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Alfredo Ramos Martínez, artífice de las Escuelas de Pintura al Aire Libre

Alfredo Ramos Martínez, artífice de las Escuelas de Pintura al Aire Libre

Al regresar a México, fue nombrado subdirector de la Escuela Nacional de Bellas Artes (enba) y después director, con lo que logró fundar la primera clase de paisaje al aire libre

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El Museo Nacional de Arte resguarda diversas obras del artista, como Retrato de dama (1900), acuarela sobre cartón de su periodo en Europa;  Paisaje con niña y hortensias (1916), pieza de gran formato al pastel –técnica predilecta del artista– donde retoma algunos de los principios impresionistas, como el uso de una paleta clara y luminosa; y Dolores del Río a los 11 años de edad (1916), donde el pintor le confiere un aspecto etéreo a su protagonista, en una postura de tres cuartos de perfil, al envolverla en un fondo de color plano y neutro.

Ramos Martínez permaneció en Europa hasta 1909, y en 1911, al regresar a México, fue nombrado subdirector de la Escuela Nacional de Bellas Artes (enba) y después director, con lo que logró fundar la primera clase de paisaje al aire libre, en una casa de Santa Anita, Iztapalapa.

En 1920 fue llamado nuevamente para dirigir la enba. En esta segunda oportunidad se dedicó a la expansión de las Escuelas de Pintura al Aire Libre, labor que le hizo ganarse el título de “padre del arte moderno”.

 Invitó como maestros de estas escuelas a Rufino Tamayo, Jean Charlot, Francisco Díaz de León y Fernando Leal, estos dos últimos alumnos antes que docentes. Asimismo, en ellas se formaron artistas como Ramón Cano Manilla, Gabriel Fernández Ledesma, Ramón Alva de la Canal, entre otros.

Originario de Monterrey, Nuevo León, Ramos Martínez nació el 12 de noviembre de 1871, y desde niño incursionó en el arte. A los 14 años obtuvo una beca para estudiar en la Academia de Bellas Artes, lo que le permitió mudarse a la capital del país.

A finales del siglo XIX, el artista viajó a Europa, donde se insertó en la vida bohemia de París y fue atraído por los círculos de jóvenes intelectuales latinoamericanos que ahí residían, entre ellos el nicaragüense Rubén Darío y el mexicano Amado Nervo. También conoció a Pablo Picasso, Claude Monet, Henri Matisse, Joaquín Sorolla y Auguste Rodin.

Durante su estancia, exploró las temáticas del paisaje, así como los retratos de madres e hijos, en una reinterpretación de la tradicional imagen de la Madonna y el niño; también incursionó en temas eróticos y mitológicos que evocaban la pintura dieciochesca. En 1905, participó en el Salón de Otoño y ganó una medalla de oro por Le Printemps (La primavera), un paisaje de mujeres en rito primaveral.

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