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Mundo raro / Ornán Gómez

Mundo raro / Ornán Gómez

El entrometimiento de Ximena

Levantó las manitas como para equilibrarse y caminó. Uno, dos, tres pasitos. Se tambaleó. Recuperó el equilibro y continuó hacia donde Rita la esperaba con los brazos abiertos. Mientras caminaba, pensé que Ximena se parecía a un osito.
Después de unos minutos, Rita alegó cansancio y me dejó con Ximena. Huye cobarde, susurré mientras subía las escaleras que llevan al segundo nivel de la casa. Y es que mi pequeña, desde que aprendió que los pies sirven para caminar, no deja de darles uso. Aquí, allá, más allá. Uno debe ir tras ella para evitarle golpes o caídas. Sin embargo, a Ximena eso no le importa. Quiere comerse el mundo. Ir a donde sus ganas lo indiquen. Además, toca todo lo que encuentra a su paso. Libros, piedras, trastos, juguetes. E, incluso, alguna cochinilla o gusanos que encuentra en el patio. Y cuando los tiene en la mano, a excepción de los insectos, se los lleva a la boca. Los muerde con sus escasos tres dientitos. Después los tira y continúa con otro objeto.
Gracias a ello, la casa se trasformó. En la sala, los sillones son como soldados derrotados. La mesita de centro terminó en un rincón de la casa y sobre el piso, uno puede encontrar juguetes, algún lápiz solitario, hojas de papel babeados y rotos.
Ximena caminó a la cocina. Mientras caminaba, sus ojitos desprendían un brillo malicioso. De lo que hiciera allí, la única afectada sería Rita. La seguí haciendo con los brazos una especie de corralito para evitarle un golpe o caída.
Cuando llegamos, miró hacia todas partes. Aceite, semillas de almendra, café, leche, galletas, pan, harina, azúcar, sal. Ximena los observó como si fueran los enemigos a vencer. Supuse que ellos sabían lo que vendría. Sienten temor porque no hay quién los defienda, pensé. Mientras tanto, Rita estaría en alguna parte de la casa. Y Ximena aprovechó para meterse en ese territorio. Mi pequeña sonrió. Me miró a los ojos. Le sonreí. Sabíamos que lo que vendría a Rita no le gustaría. Tomó la bolsa de café, lo lamió, lo tiró al piso y empezó a reírse. Yo me carcajeé cuando imaginé al café como un soldadito famélico que no soportó la envestida de Ximena. Se rindió antes, me dije. Ella ya estaba con la harina. Observó la caja amarilla y, después de una mordidita, también lo mandó al piso. El mismo destino tuvieron las galletas, la leche y el pan. Cuando los vi en el piso, suspiré. No aguantaron nada, me dije.
Pero la mente conquistadora de Ximena no tenía sosiego. Caminó unos pasos y descubrió los sartenes, platos, vasos, tenedores y cubiertos. Y, de nuevo, me miró. Sonrió. Sonreí. Tomó un plato, lo mordió y lo arrojó al piso. El plato era de plástico y tenía la imagen del oso Poo. Después arremetió contra los sartenes. Un concierto de música metálica dio comienzo en la cocina. Platos, tenedores y cubiertos terminaron sobre el piso. En tanto ella se divertía, yo le hacía corralito con los brazos. Las piernas empezaron a dolerme. Pero no me importó. Ximena estaba descubriendo el mundo y todo esfuerzo era mínimo.
Se aburrió cuando ya no había platos, sartenes y tenedores que tirar. Si Rita hubiera aparecido, seguro que nos mandaba a poner todo en orden. Se lo dije a Ximena que se abrazó a mis piernas y balbuceó algo. Levantó las manitas y empezó a salirse de la cocina. Se detuvo un momento. Volvió la mirada y sonrió satisfecha. Miró a la sala y volvió a sonreír.
Con un gesto me pidió que le extendiera mi mano. Se la di. Y entonces, con más seguridad, se dirigió hacia mi estudio. Y en ese momento empezó a dolerme la cintura y las piernas. Luego sentí vértigos. Quizá porque sospechaba lo que vendría. Pasamos la habitación de Miki que andaba quién sabe dónde. Ximena se detuvo y tocó la puerta. No obtuvo respuesta. La muy picara se asegura de que no exista testigos de sus fechorías, pensé. La puerta del estudio estaba cerrada. La aporreó con las manitas y luego le dio pataditas. La puerta no cedió. Me observó. Hice como que no entendía. Ella lo notó. No serás tú quien me impida entrar, pensé que pensó. Empezó a llorar quedito. Si lloraba más fuerte, Rita vendrá a llamarme la atención. Diría que soy mal padre y me quitaría el dinero para mis libros. Abrí la puerta y Ximena entró con una sonrisa amplia en sus labios.
Sobre los muebles, los libros lucían ordenados. En la parte de abajo, estaban los de Eduardo. Ilustrados y de formatos grandes. Ximena observó el espacio antes de entrar. Se sentó sobre el piso para observar mejor. Después se levantó y caminó hacia ellos. Cada pasito que daba, era un gancho al hígado para mí. Llegó al librero y volteó a mirarme. Ya no le sonreí. Sabía lo que vendría. Negué con la cabeza con la esperanza de que entendiera que allí no debía meterse. Pero no. Pasó por alto la indicación y empezó. En busca de Kayla de Lidia Cacho, al caer, semejó a un pájaro golpeado por un rayo. Las pinturas de Willy de Antonhy Browne cayó de manera estrepitosa. Y después, sin miramientos, Ximena desparramó los libros. Sobre el piso eran como cucarachas exterminadas por algún químico. Quise tomar a Ximena y sacarla de allí, pero se pondría a gritar. Y no convenía, porque Rita me obligaría a limpiar la casa. Decidí sufrir con estoicidad el entrometimiento de Ximena a mi estudio.
Mi pequeña me llamó con un balbuceo. Me senté a su lado y sonrío. La abracé mientras ella mordía un libro sobre dinosaurios. Resignado, le acerqué más libros para que los probara. Si al final yo sería quien levantara los libros, ¿por qué no ponerle buena cara al asunto? Nos recostamos sobre el piso y empezamos a conversar. Le dije, te amo, y ella respondió con un ba-ba-ba, que significaba, yo también.
En esas platicas estamos, cuando el grito de Rita, que venía de la sala, rompió la armonía del silencio. Ximena y yo nos quedamos mirándonos. Otro grito. Más fuerte que el anterior. Rita descubrió la cocina, pensé. Y entonces, sin saber por qué, Ximena empezó a llorar. Le tapé la boca y la abracé, pero no logré callarla. Gritó más fuerte y luego empezó a sonreír. La muy picara está tramando algo, me dije. En vano intenté descifrar lo qué podría ser, porque la puerta del estudio se abrió y Rita apareció.
Ximena corrió a sus brazos. Ella la abrazó y a mí me dirigió una mirada fulminante que interprete como: ¡Vas y levantas el tiradero! No repliqué. Hacerlo implicaría me limitaran el dinero para los libros que compro cada semana. Cuando caminaba hacia la cocina, Ximena dijo, na-na-na.
¿Qué significaría?
Empecé la limpieza por la sala.

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