Fidel Velázquez, el dirigente histórico de la Confederación de Trabajadores de México, la antes poderosa CTM y brazo sindical del priismo, dijo en alguna de sus, para entonces, novedosas y relevantes conferencias (modelo replicado y mantenido en tiempos recientes): “Llegamos con la fuerza de las armas, y no nos van a sacar con los votos”. Esta frase ha sido muchas veces modificada por periodistas y comentaristas, aderezada según la bulla que se quiera generar, pero la idea es clara: el PRI no dejaría el poder con facilidad.
La realidad fue que cuando ese partido se fue de la Presidencia de la República en el 2000 no hubo asonadas militares, cuartelazos ni pólvora. Marinos, pilotos y soldados no se rebelaron. El almirantazgo y el generalato, así como los mandos de las corporaciones policiacas civiles se mantuvieron leales a las instituciones del Estado.
El Partido Revolucionario Institucional le entregó el poder a Acción Nacional, partido fundado en 1939 como una alternativa al cardenismo, en un clima de relativa paz, aunque de incertidumbre y problemas vinculados a la larga época de gobierno del partido casi único que tenían en su renglón de política social los asuntos más desoladores.
Aunque hubo seis candidatos presidenciales, el tripartidismo estaba instalado en el país: Vicente Fox, Francisco Labastida y Cuauhtémoc Cárdenas fueron los representantes de las coaliciones más relevantes. Los otros contendientes fueron Gilberto Rincón Gallardo, Manuel Camacho Solís y Porfirio Muñoz Ledo, quien, al final declinó en favor de Fox.
Con una precampaña muy adelantada, Fox se hizo de la candidatura del PAN. En ese momento, la legislación electoral tenía vacíos en cuanto a los tiempos y formas para las campañas internas; hoy, la normatividad, por el contrario, regula cada aspecto de los procesos electorales y los relacionados a ellos.
Los resultados fueron los siguientes: con un total de 37,601,618 votos emitidos a nivel nacional, Fox, obtuvo el 42.52 por ciento; Labastida, el 36.11 por ciento y Cárdenas, 16.64 por ciento. El resto de las candidaturas, en conjunto, alcanzó el 2.55 por ciento. Por los márgenes de diferencia, el triunfo era incontrovertible.
Por la noche del 2 de julio del 2000 los ánimos eran diversos. En unos grupos había consternación, tristeza y frustración; incluso, miedo y enojo, mientras que en otros dominaba el júbilo.
El resultado de los conteos rápidos de la elección presidencial fue anunciado por el Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral, José Woldenberg. Inmediatamente después de su mensaje, el Centro de Producción de Programas Informativos y Especiales del gobierno federal tomó las señales televisivas y radiofónicas para que Ernesto Zedillo saliera a respaldar el mensaje precedente y a felicitar al ganador. Con la bandera de México a su diestra y con un retrato de Benito Juárez atrás, el titular del Ejecutivo de la Unión contradijo, sin mencionarlo, a Fidel Velázquez: no fue con las armas con las que el partido de la Revolución dejó Los Pinos, sino con la fuerza de la convicción cívica y el hartazgo de la población. El veredicto fue claro: ya no más PRI y el sujeto / objeto para ese propósito fue Fox.
El saldo de la alternancia partidista, en sentido estricto, es favorable; es decir, el cambio de partidos en el poder es natural en las democracias, que los gobernantes lleguen por la vía de las urnas y los votos es lo esperado, que sean las instituciones confiables las que vigilen y califiquen las elecciones es lo idóneo, que la ciudadanía sea el único actor capaz de premiar o castigar con su decisión libre a los políticos y partidos es forzoso. Todo eso pasó en aquellas elecciones. El otro balance, el del ejercicio de gobierno, no es tan positivo.
Hace 25 años la política mexicana cambió. El 2 de julio la ciudadanía optó por una alternativa y el grupo en el poder entregó la estafeta. Los que perdieron no desaparecieron. Al contrario, acá siguen con sus mismos colores o cambiando como camaleones. Los que ganaron ese día, pensaron que serían eternos. Y en democracia la eternidad es una fantasía.
La alternancia se dio, pero la transición democrática no cuajó por completo. Era necesario –y lo sigue siendo– ir más allá de cambios a las reglas electorales, porque el pacto nacional se construye y mantiene con ingredientes adicionales a la ingeniería de las votaciones, aunque este elemento es irremplazable.
El monopolio de un partido sobre las decisiones sobre lo público cambió en esa jornada. El 2 de julio significó mayor competencia partidista, perdedores y ganadores dejaron de estar predeterminados y desapareció la hegemonía de un partido. Eso hay que recordarlo –y aquilatarlo– porque volver a un escenario anterior a esa fecha siempre es posible.