Javier Aguilar Roque / El Humanista

Radio recuerdo

Hubo un tiempo no tan lejano, pero ya dorado por la memoria en que la radio en Tapachula no solo se escuchaba: se sentía. Era compañía, era fiesta, era identidad. Nuestra región, tan pródiga en talento y calor humano, vivió su momento de gloria cuando las voces salían del aparato como si fueran parte de la familia.

En los años ochenta, la XEKQ celebraba aniversarios en auditorio propio, como se celebran las cosas grandes. Ahí desfilaban artistas que hoy son leyenda: Marcaria, el elenco del «Chavo del Ocho», Prisma, Lara y Monárrez. No era solo espectáculo, era un ritual colectivo donde la radio demostraba su poder de convocatoria y su prestigio.

Cómo no recordar aquella anécdota que aún provoca sonrisa: el gran Chico Che llegando a la XEOE para una entrevista, acompañado de un perro enorme que intimidaba a cualquiera. Javier Aguilar Hidalgo fue quien lo entrevistó, y en ese gesto sencillo quedó retratada una época: micrófonos abiertos, personajes auténticos y locutores que sabían escuchar tanto como preguntar.

Hoy esas grandes voces se han ido apagando, una a una, como luces al caer la noche. Carmelino Pérez Jiménez, Alberto Cossío, Jorge S. Pérez, Gregorio Marín Matus, Conrado Garibay, Paco Obregón “El Chipilín”… nombres que aún resuenan. Estoy seguro de que hoy transmiten desde otras frecuencias, más altas, más serenas, donde se reúnen para compartir historias, reírse de alguna travesura del pasado y hacer, como siempre, una que otra broma oportuna.

Eran locutores de los buenos: serios, formales, responsables. Tenían licencia de la Secretaría de Gobernación y presentaban exámenes para estar frente al micrófono. Se tomaban su papel en serio porque sabían que la palabra tiene peso. Eran líderes de opinión, referentes morales, voces queridas. La gente los escuchaba con devoción y soñaba con conocerlos, aunque fuera de lejos, aunque fuera solo por oír cómo decían su nombre al aire.

Hace poco partió a Radio Universal otro de ellos: Carlos Wong Nolasco, líder sindical, pero sobre todo buena persona. De esos que dejan huella sin hacer ruido, como las voces que acompañan la madrugada.

Cómo olvidar a la XETAP, “Tropical de Oro”, esa estación que fue cuna de éxitos y alegría, que lanzó a grupos como Los Zempvers, Los Flamers, Los Joao y el Súper Show de los Vázquez. O aquellos programas entrañables como Maderas que cantan, donde la marimba difundía nuestras raíces y hacía vibrar los hogares con identidad y orgullo.

Hoy la radio ya no es nada de eso, dicen algunos. Tal vez. Pero mientras existan estos recuerdos, mientras alguien cierre los ojos y vuelva a escuchar esas voces claras, profundas, honestas, la radio de Tapachula seguirá viva. Porque hay sonidos que no se apagan: se quedan habitando la memoria.

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