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Muerte inesperada, autoridad prepotente

Muerte inesperada, autoridad prepotente

Don Ignacio salió temprano rumbo al hospital, pero por el sismo ya no volvió

Ángel Mario Ksheratto

5:00 a.m: Ignacio Samayoa Sánchez toma el colectivo rumbo al hospital, donde sería examinado por un médico. A sus 74 años y la vista menguada debido a la diabetes, raras veces salía de su hogar, una casita de madera y algunos bloques de cemento. Siempre se hacía acompañar de su esposa, quien ésta vez se quedó en casa. Ella, una anciana con la que procreó nueve hijos, se quedó preparando el desayuno para cuando regresase, tomara sus medicamentos con el estómago lleno.
Poco después de las seis de la mañana, caminaba en el centro de Huixtla, rumbo al nosocomio, Con cierta dificultad inició una breve y empinada calle para alcanzar la avenida que le llevaría a su destino. Unos días antes, uno de sus hijos le preguntó sobre su estado de salud y le respondió que estaba bien. A sus nietos, solía decirles que se sentía “como joven”.
Cuando el reloj marcó las 6 con 23 minutos, sintió un movimiento de tierra; conforme los segundos avanzaban, sitió que ésta se estremecía con mayor fuerza. Trató de sostenerse sobre la pared…
A las tres de la tarde, sus hijos empezaron a echarle de menos. Su esposa convocó a todos y les dijo que aún no regresaba del hospital. Le buscaron con familiares, amigos y conocidos y nadie daba cuenta de él. Cuando la noche caía, los vecinos de la colonia “El Espejo Bella Vista”, se unieron a la búsqueda de don Nachito, como todos le conocían.
Muchos se fueron a pie desde la colonia hasta el hospital, siguiendo la ruta natural que él hubiera tomado. Le buscaron entre matorrales y cunetas, entre zanjas y callejones. Imposible hallarle. Se había esfumado sin dejar el menor de los rastros.
En las calles de Huixtla, la gente se arremolinaba alrededor de los escombros de casas semidestruidas. En el centro, muchas de las viejas construcciones estaban en ruinas. Policías y soldados, ayudaban a levantar el tiradero; cientos de curiosos pasaron incluso, sobre los restos de la pared donde don Nachito se había recostado durante el sismo. Socorristas y elementos de Protección Civil, pasaron ahí, infinidad de veces. Nadie levantó un solo ladrillo.
A las 10 de la noche, los hijos, vecinos y amigos del señor Samayoa, tuvieron una corazonada. Ya habían pasado a un lado de la barda tirada. Empezaron a levantar los escombros y ahí estaba él. Desesperados, empezaron a quitar la pared de encima de su cuerpo.
A las doce, habían descubierto por completo el cuerpo y llamaron a los socorristas, ministerio público y policía. Éstos últimos, iniciaron sus “investigaciones”. Querían determinar, cuentan los hijos de don Nachito, “las causas” del deceso. Evidentemente, no creían que la barda le había matado. Y se pusieron, las autoridades, prepotentes.
Teniendo Huixtla agencia del Ministerio Público, médico legista y un cuerpo de forenses, aparentemente especializados, el ministerio público local, ordenó el traslado del cadáver hasta Tapachula. Los hijos e hijas del señor Samayoa, temieron lo peor. Y tuvieron razón.
Tuvieron que pagar el traslado del cuerpo del lugar del accidente al SEMEFO y ahí, les cobraron gastos de papelería y otros que, ellos sospechan, no debieron pagar, como el hilo para cerrar su cuerpo tras la autopsia. Y por supuesto, el pago para regresarlo de Tapachula a Huixtla.
Hasta el mediodía de ayer martes, que lograron instalar el ataúd en medio de una diminuta sala de piso rústico y techo de lámina. El calor es insoportable; la mayoría de gente que vela el cuerpo de don Ignacio, está en una improvisada carpa, a mitad de la calle.
Los hijos del fallecido cuentan el calvario burocrático que tuvieron que pasar para regresar el cadáver de su padre. Todos tienen el dolor dibujado en el rostro. Se nota por los ojos llorosos, enrojecidos. También hay incredulidad e impotencia por el trato déspota y la incapacidad de las autoridades. Desde luego, también de los cuerpos de socorro que por cierto, se vieron muy lentos.
Desde el lunes por la tarde, empezó el desfile de funcionarios de todos los niveles a la zona de desastre; entonces aparecieron decenas de ambulancias. Solo para la foto, seguramente, porque los lesionados ya estaban en alguna cama de hospital.

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