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A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

Chovinismo energético

Existe una corriente de pensamiento en varias generaciones de mexicanos que se formó en los propagandísticos ideales del periodo post revolucionario. Nunca se dieron a la tarea de cuestionar lo que les enseñaron como verdades históricas. Hacerlo hubiese significado una herejía. La cohesión social requiere su propia mitología. Todos los países tienen estatuas dedicadas a los héroes. A partir de la reconstrucción e interpretación de elementos históricos, en nuestro caso, la revolución se “hizo” gobierno e institucionalizó los ideales de la patria.

El octogenario general Porfirio Díaz prolongó su mandato generando una corriente de opinión adversa a su perpetuo afán reeleccionista. Quería festejar con bombo y platillo el centenario de la independencia de México coincidente con su cumpleaños, para lo cual se dio a la tarea de construir grandiosas obras que dejaran un testimonio de su legado. No advirtió que nuevas generaciones se aprestaban a sustituirlo junto a la gerontocracia que lo acompañaba. La entrevista Díaz-Creelman detonó la efervescencia política. El general Bernardo Reyes pensó en postularse creyendo que podría dar una tersa continuidad a la visión de Don Porfirio, pero éste último no se lo perdonó. Por eso Madero, en un golpe de suerte, capitalizó la revuelta que se avecinaba. Villa y Zapata hicieron sus propias revoluciones. No sobrevivieron al ajuste de cuentas y los crímenes desatados en la lucha posterior al porfiriato. Carranza encabezó el movimiento constitucionalista que derrocó a Victoriano Huerta y al final el propio Carranza terminó asesinado. Álvaro Obregón entró al quite y murió también asesinado en sus afanes reeleccionistas. Y de ahí la revolución se hizo gobierno. Plutarco Elías Calles pacificó al país y se convirtió en el jefe máximo.

La historia universal está repleta simbologías. Las grandes civilizaciones de la humanidad y sus personajes son recordadas por sus grandes hazañas y edificaron monumentos como tributo de su grandeza. Hoy podemos contemplar en Machu Picchu el legado de los incas en el Perú. El templo mayor representa la grandeza del imperio Azteca. Las pirámides del Sol y de la Luna, aún más antiguas, fueron reconstruidas por Don Porfirio y dadas a conocer al mundo como parte de nuestra herencia milenaria. Así la pirámide de Chichen Itzá o el templo de las inscripciones en Palenque que sirvieron de morada a los restos mortuorios del Rey Pakal. Grandes imperios y monarquías en todo el mundo dejaron huellas indelebles como las admiradas pirámides de Egipto, la ciudad de Angkor Wat o la Muralla China. De las llamadas siete maravillas del mundo antiguo algunas sobreviven en los registros de la memoria como el Faro de Alejandría o el Coloso de Rodas.

El general Lázaro Cárdenas no tenía originalmente planeado nacionalizar a la industria petrolera extranjera, como tampoco Juárez, ante la inviabilidad financiera de su gobierno, declarar la moratoria de pagos por las deudas contraídas con Francia, España e Inglaterra. Francia, a la que menos se debía, aprovechó la ocasión para satisfacer los planes expansionistas de Napoleón III. Los norteamericanos estaban inmersos en una guerra civil como para impedir la injerencia europea en América. Antes habían apoyado a Juárez en su guerra contra los conservadores y por eso durante la intervención se mantuvo a salvo en la frontera.

De ahí la Batalla de Puebla que tanto celebramos, aunque perdimos la guerra. Maximiliano de Habsburgo fue entronizado como Emperador de México. Su gobierno duró lo que duró el ejercito francés de ocupación que tres años después se dio a la retirada. Eso facilitó el ascenso formal de Juárez como presidente de la República. Entró triunfante a la Ciudad de México después de que el General Mariano Escobedo aprehendió a Maximiliano en Querétaro. Lo recibió Porfirio Díaz que había recuperado militarmente la Ciudad de México. Después Juárez quiso reelegirse y el General Díaz, que era visto como un héroe, lo enfrentó con la bandera de la no relección. A Juárez lo derrota la muerte y con el Plan de la Noria, Porfirio Díaz se hace por fin de la presidencia.

A partir de la reconstrucción histórica de todos estos sucesos se comienza a rendir honores a los héroes de la patria sumados a Hidalgo, Allende, Aldama, la Corregidora y Morelos. Faltó mencionar a Santa Anna que, de héroe, igual que Don Porfirio, pasó a villano. Su infructuoso intento de recuperar Texas, que ya era una causa perdida, provocó la invasión norteamericana. No sólo se apropiaron de Texas, sino que se anexaron la mitad del inhóspito territorio mexicano delimitado en el mapa de la Nueva España pero que en realidad nunca ocupamos.

Así fue que en la historiografía oficial fundamos nuestros grandes mitos nacionales e idiosincrasia. Los mexicanos crecimos educados en la idea del intervencionismo extranjero. Recreamos nuestras fobias para dar forma a la identidad nacional. Con esa animadversión se formaron varias generaciones de mexicanos. Entre ellos nuestro ahora presidente. Por eso nos tragamos el cuento de que Pemex es de todos los mexicanos. Y no ha sido otra cosa que una empresa secuestrada por su sindicato a cambio de jugosas prestaciones y sus sucesivas administraciones. Desde López Portillo había sido el cuerno de la abundancia. El petróleo valía su peso en oro. Al paso del tiempo ha perdido rentabilidad. Pemex no ha reinvertido en crecer y se venía negando a coinvertir o abrir el mercado a empresas transnacionales con avanzadas tecnologías para extraer nuestros yacimientos de petróleo de lo que México se llevaría la mejor parte. Perdimos la oportunidad que otros países aprovecharon permitiendo esquemas asociativos con empresas privadas. El nacionalismo ramplón atado a sus prejuicios. Por eso quieren invertir dinero bueno al malo. Reconstruimos refinerías y construimos una nueva, para tener “soberanía energética”. Y no tenemos ni dónde almacenar por más de una semana nuestros excedentes como sucede ahora con la pandemia.

Lo mismo sucede con la CFE, sólo que hay una gran diferencia: el petróleo se extrae y se refina; la energía eléctrica no existe, sino que se crea. Tardamos tres sexenios en lograr una reforma energética que permitiera la inversión en esos sectores. Y en menos de dos años todo eso se vino abajo para volver a nuestro pasado nacionalista cuando todos los países tienen la mira puesta en el futuro. A partir del acuerdo de París y la firma del protocolo de Kioto que suscribieron todos los países desarrollados, se decidió sustituir gradualmente el uso de combustibles fósiles. Los efectos los estamos viendo ahora con la pandemia que permitió a nuestro planeta respirar un poco. Se está poniendo en riesgo el futuro de la humanidad. La destrucción de la capa de ozono esta provocando el aumento de la temperatura y el consecuente deshielo de los polos que si no revertimos van a modificar la faz de la tierra. Grandes sequías e inundaciones son consecuencia de la alteración a nuestro medio ambiente.

Lo que quiere hacer ahora la CFE es utilizar los excedentes del petróleo que representan un 30% de cada barril producido y se conoce como combustóleo. La prohibición internacional de utilizarlo para la transportación marítima por su alto contenido en azufre, nos ha dejado un residuo que no tenemos como reutilizar. Es lo que ahora se quiere usar aún más en las termoeléctricas sustituyendo la energía eólica que es renovable y no contamina. Priorizará su uso para desplazar a las fuentes alternativas que además son 70% más baratas y abastecen casi el 50% de lo que CFE nos vende. Quieren monopolizar toda la industria, aunque los mexicanos terminemos pagando más caro lo que a todas luces es más barato. No les importa seguir contaminando el medio ambiente. Más temprano que tarde, cuando despertemos de esta pesadilla, la mayoría de los países fabricarán autos eléctricos. Nuestras refinerías serán cacharros viejos e inutilizados. Un triste testimonio de lo que no debimos hacer. Esa será parte de la herencia fatídica de la autoproclamada cuarta transformación y su trasnochado nacionalismo.

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