A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

La esperanza

Acorde a su definición «la esperanza» es un estado de ánimo optimista en el cual aquello que deseamos o aspiramos nos parece posible. La esperanza supone tener expectativas positivas conforme a nuestros deseos. Los mexicanos hemos hecho de la esperanza una forma de ver la vida en un estado perene. Siempre estamos esperando, vivimos esperando, pero nada llega.

No hay otra forma de explicar que se le siga teniendo fe y reverencia a un gobierno incapaz de dar resultados y que alimenta su retórica en la continua estigmatización del pasado como si fuera un lastre pesado imposible de dejar atrás. Es una llana y burlona retórica mientras el pueblo espera con resignación que las cosas cambien sin que nada suceda. Muy por el contrario, asumimos la expiación como forma de vida.

Solo así podemos explicarnos que a este gobierno la pandemia le haya caído como anillo al dedo. Es la cuartada perfecta para justificar los errores y los horrores que estamos padeciendo. Es el alumno que inventa una excusa por no cumplir con su tarea. No podíamos estar peor y lo estamos. Caminamos estoicamente al desfiladero como si fuera nuestro destino manifiesto. Es nuestra condición sociológica, la psique colectiva, que nos arrastra a la autoflagelación.

La mortalidad por el COVID es catastrófica, lo ha dicho el Dr. Gatell, solo que multiplicado por tres y esto no acaba todavía. Presurosos por compartir el botín disque arrebatado a la cleptocracia gobernante, destinan recursos finitos a la dádiva asistencial mientras la planta productiva del país se hunde y la clase media desaparece a falta de solidaridad por parte del gobierno. Lo saben bien quienes rodean al presidente. Lo dicen entre dientes. Por eso algunos huyen del gabinete para expiar sus propias culpas temerosos del juicio histórico de la complicidad.

El presidente padece la Hybris, un concepto griego que puede traducirse como «desmesura» del orgullo y la arrogancia. Se resigna a aceptar el fracaso de su gobierno. Inventa su propios datos y miente sin pudor. Se ha convertido en su propio enemigo atrapado en sus persistentes contradicciones. Se resigna a aceptar que no es tiempo de gastar en las tres obras insignes de su gobierno. Financia sus caprichos y escatima en salvar vidas. Ahorra avaricioso en lo que no debe, que es preservar la salud y las vidas de los mexicanos.

Su reticencia al confinamiento, su mal ejemplo, es porque no quiere que la economía se paralice, aunque nos cueste vidas, al fin que estamos hechos para sufrir. A eso hay sumar la total ineptitud de su gobierno y sus colaboradores incapaces de dar resultados y hacer bien las cosas. ¿Cómo justificar que mientras otros países avanzan a pasos agigantados vacunando a su población, aquí no llevamos ni el 1%?

Y no, no es cierto que solo los países ricos lo están haciendo. México ocupa el lugar número 75, pero la vacuna ya viene. Así nos traen, a puro atole, confiados en «la esperanza» que es lo único que este gobierno ha logrado incubar en las mentes de millones que le creen con fervor religioso. Y ya no tardan, se supone, en venir millones de dosis. Quien no lo crea es un maledicente. Y solo falta que quieran que aplaudamos, sabiendo que decenas de miles habrían sobrevivido de no ser por su ineptitud.  Una rifa sin avión, un aeropuerto sin pasajeros, una vacunación sin vacunas, un pueblo a la deriva, un gobierno sin presidente…

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *