Carta para la democracia / Eduardo Torres Alonso

Vivir en una comunidad de iguales, justa y libre, en donde los encuentros con las vecinas y los conocidos sean gratos y haya trato afable, y todos –como un solo cuerpo– participemos en la elección de las autoridades, es lo que busca la democracia: una sociedad armoniosa y con acuerdos en lo fundamental.

La región latinoamericana no ha logrado concretar esos objetivos que, más bien, parecen utopías. Las desigualdades existentes y los tiranos que se han asentado en los territorios continentales e insulares han dificultado el tránsito hacia un subcontinente integrado. Ciertamente, el contexto de los países de América Latina, con violencia, pobreza y desorden armado en diferentes escalas, coloca a la democracia como un asunto no prioritario. La situación se dificulta cuando los dirigentes piensan que sin democracia se pueden solucionar los problemas.

Las ansias de autoritarismo están presentes, a pesar de que las botas militares han desaparecido, al menos, formalmente de la región. Ya no se habla de juntas militares y los presidentes no usan tocados o guerreras. Ahora, el discurso emitido desde el poder busca concentrar más facultades en una persona y fortalecer a un partido político como el medio idóneo para responder a las necesidades colectivas. Esto no sólo engaña a la población, sino que la envilece.

Procurar la democracia es una tarea permanente de todas y de todos. Más cuando en la región existen intentos abiertos por sustituirla y se han cancelados los medios de diálogo con la oposición. Muestra de ello son Nicaragua y su presidente sandinista, El Salvador y su dictador millenial, o Brasil con su presidente derechista, y Estados Unidos, en el pasado cercado, con un hombre que desprecia la pluralidad.

La democracia es un compromiso. Por eso, hace veinte años todos los gobiernos del hemisferio asumieron la obligación de establecer y fortalecer un diseño institucional democrático que respete las libertades y los derechos de la población. La Carta Democrática Interamericana, firmada por los países miembros de la Organización de Estados Americanos, reconoce que sólo la democracia es el régimen legítimo en este territorio. Una clara división de poderes y el imperio de la ley ayudan a que la democracia se asiente. En la actualidad hay un consenso: la única forma de llegar al poder de manera legítima es por medio de elecciones competitivas y transparentes. Esta Carta brinda una brújula sobre lo que este régimen es. Recurrir a ella y denunciar las desviaciones de los gobiernos viene a ser un compromiso ético.

En el continente se cuestiona si las instituciones de la democracia son robustas. Para ello, hay que hacer un examen nacional. Algunos países, como los mencionados antes, enfrentan serios problemas con sus liderazgos que, en la práctica, han rechazado las reglas de la democracia, aunque siguen hablando en nombre de ella. La máscara del demócrata esconde, en realidad, al autócrata.

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