Ni la vida de un individuo, ni la vida de una sociedad pueden entenderse si no se entienden ambas.
J. A, M. F.
Universalmente reconocido como el mejor y más ingenioso conversador de su época. Un
maestro del ingenio verbal, los epigramas y la paradoja. Transformaba la conversación en una forma de arte, dejando asombrados a quienes le escuchaban por su elocuencia y profundidad. Convertía cualquier conversación en un duelo de ingenio, parecía vivir en la provocación. Cuesta imaginarlo
desde el dolor, la derrota y la desesperación. En último término de la humildad. Y, sin embargo, una de sus frases más hondas nace cuando ya lo ha perdido casi todo: la libertad, el prestigio, el dinero, la familia. Un escritor en la cárcel por sodomía, enfermo, al que no dejan ver a sus dos hijos ni a su mujer, quien ha tenido que renegar de él. Y, por supuesto, tampoco a su amante. En prisión fue obligado a trabajos forzados durante dos años, enfermo de disentería, sin apenas contacto, solo podía escribir cartas. Tenía prohibido escribir obras como las obras que lo hicieron famoso. Casi al final de su condena, el nuevo gobernador la permite escribir una carta larga que acabará siendo De Profundis, su penúltima obra. En esa carta, dirigida a su amante Lord Alfred Douglas, repasa su vida, se reprocha su
propia vanidad. Va cambiando el tono del resentimiento al intento de comprender qué hacer ahora con tanto sufrimiento. Escribe que ha descubierto dentro de sí algo que le dice que nada es totalmente absurdo, ni siquiera el sufrimiento. Ese “algo” es la humildad. Wilde confiesa a lord Douglas. “La humildad es lo último que me queda y el mejor descubrimiento. No se puede comprar sin antes cederlo todo, pero es el punto de partida de un camino nuevo”. Wilde fue liberado en 1897 y moriría tres años después de escribir estas líneas. Para entender este rasgo de inspiración último, hemos de comprender a este genio y su época. Muchas cosa en su vida son contradicciones. Era irlandés, católico practicante. No podía ser de otra forma en ese siglo. No obstante, se apartó de Dios hacia el esteticismo, una
filosofía que prima la belleza por encima de cualquier otro valor. Pese a sus claras preferencias homosexuales, Wide se había casado y llevó una vida aparente. La estricta moralidad de la época, también la de la Inglaterra protestante a la que se había desplazado, no admitía las relaciones entre hombres. Pero su carácter, su estilo, todo en él brillaban y su afilada lengua no dejaba pasar ninguna. Era como un Cyrano de Bergerac real. No te podías meter con él sin salir humillado. Su error fue pelear contra el padre de su amante, quien lo acusaba de pervertir a su hijo. Presentó demandas por calumnias –craso error- y la perdió. Wilde era culpable de “indecencia grave”. Fue condenado y humillado. Una sociedad homófoba le tenía ganas.
ESTOICISMO Y HUMILDAD. Una estrella de su época, se convierte en uno más entre otros presos. Hace una reflexión profunda y acepta su responsabilidad. Sigue una senda que trazaron los estoicos. No culpa a la sociedad victoriana, pese a que es obvio, es la culpable, y reconoce que él mismo se dejó llevar por la vanidad y el exceso. Pasa a admitir que ha estropeado su vida idílica. Se plantea una nueva vida. No es solo agachar la cabeza; es usar el dolor como punto de partida para otra manera de ver el mundo. La humildad se convierte así en la única fuerza que le queda para no hundirse del todo. El provocador regresa humilde como forma de transformación interior, de reconstruirse. Así lo confirman muchos estudiosos. El filósofo británico Simom Critchley lee De Profundis como una especie
de “evangelio laico” donde el gran aprendizaje de Wilde , tras haberlo perdido todo, es precisamente la humildad y la aceptación del sufrimiento.
CANCELACIÓN. ¿Qué lección nos dejan hoy sus ideas? Primero la injusta que ha sido y sigue siendo la sociedad con las conductas sexuales no normativas. Hoy como yer, la homofobia vuelve a crecer. La cancelación daña por todos lados. A aquéllos que no son respetuosos con lo que hoy se considera “adecuado” se les apedrea en la plaza pública que son las redes sociales. Hoy Wilde sería apedreado por lis homofóbicos. Y apedreado por los “progresistas” que seguramente no verían bien sus chistes que se burlaban de todos y todo. Lo segundo es que Wilde más allá de frases bonitas que llenan tazas y recopilatorios, tuvo que
emplear su brillante inteligencia para buscar sentido a una vida que había dejado de tenerlo. En la humildad encontró fuerzas para no hundirse. Al menos no murió en la desesperación de una enfermedad mental. Murió por una meningitis que acabó de doblegar su chispa de genialidad pocos días después de cumplir 46 años.
P.S. En diferentes tiempos tuve la oportunidad de conocer el mausoleo. Sus restos están enterrados en el cementerio Pére Lacheise de París, una gigantesca necrópolis cargada de historia. Lacheise, quien fue confesor de Luis XIV, el Rey Sol, heredó la propiedad a sus descendientes. Para darle valor histórico Napoleón ordenó depositar ahí los restos de Moliere. Hoy se encuentran Balzac, Proust, Edith Piaf, Chopin, Delacroix, Jim Morrison, Ives
Montand y Simone Sigmore, el espacio vacío de María Callas (sus cenizas fueron esparcidas en el mar Egeo, como fue su deseo, etc.
La tumba de Wilde tiene un añadido, es además famosa por la escultura de una
esfinge alada, obra de Jacobo Epstein. La tumba ahora está protegida por un muro de cristal, para evitar que admiradores y admiradoras puedan besarla. Hay una placa con un mensaje del gobierno de Irlanda: “La memoria de Oscar Wilde se debe respetar. Por favor no desfigure esta tumba. Es un monumento histórico protegido”.








