Los adioses nunca vuelven

Por Guadalupe González Mijares

Consejera Electoral del Instituto Electoral de Coahuila

Es un honor presentarles una de las obras más perturbadoras y fascinantes de la narrativa contemporánea actual que he leído.

Antes de ello, me permito reconocer la iniciativa del Alcalde de Saltillo Javier Díaz a través del Instituto Municipal de la Cultura, por potencializar la cultura al promover la prestigiosa  colección Letras del Desierto y lograr la contribución de autores tan talentosos como Francisco Félix Durán, surge como una voz imprescindible dentro de estas obras y quien representa con todo esplendor la riqueza cultural de Saltillo y se posiciona como un narrador capaz de trascender fronteras geográficas y emocionales con Los Adioses nunca vuelven.

Confieso que lo que más me cautiva de la pluma de Paco Félix es su estilo visceral y profundamente evocador. Posee la rara habilidad de transformar la crudeza en poesía, navegando con elegancia entre el realismo más descarnado y lo sobrenatural. Su narrativa no solo se lee; se siente en la piel, como un susurro frío en medio de la noche o el calor sofocante del trópico chiapaneco. Es un estilo que no teme mirar a los ojos al horror y a la soledad humana, pero que siempre lo hace con una precisión técnica envidiable.

La obra obliga a que nos detengamos a reflexionar ¿qué fue lo que realmente se quedó encerrado con nosotros durante el confinamiento? ¿Fueron solo nuestras familias, o fueron los fantasmas de todo lo que no nos atrevimos a decir antes de que el mundo se detuviera?

¿Y qué hace a Los adioses nunca vuelven un libro único? En síntesis, su capacidad para convertir la experiencia colectiva de la pandemia en una cartografía del alma humana.

Mientras muchos nos quedamos en la superficie de la crisis sanitaria, Félix Durán se sumerge en las sombras de los hogares, explorando desde el canibalismo metafórico y real de una familia rota, hasta la fragilidad de la memoria y la persistencia de los fantasmas que nos habitan.

Es un libro que fusiona la leyenda local con el trauma global pues adentrarse en sus cuentos es aceptar un viaje sin retorno hacia lo más profundo de nuestras ansiedades y deseos. Es una lectura que incomoda, que desafía, que obliga a reflexionar sobre la identidad y el aislamiento, sobre aquello que creemos haber superado pero que sigue latiendo en la oscuridad.

Y, sin embargo, en medio de esa penumbra, emerge una belleza plástica innegable: visiones de jaguares casi divinos, amantes que se reencuentran a través de un espejo en el Día de Muertos, imágenes que demuestran que incluso lo macabro puede ser profundamente estético.

Además, estamos ante un testimonio necesario de nuestro tiempo. Este libro captura la esencia de una era en la que el miedo y la esperanza coexistieron en las calles de México, transformando nuestra forma de ver la vida, la muerte y, sobre todo, las despedidas.

Los adioses nunca vuelven no es solo un título; es una advertencia y una invitación. Una advertencia sobre aquello que se pierde cuando no sabemos mirar de frente nuestras sombras, y una invitación a perdernos en el laberinto narrativo de un autor extraordinario que demuestra con su obra que en la imperfección humana hay una gran belleza.

Si son entusiastas de la literatura y buscadores de historias que dejan huella: Lean este libro, que ya es un legado literario de la ciudad, gracias a su brillante autor.

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