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Cinco relatos que nacieron durante la cuarentena

Cinco relatos que nacieron durante la cuarentena

El escribir también es una forma de terapia

Sandra de los Santos / Aquínoticias

Desde que empecé en el ejercicio periodístico me he negado a hacer ficción, pero gracias a un ejercicio en un taller de activación de lectura en el aula me animé a hacer un texto de este tipo. El resultado es el primer texto que leerán en esta entrega.

El resto de los relatos son anécdotas que me han contado o he vivido y que con el ánimo de contar de otros temas durante la cuarentena he compartido en mis redes sociales desde que empezó el confinamiento. Espero y les aligere un poco el día y por un momento veamos que otras historias pueden ser contadas en los momentos difíciles.

UNO

Foto: Lucero Natarén

Conocer el mar siempre había sido su sueño, pero Lorena, quien vivía en la parte más alta del cerro del loro en el municipio de Villaflores lo veía imposible. Había nacido sin piernas en un lugar en donde las personas tenían las extremidades más largas del mundo.

Las piernas de quienes habitaban allí llegaban a medir entre 3 y 4 metros. Los hermanos de Lorena que aún eran pequeños apenas alcanzaban los dos metros, pero ella, simplemente no tenía.

Su padre le aseguró que el día que cumpliera 10 años la llevaría al mar de regalo. Rentaría una lancha, especialmente, para llevarla hasta el lugar en donde se cruzan el mar muerto y el vivo porque ahí no es necesario tener piernas para poder andar, el mar es tan, pero tan bajito que cualquiera puede estar sin ahogarse.

El día de su cumpleaños, Lorena se alistó para irse con su padre. Toda su familia la despidió y le deseó suerte en su viaje. Pero, de repente empezó a sentir un miedo inmenso de que ese lugar no existiera, que no fuera cierto que ella pudiera pararse en ese sitio y poder estar en el mar sin ahogarse y que solo hubiera sido una mentira piadosa de su familia. Aun así decidió ir.

Disfruto todo el recorrido en lancha. Llegó a pensar que si no era posible que ella pudiera estar en medio del mar no importaba porque todo lo que había visto era hermoso, pasaron por un camino lleno de manglares, la tarde era bella. Llegaron al punto en donde el mar muerto y el mar vivo se cruzan. Tanto su padre como el lanchero le dijeron que era seguro que bajara, pero ella miraba hacia abajo y tenía la claridad que no había fondo, pero decidió no pensarlo mucho, se bajó, sintió el olor del agua salada y de repente ahí estaba en medio del mar sin ahogarse, empezó a escuchar el motor de la lancha, volteó a ver y vio que su papá se despedía de ella y alcanzó a escuchar como le decía: “Ahí te crecerán las piernas”. Ella era una sirena.

DOS

Vine a vivir a Tuxtla Gutiérrez cuando tenía 5 años – hace ya casi 30 años. El primer lugar donde viví estaba en la colonia Plan de Ayala, una vecina a quien le llamábamos “Tía Chela” tenía una cocina hermosa, que recuerdo como si ayer mismo hubiera estado allí.
Su cocina era amplia, con un fogón en una esquina, de piso de tierra y techo de teja. Siempre olía a tierra húmeda y humo. Ella acostumbraba a llevarme a su cocina mientras mi mamá iba a trabajar. Se ponía hacer tortillas y me daba a mí un poco de masa para que hiciera lo mismo, yo me tomaba muy en serio mi trabajo, y para “tía Chela” también no era cosa menor mi aprendizaje. Me ayudaba a adelgazar las tortillas, que me quedaban como memelas, y me ayudaba a colocarlas en el comal. Me subía a un banquito para que yo misma hiciera el procedimiento. Cuando mi mamá llegaba a traerme, “tía Chela” me daba las tortillas que supuestamente había hecho y me sabían a gloria.
No solo hacía tortillas, también hacía unos tamales deliciosos, los más sabrosos que he probado en mi vida –les ponía huevo, plátanos, pasas, pasitas, era un kit completo de sabores-.
El mayor festín en esa cocina era los días antes del día de muertos, en ese fogón se cocinaban un montón de dulces y los deliciosos tamales.
Yo venía de Cintalapa, en donde el día de muertos, a las y los niños nos hacían rezar a cambio de una lima, si bien nos iba, pero el primer año que la pasé en Tuxtla fue tan memorable como cuando al coronel Aureliano Buendía su padre lo llevo a conocer el hielo –bueno…estoy exagerando un poquito-.
“Tía Chela” mientras hacía ese montón de dulces que regalaba por la noche me contó cómo era el festejo, antes de verlo con mis propios ojos, lo que me contaba me parecía imaginable. Vi que en Tuxtla la gente se disfrazaba, bailaba, comía a placer, se reía a carcajadas.
Nunca aprendí hacer tortillas y tampoco tamales, pero en esa cocina supe de la hermandad que se puede tejer entre vecinas, cómo una mujer le extiende la mano a otra mujer para cuidar a sus hijas, aprendí que siempre es mejor recibir a los muertos sonriendo, aprendí cuando los alimentos que nos llevamos a la boca son fruto de nuestro esfuerzo saben deliciosos.

TRES

Se negó a cancelar su boda porque ya todo estaba dispuesto para que ese día fuera el de su casamiento. Todo lo había hecho bien. Se negó a que Abelardo la sacará huyendo de su casa cuando entre los dos hicieron cuentas de todo lo que tenían que gastar para la boda. También se había aguantado las ganas de terminar de desnudarse cuando él la llevaba a dar vueltas en el carro de su primo por las calles de Cintalapa. En nada había fallado así que saldría de su casa como Dios manda: vestida de blanco, la marimba y acompañada de sus invitados.
Dos días antes había empezado el mal presagio cuando llegó la gente a ayudar con los preparativos. Ese día empezó una lluvia de ceniza que desconcertó a todos. No sabían de qué se trataba. Las deducciones menos apocalípticas pensaban que un gran incendio se estaba dando cerca. En la tarde todo el pueblo se enteró que el Volcán Chichonal había hecho erupción. Para la población de Cintalapa era difícil de pensar que las cenizas pudieran viajar tanto, pero llegaron hasta Japón, aunque allá nunca amenazaron con arruinar la boda de nadie.
Aunque los noticiarios aseguraban que esa ceniza que caía como nieve del cielo no hacía daño, la gente decidió no salir el sábado 03 de abril de 1982.
La novia salió de su casa vestida de blanco solo acompañada de sus padrinos. No hubo marimba porque hasta los músicos se negaron a llegar. La gente se asomaba solo por la ventana para verla pasar. Lo que veían era una escena triste porque la muchacha no paraba de llorar, parecía que iba a un funeral y no a su propia boda, que había tardado en organizar casi dos años.
Ella se arrepentía de no haber aceptado huir cuando Abelardo se lo propuso y así haberse ahorrado todo ese dinero en una fiesta a la que nadie asistiría; también lloraba porque de nada había servido aguantarse tanto las ganas de estar antes con su novio. Lloraba porque su maquillaje y su vestido se estropeaban entre las lágrimas y las cenizas.
En Cintalapa, la gente lo que recuerda de la erupción del Volcán Chichonal no son los 2 mil muertos que dejó en unos días, tampoco los miles de desplazados, lo que guardaron en su memoria es esa fiesta que no se celebró y la imagen de una muchacha llorando por las calles vestida de novia debajo de una lluvia de cenizas.

CUATRO

Mi mamá tiene una aberración por los libros que sobra decir que es injustificada, y para su colmo sus tres hijas salieron lectoras asiduas.

Hace como unos 15 años me agarró una tos horrible, que si la tuviera en estos tiempos ya hubiera hecho huir a toda mi cuadra (toco madera). Me costo mucho curarme. En ese entonces leía el libro de Pancho Villa de Paco Ignacio Taibo II, un libro bastante robusto que cargaba a donde sea, al grado que tenía su propia bolsa. Mi madre tenía la teoría que no me curaba porque era mi pretexto para seguir leyendo y que además ese libro de seguro expedía unos polvos maléficos que me hacían toser de esa forma.

En una ocasión desesperada porque no sanaba y era incapaz de dejar ese libro producto de todos mis males (según mi mamá) me contó una historia, que es probable que al igual que a mí en aquel momento les suene conocida.

Me dijo que tenía un tío que era un lector asiduo (desde ahí empezó haber fallas en su historia, porque tengo la certeza que ninguno de mis tíos abuelos son ni siquiera lectores promedio. Son hombres inteligentes y brillantes que crecieron en el campo, todo lo que saben lo aprendieron -dijera la canción- “contando costales”). La dejé proseguir porque eso de que mi mamá me dijera que tenía un tío lector lograba tener no solo mi curiosidad, sino toda mi atención. Me dijo que ese tío leía tanto que enloqueció y un día sin más se les desapareció y se fue porque se creía uno de los personajes de los libros que leía. Le pregunté si su tío de casualidad no se llamaba Don Quijote de la Mancha y junto con él no se había ido un vecino de allá de Cintalapa chaparrito y panzón. Mi mamá sospechando que mi comentario traía giribilla se limitó a decirme lo que siempre me dice cuando no le creo: “todavía vive mi madre que no me va dejar mentir. Pregúntale”. Nunca le he preguntado a mi abuela porque temo enterarme que mi madre es la reencarnación de Antonia Quijana (la sobrina del Quijote de la Mancha) y que después de tantas vidas todavía recuerda a su tío.

 CINCO

A mis abuelos maternos siempre les ha gustado bailar. Los dos cuando empezaba una pieza se paraban y no se iban a sentar hasta que terminaba la tanda. Si en algo se entendían ellos era en la pista de baile cuando de fondo estaba la marimba. Nunca supe cómo le hacían para saber que había que cambiar de ritmo. En una ocasión nos enseñaron a bailar “Ferrocarril de los Altos”. Ambos nos decían “sigan la música” como que si eso bastara para que dos personas que nacieron con dos pies izquierdo pudieran igualarlos en la pista, pero en un momento se hizo el milagro, le agarramos la lógica a la pieza (él más que yo) y terminamos bailando. Es la única pieza que puedo bailar.

Mi abuelo antes de fallecer pasó largas temporadas en el hospital militar de la Ciudad de México en una de esas me tocó irlo a cuidar. Cuando llegué saludé a mi abuelo, me respondió con una sonrisa media forzada, bastante fastidiado. Yo me apuré a darle lo que le traía, saqué de la bolsa de mi pantalón un reproductor de música y se lo encendí. Era una carpeta llena de música de marimba. Su semblante cambió por completo, sonrío. No como lo hizo conmigo de manera forzada y fastidiada, sino esta vez con el corazón contento, empezó a mover los dedos siguiendo el ritmo de la melodía. Cuando llegó la enfermera la hizo escuchar la música de su tierra y después me hizo a mí ir a ponerles música a algunos de sus amiguitos del pabellón y sus familiares. Ese día no se habló más que de música en ese lugar. La vibra era otra.

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