Por Eduardo Torres Alonso
En unos días se cumplirán cien años del nacimiento de Jaime Sabines. Esta ocasión es propicia para para recordar a uno de los poetas más entrañables en lengua española y para reflexionar sobre el papel de la poesía como forma de conocimiento, intimidad y resistencia cultural.
Sabines, nació en la capital de Chiapas, aquella que lleva el apellido de don Joaquín Miguel, el 25 de marzo de 1926. Se convirtió en una figura imprescindible de la poesía mexicana del siglo XX, cuya obra dialoga con lo cotidiano y lo filosófico, y cuya influencia sigue viva en el corazón de lectores de todas las generaciones. No distingue edades, sexos, géneros o posiciones sociales. Todos le entienden y a muchos les gusta.
Es célebre porque supera los criterios académicos («academicistas», se dirá en algunos lugares) y, de forma singular, une el lenguaje popular, el sentido de humanidad y la hondura existencial. Los temas sobre los que hizo poesía no le son indiferentes a nadie: el amor, la muerte, la soledad y la condición humana, todos expresados en un lenguaje directo y sin artificios, lo que ha permitido que sus versos sean memorables incluso para quienes se acercan por primera vez a la poesía.
Sabines transformó lo cotidiano en experiencia poética; la vivencia diaria en belleza sublime. Este rasgo podría explicar por qué ha sido descrito como “el poeta más leído de finales del siglo XX en México”, capaz de convocar multitudes en espacios como el Palacio de Bellas Artes o la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Nacional, en recitales multitudinarios que parecían más conciertos que eventos literarios.
Una de las claves para entender su vigencia radica en cómo su obra desmitifica la poesía sin banalizarla. Para muchos, recitar un poema suyo es reencontrarse consigo mismos, con sus dudas, con sus angustias y también con su gozo vital; la poesía no está recluida en torres de marfil, sino que habita en la cotidianidad.
Esta cualidad de Sabines encuentra resonancias profundas con lo que el Día Mundial de la Poesía, celebrado cada 21 de marzo, busca reivindicar. Instituido por la UNESCO en 1999 para honrar una de las formas más caras de expresión cultural y lingüística de la humanidad, ese día invita a reconocer la poesía como herramienta de diálogo, diversidad y encuentro entre culturas y lenguajes.
El centenario del poeta no debe verse sólo como una efeméride retrospectiva, sino también como una oportunidad para releer y revalorizar la palabra poética en un mundo marcado por la inmediatez y la fragmentación. La celebración del 21 de marzo, en este sentido, ofrece un marco adecuado para preguntarnos qué significa hoy la poesía como un arte esencial que nos permite nombrar lo inefable.
En una época en la que las palabras compiten con las imágenes y el consumo efímero, la poesía de Sabines recuerda que el lenguaje es luz y herida, consuelo y desafío.
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Jaime Sabines, «La luna» (fragmento)








