Hoy inicia en Washington la primera ronda de conversaciones bilaterales entre México y Estados Unidos para revisar el T-MEC. 14 meses después de la llegada al poder de Donald Trump, finalmente la incertidumbre sobre el futuro del acuerdo se despejará.
Varias cosas quedan claras desde ahora. La permanencia del modelo de integración comercial más exitoso del mundo detrás del europeo no parece estar a discusión. Sería una auténtica hecatombe para las economías de América del Norte que se debilite la asociación.
En segundo lugar, cabe preguntarse cómo sustituiría nuestro vecino país la proveeduría que ofrece México desde hace décadas, en momentos en que la producción asiática de China, Vietnam o Taiwán ha sido duramente castigada con aranceles ante el predominio de sus productos en el mercado estadunidense.
Algunos datos ilustran los estrechos vínculos económicos entre ambos socios: en 2025 Estados Unidos se mantuvo como el principal inversionista de México, con un monto de 15 mil 877 millones de dólares, lo que representó 38.8% por ciento del total de la Inversión Extranjera Directa.
México a su vez, se consolidó como el principal socio comercial de Estados Unidos en el año de los ciclones arancelarios. El 19 de febrero, la Oficina del Censo reportó que exportamos 534 mil 874 millones de dólares (mdd) y fuimos el que más compramos (338 mil mdd) incluso por arriba de Canadá, lo que deja el saldo en un superávit récord para nuestro país de 196 mil mdd.
La revisión del T-MEC se enfocará en reducir la dependencia de insumos fabricados en Asia, las reglas de origen y asegurar los suministros para los tres países que integran el acuerdo.
Por el lado mexicano las tensas negociaciones serán tripuladas por el secretario de Economía, Marcelo Ebrard. Conocedor del cabildeo, los intríngulis y la atmósfera de la Casa Blanca desde su etapa como canciller, Ebrard ha dicho que firmeza y cabeza fría guiarán los entendimientos con Jamieson Greer, su contraparte norteamericana.
A la delegación mexicana le preocupan las tarifas impuestas por EU del 50% al acero y el aluminio, así como el arancel de 25% a las importaciones de camiones medianos y pesados, además de un gravamen de 10% a los autobuses. La Canacero, la cámara del ramo reportó que las ventas al exterior bajaron 21% el año pasado.
Las connotaciones negativas del presidente norteamericano alrededor del pacto comercial suscrito por él mismo en su primer mandato (“no necesitamos el T-MEC”, “es irrelevante”, “pensamos abandonarlo”) se cuentan por decenas.
En noviembre EU celebrará elecciones de medio término. Trump tiene un granero de votos en el llamado cinturón del óxido, aquellos estados que cerraron plantas porque la producción migró a otras naciones; la opinión de esos votantes puede influir en las negociaciones que se abren ahora mismo.
El 1° de julio habrá humo blanco sobre el horizonte comercial trilateral. Es probable que los norteamericanos decidan evaluar cada dos o tres años el pacto y que endurezcan las restricciones al comercio exterior de México y Canadá con China; que mantengan los aranceles a mercancías fuera del T-MEC y presionen por la apertura del sector energético nacional (eléctrico y petrolero).
La negociación pondrá a prueba las relaciones comerciales con un socio en guerra y con enormes complejidades en la interlocución que van más allá del ámbito comercial.







