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Abuelas y abuelos relatan sus “gloriosos” ayeres

Abuelas y abuelos relatan sus “gloriosos” ayeres

Desde diferentes partes de Chiapas, el legado de tres personas adultas mayores

Lucero Natarén / Sandra de los Santos / Ana Liz Leyte

Aquínoticias

A propósito de que este 28 de agosto se celebra el día del abuelo y la abuela, te presentamos la historia de tres personas de la tercera edad, que viven en diferentes partes de Chiapas.

María Reina Palacios López tiene actualmente 65 años de edad y es originaria de una comunidad de Tonalá, desde joven ha dedicado su vida, además de ser comerciante, a la partería, labor que hizo posible traer a la vida a más de 2 mil niños y niñas en sus 40 años de labor.

Justina Roblero Santizo tiene 90 años de edad y es del municipio de Motozintla. Tiene dos hijas, seis nietos y 10 bisnietos. Pero, además, aceptó ser la madrina de medio Motozintla, tiene 200 ahijados.

Abel Pérez Hernández, es un hombre de 81 años de oficio hojalatero. Vive en Tuxtla Gutiérrez y a su edad continúa trabajando.

Doña Reina, la última de una “dinastía” de parteras

María Reina Palacios López tiene actualmente 65 años de edad, es originaria de una comunidad en el municipio de Tonalá. Ella relata que desde muy joven le gustó ser emprendedora, vendía ropa, joyas, era costurera, esto con el objetivo de sacar adelante junto a su esposo, a sus siete hijas e hijos, además, era partera, profesión que heredó de su madre.

Desde que estaba soltera, doña Reina, -como le dice mucha gente- decidió dedicar mayor parte de su vida a emprender el negocio de la ropa, sin embargo, ser partera tradicional la llevó a ganarse el cariño de miles de familias. En el 2012, fue certificada por parte de la Secretaría de Salud en esta profesión, al recibir en alumbramiento a más de 2 mil niñas y niños en sus 40 años de ejercer esta práctica. Fue en el 2015 que decidió retirarse.

Ella, acompañó a generaciones de mujeres que dieron a luz en más de 15 comunidades cercanas a su municipio. Cuenta que forma parte de una “dinastía de parteras”, siendo la tercera generación de mujeres que ejercían esta profesión. Su abuela Ramona, enseñó a su madre Julia, y ella a su vez, fue “motivada” a aprender cuando su mamá iba a dar a luz a una de sus hermanas.

“A mi mamá nunca le gustó ir al médico, por eso cuando se iba a aliviar, puso su confianza en mí y aunque dude, atendí a mi madre. Desde ese día la gente no me soltó para recibir nuevas vidas”. Incluso, doña Reina mencionó que también la hizo de madre sustituta en esa misma ocasión, ya que doña Julia no podía lactar, y como ella recién se había aliviado, le dio de comer a su hermanita.

Otra de las herencias que recibió de parte de su madre fue la medicina herborista, con la cual complementó su labor de partera y salvó vidas. En algunas ocasiones orientó a mujeres a consumir ciertas plantas para eliminar de su cuerpo los residuos de los partos, así como a controlar el sangrado que más de una padecía luego de dar a luz.  Aunque sus hijas no ejercen la partería, doña Reina tiene la esperanza que quizá alguna de sus nietas lo ejerzan y apoyen a más mujeres.

Al morir su madre Julia, doña Reina se convirtió en la única partera de su zona, incluso en estas circunstancias su objetivo nunca fue enriquecerse, sino servir. Mientras otras personas que se dedicaban a la misma profesión cobraban más de mil pesos por atender a las embarazadas, ella sólo tenía su cuota de 300 pesos para sus materiales.

“Nunca cobré en exceso, pues lo importante y gratificante para mí era recibir nuevas vidas”. Relata que, en una ocasión, tras escuchar gritos de auxilio en la madrugada y de solicitud de una partera, atendió a una joven de la que nunca supo su nombre y de donde era, ya que al concluir su labor se marchó sin siquiera decir gracias ni pagar.

Cuan grande sería su sorpresa, que tras 15 días de ese suceso una mujer con un bebé en brazos vino a dar gracias y a pagar su deuda, era la joven que atendió en aquella madrugada. De agradecimiento a doña Reina le pagó su servicio y un poco más.

En sus cuatro décadas de servicio vivió diversas situaciones, la que tiene más presente es cuando un bebé que recibió nació casi muerto, pero que lo reanimó y ahora él tiene aproximadamente 22 años, cuando la ve le dice “mamá”, pues parece estar agradecido y le guarda respeto.

Actualmente doña Reina se dedica únicamente a la venta de ropa, cuidar de sus nietos y a disfrutar de su jardín, que diariamente riega. En los primeros meses de la pandemia su ánimo y su salud se vio afectada grandemente, debido a que le era imposible salir de casa y llevar sus productos, además de que se vio enferma de sus vías respiratorias.

Sin embargo, ya se encuentra mejor y agradecida con Dios por permitirle seguir viviendo. Dice que ya no le preocupa nada, ha logrado todas sus metas y se siente plena. La motivación de tener con ella a su familia, incluido a sus nietas y nietos la ha mantenido firme y feliz.

Doña Justina, la abuela con 200 ahijados

Desde su casa, Justina Roblero Santizo puede ver los cerros verdes de Motozintla y ver cómo desaparece la neblina a lo largo del día. Se ha resistido a irse de este lugar donde ha vivido los 90 años de su vida. En este sitio crío a sus hijas, conoció al hombre con quien compartió 65 años de casada, y también donde se hizo madrina de unos 200 “chamacos”.

Doña Justina solo tuvo dos hijas. Sufrió un golpe en la cadera que le impidió seguir teniendo más descendencia, en un tiempo donde por lo menos se tenían seis hijos. Pero tanto ella como su esposo son padrinos de medio Motozintla.

“Nos buscaban mucho para padrinos de bautizo, primera comunión, confirmación, de boda, de todo éramos y lo hacíamos con gusto” cuenta doña Justina. En su casa tiene una pared con fotografías de algunos de esos momentos.

La mejor manera de decirle a alguien en México que es parte de la familia o que se le tiene un aprecio en particular es pidiéndole que sea padrino o madrina de los hijos. Justina y su esposo, Mariano Alfaro Martínez, lo sabían y por eso aceptaban honrados cuando les proponían acompañar a un niño o una niña a recibir un sacramento. Sabían bien que hay diferentes formas de acompañar a una persona en su vida sin necesidad de ser sus padres.

La mayoría de sus ahijados y ahijadas ya son personas adultas. Casi todos han migrado, otros, siguen en el municipio y hasta antes de la pandemia algunos la frecuentaban.

Ella vive con una de sus hijas que decidió mudarse para acompañarla en esta etapa de su vida. Justina tiene seis nietos y 10 bisnietos, la mayoría viven fuera de Motozintla.

Estos meses han sido duros para esta mujer que ha vivido nueve décadas. Fallecieron dos de sus hermanos y dos de sus sobrinos. Está convencida que uno de sus hermanos falleció porque cerraron el parque y él iba ahí todos los días. “Murió de tristeza” dice, porque está convencida que a esta edad la gente puede morir de melancolía.

Su hija, Sandra Alfaro, comenta que la memoria le empieza a fallar a doña Justina, pero aun así continúa bordando y costurando todos los días. Antes hacía dos vestidos diarios, ahora, se lleva más tiempo para hacer uno. Cobra 40 pesos por la hechura de una prenda, pero recuerda que antes los hacía por seis pesos.

Conversamos con doña Justina por videollamada. Ella se ha ido acostumbrando a todos los aparatos de comunicación que han ido apareciendo a lo largo de su vida desde la radio hasta el internet. La entretiene la televisión, le gustan algunos programas como el “Exatlón” y “Facundo”. A sus 90 años ha entendido que también de esto va la vida, de adaptarse, pero también de no dejar aquello que llena el corazón de alegría como ver los cerros verdes, tomar café, y no dejar el oficio que le apasiona.

Abel Pérez, a sus 81 años continúa trabajando

Don Abel Pérez Hernández, es un hombre de 81 años de oficio hojalatero.  Ha trabajado toda su vida para mantener a su esposa y siete hijos –uno con capacidades diferentes-, quienes hoy en día cuentan con una profesión, gracias al esfuerzo de toda la vida de su padre.

La mayor motivación y alegría para don Abel es ver a su familia unida, con salud y realizados, haciendo lo que más les gusta, y cuando pueden reunirse en familia.

“Lo más me causa felicidad es verlos que  terminaron sus carreras y hoy en día están trabajando, ya tienen familias, sus hijos –algunos- y otros todavía no”, afirmó.

Su negocio se encuentra ubicado en el centro de la capital chiapaneca, específicamente en el andador San Roque, espacio que ha sido su lugar de trabajo desde hace más de 20 años y en donde elabora diferentes recipientes hechos de acero inoxidable, pero su especialidad son los botes que los vendedores de helado utilizan.

“Tengo energía, ganas de trabajar y mi familia, ya todos son casados, sólo mi hijo que está en la casa, somos tres que tengo que verlos, mantenerlos”.

Lo que más preocupa a don Abel en la actualidad, es no tener salud para seguir viendo a sus seres queridos, pero le preocupa más la idea de ver a algún miembro de su familia enfermo, sin embargo, sus hijos han tratado de que tanto él como su esposa, se mantengan en casa para salvaguardar su salud, pues, aunque su trabajo es su distracción y fuente de ingresos, sus hijos lo apoyan para que cuenten con lo que él, su mamá y el hermano menor necesitan.

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