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Tuxtla no necesita más puentes, le urge un transporte público seguro y eficiente

Tuxtla no necesita más puentes, le urge un transporte público seguro y eficiente

Las obras de la ciudad se están diseñando de manera clasista o torpe…o ambas. Se está pensando en la movilidad de los carros y no de las personas

Sandra de los Santos / Aquínoticias

Son poco después de las 9:00 de la noche. Todo parece indicar que se avecina un tremendo aguacero. En el colectivo diseñado para lo mucho 15 pasajeros ahora vamos 24. No me pregunten cómo vamos, pero vamos. Nadie se queja. Todos lo que queremos es llegar a casa después de una larga jornada.

El chófer, como que si se tratara de un traficante de personas, nos pide a todos que nos callemos, nos avisa que apagará las luces porque hay un retén y pueden detenerlo. Se da cuenta que no trae cubrebocas, y busca desesperado uno, una persona de atrás dice que trae uno de más y ahí va pasando de mano en mano hasta llegar al conductor. Pasamos el retén. No lo detienen. Ni siquiera es un operativo para el transporte público. Nosotros seguimos en silencio.

En la banca, que dicen los chóferes que caben siete, van ocho personas. Eso parece hasta físicamente imposible. Pero, en hora pico con la lluvia pisándonos los talones y con la prisa de llegar a casa, por supuesto que se reta a cualquier ley de la física.

Un par de pasajeros bajan y aun así seguimos con sobrecupo. Dos personas intentan subir y el chófer les dice que ya no puede llevar más. Ellos dicen “vamos parados”, y los propios pasajeros nos sumamos a su petición. El conductor accede y terminamos siendo el mismo número de personas en lo que falta del trayecto. La acción de todos en ese colectivo puede calificarse como empática o imprudencia o las dos juntas.

Miro alrededor y veo a por lo menos tres menores de edad, seis jóvenes que se nota que vienen de la escuela, una señora que trae cosas del súper.  Las y los demás somos adultos que venimos del trabajo. Todos nos agarramos de dónde podemos. Nos acomodamos. Aquí no existe la sana distancia. El chófer maneja despacio, va con precaución, sabe que trae mucho más personas que las permitidas y un accidente en esas circunstancias sería fatal. Nadie quisiera cargar con tantas almas encima.

La escena que les cuento les es muy familiar a muchos porque no es algo aislado que me haya pasado de manera casual. Es algo que sucede todos los días en diferentes rutas del transporte público en Tuxtla Gutiérrez.

El caos en las horas pico: caminar hasta kilómetros para poder tomar un colectivo, largas filas, transporte con sobrecupo, acoso sexual dentro de la propia combi, conductores que van a toda velocidad ya sea por imprudentes o porque les urge sacar la cuenta.

La imagen de personas heridas y muertas en la calle en el accidente de ayer con sus cosas del mandado tiradas nos estremece por ellas  y sus familias, pero también hay que reconocer que por nosotros mismos, las y los que usamos el transporte público a diario. Pudimos ser nosotros. Esa llamada que recibimos de familiares o amigos preguntándonos si estábamos bien, pudo ser que no la contestáramos. No es exageración cuando decimos que nos jugamos la vida a diario.

Tuxtla no necesita más puentes, no necesita más incentivos para utilizar automóviles particulares. Tuxtla lo que necesita es un transporte público seguro y eficiente. Necesita gobernantes y funcionarios que sepan escuchar y atiendan las necesidades de la ciudadanía y no que prioricen sus propios intereses.

Las obras de la ciudad se están diseñando de manera clasista o torpe…o ambas. Se está pensando en la movilidad de los carros y no de las personas. Los puentes agilizan la movilidad solo de los automóviles particulares. En estas obras no se está poniendo al centro la movilidad de la mayoría de la población, sino la comodidad de unos cuantos.

Hace varios años visitaba una ciudad de Centroamérica, que en ese momento pasaba una de sus peores etapas de violencia. Era muy joven y aun así me llamó la atención cómo no había forma de caminar la ciudad. No había banquetas, pasos peatonales. Todo estaba hecho para los automóviles. El precio de los taxis era exorbitante y el transporte público pésimo. Para mí todo era evidente y se los comenté a personas del lugar, que de alguna forma se habían acostumbrado a vivir así. Hasta me dijeron: “no nos habíamos dado cuenta”. Desde hace tiempo temo que nos pase lo mismo, que nos acostumbremos a vivir mal, que ya no nos demos cuenta que construir otra ciudad es posible y que debemos de hacer algo al respecto.

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