Cdigo Nucú / Cesar Trujillo

Otra realidad

Con la voz cansada, bajo los más de 38 grados que han azotado esta ciudad, doña Margarita, doña Antonia y doña Carmela pasan casa por casa en el norte poniente de Tuxtla Gutiérrez vendiendo sus productos. Recorren colonias y barrios. Vienen desde La Pomarrosa, Suchiapa y Albania Alta, respectivamente, en busca del pan para sus hijos y nietos. No hay tregua para ellas en esta pandemia. No hay cómo quedarse en casa.
Con un pedazo de tela se cubren parte del rostro. Con otro trapo se limpian el sudor de la frente y se secan las manos que se lavan antes de entregar lo que venden. Es el único escudo que pueden portar, y con el que avanzan anunciando en voz alta lo que traen bajo la esperanza de que la empatía alcance a algunos y las ayuden.
Pocas casas les abren las puertas y las atienden como antes. Algunos les brindan un vaso con agua y una breve charla, antes de seguir la ruta; otros, desde dentro, sin abrir las puertas o ventanas, agradecen la oferta.
En diferentes días y a diferentes horas, bajo las lenguas furiosas del sol, caminan con sus más de 50 años y el paso aletargado buscando vender algo que les permita llevar sustento a sus hogares. Viven solas, con sus hijos que trabajan en el campo o sus nietos. Eligieron esa ruta antes de seguir soportando los malos tratos de sus parejas.
Ellas no son parte del privilegio de quedarse en casa, repito. Son quienes deben salir con el Jesús en la boca, con la encomienda del Creador para que las cuide en su camino y no se contagien. Son la otra realidad, la de la responsabilidad que pesa sobre sus hombros, la de la lucha diaria que nos rompe la voz a quienes tenemos la fortuna de tenerlo todo.
«Las ventas han bajado bastante», me cuentan. Pese a ello, a ninguna se le ha borrado la sonrisa. «Dios aprieta pero no ahorca, joven, siempre es así», repiten con una fe que ya quisiera yo tener. Y bromean con el tema de la pandemia, aunque en el fondo se les nota la angustia, el temor por este panorama que vemos.
Hace unas semanas les ofrecieron un crédito del gobierno federal. A la palabra, les dijeron. «Son como 25 mil pesos y es para pagar en tres años», me han dicho cuando se detienen afuera de la casa, bajo la sombra de la flor de mayo que sembramos hace tres años con tío Migue, y me preguntan si creo que es verdad, si no es una broma de mal gusto, si no se trata de esas extorsiones que anuncian en la tele.
Es cierto, les respondo. Deben llamarlas por teléfono conforme al padrón del censo de Bienestar. Sonríen. Tienen algunas dudas y miedo. Ya las han timado en años anteriores: les han prometido tanto que están acostumbradas a que nada pase, pienso.
A dos de ellas les hablaron por teléfono y es probable que esa ayuda les llegue. Doña Antonia sonríe y cuando le pregunto del tema me cuenta que no usa celular ni tiene cómo la localicen. «Ahora que no bajen ni las combis, allá en Suchiapa me voy a quedar. Lo bueno es que tengo harta pepita de calabaza y maíz para hacer tortillas. Mis muchachos (sus nietos) no tienen trabajo porque quitaron a los que llenaban bolsas en el súper y ahí salía un poquito más».
Cuenta que su hija se fue a buscar mejor suerte a Cancún. En un inicio le mandaba algo de dinero, luego sólo una carta donde avisaba que se iba a los Estados Unidos y la promesa de comunicarse y enviarle dólares en cuanto estuviese establecida. De eso ya hace dos años.
Como ella, miles de chiapanecos se encuentran en la indefensión. Hombres y mujeres que esperan que esta pandemia pase pronto, que sea tan sólo un mal sueño, un mal augurio del tiempo y todo retorne a la normalidad.
Hace apenas unos días, con la voz entrecortada, me cuenta doña Antonia, un vecino le preguntaba por teléfono si tenía trabajo para él vendiendo pepita. «Lo mandé traer y le di un kilo de pepita molida y un bonche de tortillas», me dice mientras acomoda todo en la cubeta. «Para todos da Dios. Esto va a pasar», me dice antes de partir.
No sé qué decir y siento un nudo en la garganta. Sólo quienes hemos vivido la pobreza, quienes sabemos qué es pasar hambre, supongo, podemos desprendernos de algo aún en tiempos difíciles. Ojalá, como ella dice, esto pase pronto.

Manjar

Dice el escritor Ignacio Solares, en su novela La noche de Ángeles, que lo que siempre pesó al general Felipe Ángeles fue no haber protegido a Francisco I. Madero de sí mismo. Que la admiración que le profesaba a Madero lo obnubiló, le cegó la realidad y no pudo ser insistente para evitar la Decena Trágica del 9 de febrero de 1913, confeccionada desde la entraña traidora del general Huerta. Y pienso en qué tan difícil debe ser protegerse de uno mismo, qué tan complejo debe ser poder desenmarañar el pensamiento que nos aplasta y nos aprisiona. Pienso en qué tanto pensaba Ángeles mientras se quedó encerrado antes de que ejecutaran al presidente Madero, antes ser exiliado a Francia y retornar con las fuerzas de Pancho Villa. Conocer la historia permite ver cómo hay cosas que parecen repetirse, ciclos, palabras, frases, conductas, que resurgen aún en estos tiempos. Curioso, simplemente curioso. #HistoriasdeCuarentena «Es una noche encendida con lámparas de petróleo; / la luz se ha ido —la del sol, la de los cables—. / Riñe con furia la lluvia contra el techo, agua en láminas / vencidas por el tableteo de las metrallas. / Café de tortillas quemadas, negras hasta el carbón, / coladas con un trapo de manta. / No hay más que tortillas para saciar el hambre, / frijoles hervidos con leña. / El fuego ilumina rostros, calienta sombras. / Tiritan los migrantes con tazas en la mano, / pequeñas hogueras de agua, velas de azúcar / para el camino. / Hablan poco, llevan los ojos a la tierra, / a sus grietas, y la ceniza escarcha / los pies con su nieve de maderas calcinadas. / Trepida el tren la tierra con sus pasos; / brama profundo, hace morir los restos del sol. / Dos nicas abren las pupilas como salvajes gatos: / «mañana subiremos a La Bestia, mañana». / Sin embargo, se levantan». Balam Rodrigo. #ElPoema // La recomendación de hoy: el libro Yo maté a Adolf Hitler de Jason y el disco Love Is for Suckers de Twisted Sister. // Recuerde no comprar mascotas, mejor adopte. // Si no tiene nada mejor qué hacer, póngase a leer.

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