Lejos de ser solo una moda digital o una falta de empatía, ignorar y desaparecer tiene raíces profundas en los mecanismos de autoprotección del cerebro, según estudios recientes en psicología y neurociencia
AquíNoticias Staff
Mensajes que quedan en visto, conversaciones que se interrumpen de forma abrupta, perfiles bloqueados sin explicación. El ghosting se ha vuelto una escena cotidiana en las relaciones personales, laborales y afectivas. Sin embargo, la psicología moderna advierte que este comportamiento no puede explicarse únicamente como desinterés o crueldad.
De acuerdo con el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland, autor del libro Controlled Explosions in Mental Health, el ghosting responde a mecanismos ancestrales del cerebro orientados a la supervivencia. En declaraciones retomadas por Newsweek, el especialista explica que el sistema de respuesta ante amenazas no está diseñado para fortalecer vínculos, sino para evitar el peligro.
Aunque hoy las amenazas ya no son físicas, el cerebro sigue reaccionando con la misma lógica. Situaciones que generan ansiedad, vergüenza o miedo al conflicto activan una respuesta automática de huida. Ignorar, callar o desaparecer se convierte así en una forma rápida de aliviar el malestar emocional.
Desde la neurociencia, se ha identificado que el rechazo social y el estrés emocional se procesan en rutas similares a las del dolor físico. El cerebro interpreta una confrontación incómoda como una señal de riesgo, priorizando la autopreservación. Por eso, muchas personas recurren al ghosting casi sin reflexionarlo, impulsadas por circuitos cerebrales profundamente arraigados.
Heriot-Maitland denomina a este tipo de conductas “explosiones controladas”: respuestas automáticas que buscan alivio inmediato. Procrastinar, evitar conversaciones difíciles o retirarse ante el miedo al rechazo forman parte del mismo patrón. El problema es que el alivio es momentáneo y el costo, a largo plazo, suele ser elevado.
Diversos estudios confirman la magnitud del fenómeno. Una investigación publicada en Escritos de Psicología señala que cerca del 20 % de los adultos jóvenes ha experimentado ghosting en el último año. Los efectos más comunes incluyen aumento de la ansiedad, deterioro de la autoestima y dificultades para establecer vínculos de confianza.
Ignorar tampoco es un acto neutro para quien lo practica. Aunque al inicio reduce la tensión, con frecuencia aparecen sentimientos de culpa, vergüenza y una mayor dificultad para enfrentar situaciones similares en el futuro. Además, la repetición del patrón refuerza el circuito cerebral de huida, trasladándose a otros ámbitos como el trabajo o la familia.
En quienes lo sufren, el impacto puede ser profundo. La ausencia de explicaciones alimenta el auto reproche y la inseguridad. Comprender que el ghosting suele estar motivado por el miedo —y no por el desprecio— puede ayudar a reducir el daño emocional, aunque no lo elimina por completo.
Los especialistas coinciden en que el cambio es posible. La clave está en reconocer estos mecanismos sin culpa y desarrollar estrategias más saludables, como la comunicación asertiva, la regulación emocional y, cuando es necesario, el acompañamiento psicológico. Aprender a tolerar la incomodidad del conflicto es un paso fundamental para construir relaciones más sanas y menos frágiles.








