Para una persona económicamente activa, el empleo remunerado es la principal fuente de ingresos y la posibilidad de desarrollo personal y autonomía económica. En México 55% de las mujeres ocupadas se encuentran en la informalidad, sin estabilidad laboral, seguridad social, beneficios ni prestaciones de ningún tipo.
3 de cada 4 mujeres de entre 18 y 70 años cuentan con al menos un producto financiero (cuenta de ahorro, crédito, seguro o afore) y seis de cada 10 declararon tener al menos una cuenta de ahorro formal. Estos datos se desprenden de la más reciente Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF).
La quinta entrega del sondeo levantado por el Inegi y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) que comenzó su serie en 2012, presenta datos ambivalentes; muestra que el 24% de la población tiene una cuenta de ahorro formal, un aumento de 7 puntos porcentuales desde 2021.
Sin embargo, aquí hay diferencias: el 18.3% de mujeres cuenta con un seguro respecto al 28% de hombres; el porcentaje de mujeres con una afore fue 34.2 y el de hombres 51.4. Una brecha de 17 puntos porcentuales que se mantiene en los mismos niveles de años anteriores.
La ENIF revela que entre 2021 y 2024, el uso de aplicación del celular para consultar o hacer movimientos en las cuentas aumentó, mientras que el uso de cajeros automáticos y sucursales disminuyó.
Respecto a las actitudes financieras, el 68% de las personas considera que recurriría a los apoyos del gobierno para cubrir sus gastos en la vejez, un incremento de 11 puntos en comparación con 2021.
El trabajo no remunerado de las mujeres en los hogares además de injusto se traduce en obstáculo para conseguir un empleo formal. Sin liquidez, se enfrentan a la dificultad de hacer frente a los gastos cotidianos y generar ahorros, así como tener ingresos que permiten a una persona ser sujeta de crédito e insertarse en el ecosistema financiero.
La limitada participación de las mujeres en el mercado laboral afecta los ingresos y, en consecuencia, limita el acceso al conjunto de esquemas que provee el sistema financiero como los créditos formales o los seguros; la feminización de la pobreza y la persistencia de la violencia económica empeoran la situación.
El abanico de opciones para las mujeres especialmente aquellas al frente de hogares monoparentales, son complejas y riesgosas, entre ellas solicitar préstamos o microcréditos fuera del sistema financiero formal, lo que implica un enorme riesgo y altas tasas de interés u ocuparse en empleos temporales mal pagados.
Los resultados de la ENIF permiten conocer el nivel de inclusión financiera que claramente sigue desfavoreciendo a las mujeres. Este ejercicio demoscópico se suma al Panorama Anual de Inclusión Financiera de la CNBV y a la Encuesta de Competencias Financieras del Banco de México que refleja que, en cuanto a las necesidades financieras los resultados son mejores para entornos cuya jefa del hogar trabaja en la formalidad y tiene acceso a productos financieros formales.
Hay mucho por hacer incluida la educación financiera para niñas y mujeres, programas de capacitación financiera y acceso a servicios financieros que promuevan el desarrollo, no sólo el endeudamiento para artículos de primera necesidad. El crecimiento económico nacional y la igualdad están íntimamente vinculados a ello.