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A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

El poder ante el espejo

Hay dos historias de la literatura clásica sobre el autoengaño ante el espejo. Una es el clásico de Disney donde la malvada Reina Grimhilde, madrastra de Blanca Nieves, preguntaba siempre al espejo “Sabio Espejo consejero, saber quién es la más hermosa, quiero” y este siempre contestaba que nadie más que ella. Pero llegó un día en que el espejo le dijo “Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blanca Nieves es mil veces más bella”. La furiosa reina ordena entonces a sus sirvientes llevar a la joven princesa al bosque y arrancarle el corazón. Ellos incapaces de tal osadía toman el corazón de un venado y se lo llevan a la reina. La otra historia es el gran clásico de Oscar Wilde, donde un apuesto joven, Dorian Grey, vende su alma al diablo quien le pide cubrir el espejo. El conservaría su belleza mientras el espejo ocultaría su irremediable envejecimiento. En ambos casos, el final es trágico para los protagonistas.

Algo similar ocurre con el poder. Su efecto en ocasiones segador provoca que quienes lo ejercen prefieran los elogios a la crítica. A nadie le gusta que le digan sus errores y a eso abonan quienes en su entorno optan por consecuentar y elogiar las virtudes excelsas de su liderazgo. Memento mori, “Recuerda que morirás”. La frase tiene su origen en una peculiar costumbre de la Antigua Roma. Cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, tras él un siervo se encargaba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la soberbia y pretendiese, a la manera de un dios omnipotente, usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre. Lo hacía pronunciando esta frase, aunque según el testimonio de Tertuliano, probablemente la frase empleada era: Respice post te! Hominem te esse memento! “¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre” (y no un dios).

Lo traigo a colación porque observo con preocupación que muchos de los que hoy ostentan el poder, no se detienen a reflexionar al respecto. Recuerdo con relativa emoción la noche del triunfo de López Obrador. Reconocido de inmediato por sus adversarios en un gesto de civilidad democrática, dirigió un discurso a la nación llamando a la unidad de los mexicanos. Y vaya que la necesitaba. El país sería otro si hubiese continuado con esa tónica dejando atrás la retórica de la campaña. Me incluyo entre quienes aplaudimos el gesto del recién electo presidente. Pero de inmediato sus seguidores fustigaron a los derrotados. Querían agraciarse con el poder. Y de ahí en adelante comenzó la quema de incienso. Presurosos se colgaron en el triunfo del presidente muchos quienes por accidente llegaron al poder subidos en la cresta que por años hizo crecer un liderazgo si duda tenaz y perseverante como una alternativa para resolver los retos del país. El discurso se centraba en la austeridad republicana que luego tornó a franciscana. Se desmanteló a todo el expertise del gobierno como trofeos de caza. Se prescindió de funcionarios con una carrera de servicio tildándolos de sibaritas, tecnócratas y de paso corruptos. Se descalificó la labor de la prensa tildándola de conservadora, chayotera y corrupta. Al tiempo se empoderó a merolicos, turiferarios e inquisidores, cuyo único mérito fue sobredimensionar al poder aislándolo de la realidad.

Esa soberbia que se topó con la compleja realidad de un país que hoy se expresa en ocasiones con crueldad. Esa realidad hoy se desvela quitando el manto al espejo adulador. Nada es para siempre, ni el triunfo ni la derrota. Quienes pretenden restaurar al viejo régimen presidencial y anular toda expresión de pluralidad se equivocan. México ya no está para tener un partido de estado que gire gravitacionalmente en torno a un caudillo. México es un país plural, diverso, multicultural. Y esa diversidad no puede encapsularse en una visión maniquea de buenos y malos, de fifís y chairos, de conservadores y liberales. Tampoco se concedió un cheque en blanco ni una patente de corso. En menos de un año el discurso regeneracional y transformador perdió vigencia. Se encuentra atrapado en su propio laberinto. Se regodea en el autoengaño. México es mucho país para conformarse con una sola visión. Ya lo veremos.

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