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Código Nucú / César Trujillo
Foto: Jacob García

Código Nucú / César Trujillo

Morir lejos de casa

Cuatro migrantes africanos perdieron la vida. La embarcación en la que viajaban naufragó. El canto del mar los arrulló para la eternidad. En la sal de las costas de Chiapas y Oaxaca quedaron sus anhelos. Así han quedado, desde hace varios años ya, los de cientos de centroamericanos que salen de sus casas, también, buscando otra vida: una lejos del hambre y la violencia, fuera de la frivolidad que los ha llevado al éxodo. Más no siempre lo logran. Cientos se extravían en los brazos paralelos de La Bestia, en los ilícitos que los acechan y ahora, incluso, en las crestas de la sal.

Mueren africanos migrantes, dice un diario. Se los tragó el mar, señala otro. Más tarde una foto: un cuerpo recostado, como dormido, como tomando el sol, como mirando de frente al cielo para interrogarlo, yace en la húmeda playa. Al fondo el mar: la arena que se humedece el rostro para no llorar por la tristeza que deja a su paso la muerte.

Nadie les dijo, pienso, que las aguas del mar en la entidad también gustan de torcer las barcas y volcarlas. Que en el choque de las corrientes uno puede perder el control. Que hay partes que juegan con las lanchas, que se ahondan o bajan, y se necesita conocerlas para montarse en ellas.

Pensaron, tal vez, que sólo en las aguas del Estrecho de Gibraltar, rumbo a Ceuta, del otro lado, donde también se pierden decenas de migrantes africanos, donde les tiran balas de goma para que nunca arriben, tienen esa costumbre de saciar a la sal con cuerpos ante la mirada displicente de los gendarmes que custodian la zona.

Si les hubieran contado que en ocasiones acá el mar gusta de perder a los propios pescadores: los de la espalda dorada por las lenguas del sol. Si les hubieran dicho que hay veces los mete en las tormentas y los deja ahí: perdidos y extraviados como un acertijo en la inmensidad de su cuerpo esperando que su tiempo no se agote.

Pero no. Nadie les contó nada. El anuncio del éxodo seguro les llegó por las redes sociales, por la televisión, por el susurro de la misma desesperanza. Leyeron, quizá, que cientos de migrantes avanzan en caravanas, solos o acompañados, a paso firme, esperando llegar al otro lado, exigiendo al gobierno federal les dé las garantías del tránsito libre. Y se dejaron llevar por la desesperación.

Los arrojó al mar el deseo de buscar una oportunidad de mejorar su vida y la de los suyos. Se arrojaron aun cuando le temen al agua, cuando no saben de su negro canto, cuando no comprenden que en su grandiosa soledad busca compañía y hay veces que se lleva los cuerpos y jamás los regresa.

Veo la foto una y otra vez. Podemos ser nosotros. Puedo ser yo. Puede ser cualquiera con una familia muriéndose de hambre, con una familia huyendo de la sangre, de la voracidad, del punto de quiebre en el que se encuentra el mundo entero y el capitalismo que lo ha roto todo.

Es lo que somos, pienso. Tan solo un cuerpo inerte detenido en el tiempo, un simple punto, un número para las gráficas y cifras que dan a conocer desde el poder algunos. Y no todo se detiene ahí. No.

Junto a los migrantes que recorren la entidad, se encuentran también los desplazados de los pueblos originarios. Los que fueron arrojados de su hogar de madrugada, expulsados por la apatía e intereses de gobiernos anteriores que trastocaron los usos y costumbres.

Niños, mujeres y hombres a los que les arrebataron la tierra, a los que tiró lejos de casa la intolerancia religiosa, a los que un color partidista sentenció a muerte tan sólo por el hambre de poder.

Son ellos que hoy exigen justicia y siguen en el desamparo al no existir “garantías” para su retorno en paz, los que duermen en laderas, bajo la lluvia; los que azota la furia del viento y el frío les cala los huesos en plena madrugada. Y espero, de verdad que sí, que la voluntad política llegue y les regrese la paz que todos anhelamos.

Veo la fotografía antes de terminar de escribir esto. Pienso en lo frágil que es todo. Ahora les tocó a ellos, los que salieron de África, los que cruzaron el salado abrazo del mar pensando en el mañana. Les tocó a ellos replicar la desgracia que vive el mundo que está inmerso en una terrible crisis humanitaria. Les tocó a ellos, me digo con el corazón apachurrado, morir lejos de casa.

Manjar.-  Me llega un mensaje vía WhatsApp. Lo abro. Una imagen con el hashtag Morena somos todos abajo sobre sale: al centro un círculo. Y una frase que señala que “no es de izquierda el que hace trampa, el oportunista, el acomodaticio, el trepador, el corrupto que compra votos”. Sí, coincido aunque el término esté rebasado. Luego, otro hashtag que invita a no vender el voto. Creo que se necesita más que eso para creer que las elecciones serán limpias y sin trucos baratos. Reciclar políticos es reciclar mañas y prácticas. señores. Va más allá de buenas voluntades y lo he dicho siempre. Tras las declaraciones de Yeidkol Polevnsky Gurwitz los ojos de todos están ahí. Hablar es lo más fácil. Pero estar en el ruedo es otra cosa. Estaremos pendientes de que las prácticas que tanto se criticaron no aparezcan y empañen el cambio prometido. #LaTienenComplicada // “En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para designar al extranjero, son el mismo término: xénos”. George Steiner. #LaFrase // La recomendación de hoy es el libro Casquillos negros de Diego Petersen Farah y el disco de Brothers in Arms de Dire Straits. // Recuerde: no compre mascotas, mejor adopte. // Si no tiene nada mejor qué hacer, póngase a leer.

* Miembro de la Asociación de Columnistas Chiapanecos.

* Delegado en Chiapas del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa.

Contacto directo al 961-167-8136

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Mail: palabrasdeotro@gmail.com

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