El discurso estratégico de Washington abandona la diplomacia multilateral y coloca al hemisferio occidental como prioridad absoluta. Entre presiones, amenazas y reposicionamientos, América Latina vuelve a ser tablero de disputa
AquíNoticias Staff
El mundo que conocíamos —ordenado por reglas, instituciones y consensos— está siendo sustituido por una lógica de poder duro. No se trata de un estallido súbito, sino de una transición acelerada: unilateralismo, coerción económica y disuasión militar vuelven a ocupar el centro del tablero.
Ese viraje quedó plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional presentada por la Casa Blanca a finales de diciembre, donde Estados Unidos redefine prioridades y coloca al hemisferio occidental como espacio vital. El mensaje es claro: primero América, después el resto.
En esa visión, Washington asume que su influencia debe ser hemisférica, sin interferencias de potencias externas, particularmente China. La idea no es nueva; es una reinterpretación contemporánea de la Doctrina Monroe, ahora traducida en comercio, control logístico, recursos estratégicos y alineamientos políticos.
Venezuela reaparece como punto de tensión no solo por su petróleo —las mayores reservas probadas del mundo— sino por su acercamiento financiero y energético a China, su relación con Rusia e Irán y su papel como sostén energético de Cuba. En el centro de esa lectura está el secretario de Estado Marco Rubio, quien ha sostenido históricamente una agenda de confrontación con los regímenes socialistas de la región. No obstante, Washington ha mostrado pragmatismo: más que afinidad ideológica, exige alineamiento funcional.
El mapa de alertas estadounidenses no termina en Caracas. Panamá es estratégico por el canal —por donde transita cerca del 40 % de los contenedores estadounidenses— y por la presencia de capital chino en puertos clave. Canadá y Groenlandia aparecen en el radar por el Ártico, el deshielo y los minerales críticos, incluso siendo aliados dentro de la OTAN.
Mientras tanto, China avanza. Desde 2005 ha invertido alrededor de 250 mil millones de dólares en América Latina y ha otorgado más de 120 mil millones en préstamos, consolidándose como principal socio comercial de la región —excluyendo a México— y controlando infraestructura portuaria, energética y minera. La disputa ya no es retórica: es estructural.
Contrario a la etiqueta de aislacionismo, Trump no se repliega. Negocia, presiona, amenaza y reordena alianzas. Reconoce abiertamente un mundo de esferas de influencia, donde los países con menos capacidad de defensa quedan expuestos. En ese nuevo orden, la soberanía ya no se presume: se defiende o se negocia.
Vía El Orden Mundial








