo y comparar su realidad con la de jóvenes en contextos diferentes.
Esta generación se caracteriza por su actitud cuestionadora y su disposición a la protesta. Una de sus banderas simbólicas es la imagen del manga One Piece que revela un lenguaje propio y entraña valores como la justicia y la solidaridad. Ya han demostrado su capacidad de movilización, llegando incluso a derrocar gobiernos, como ocurrió en Nepal en septiembre de 2025. En México, los centennials han empezado a manifestarse de forma cada vez más visible. Su organización es distinta a lo habitual: en lugar de estructuras rígidas y jerárquicas, de liderazgos visibles, afiliaciones a partidos y programas ideológicos cerrados, privilegian la descentralización, la horizontalidad y la libertad de acción. Como burbujas que emergen en agua hirviendo, se volvieron especialmente visibles tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, el 1 de noviembre. Hubo enojo.
Su irrupción plantea desafíos a gobiernos, partidos, medios, en fin, instituciones, en el sentido amplio, que deberán modificar sus formas de interacción con una ciudadanía joven, crítica, informada y desconfiada.
Menospreciar a la generación Z sería un grave error. Está empezando a demostrar que tiene una voz propia y una visión crítica que no puede ser ignorada.








