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Corrupción y crispación / Juan José Rodríguez Prats

Corrupción y crispación / Juan José Rodríguez Prats

¿Quieres saber quién eres? Intenta cumplir tu deber. Goethe

Inicié mi vida política gritando “la imaginación al poder”. Hoy grito “la memoria al poder”. Me explico. El fin primigenio del Estado es hacer justicia, la conmutativa y la distributiva. Para ello tiene que alcanzarse cierto grado de seguridad. Ahí está el binomio que conforma el Estado de derecho.

Nuestra historia es un frustrante relato de intentos fallidos para hacer cumplir la ley, específicamente cuando se trata de corrupción en su más lato sentido. Desde luego, es un problema cultural. No porque sea connatural al mexicano, sino porque corresponde a principios, actitudes, conductas, instituciones y carácter de todo un pueblo. Tan es así, que se puede clasificar a las naciones por el grado de honestidad con que se conducen.

Corrupción es descomposición, alejamiento de los fines sociales, deterioro de la convivencia, predominio del individualismo sobre el interés social. Exige, para su disminución, de una política multifuncional para atacarla en todos sus aspectos. Hannah Arendt decía que el hombre es independiente, pero no soberano. Esto es, tiene albedrío, pero vive en sociedad y, por tanto, está altamente conformado por su entorno social. El tema ha sido y continuará siendo estudiado.

Instrumentar una política de saneamiento de nuestras instituciones implica un ambiente de mesura, sensatez, equilibrio, del cual hemos sido ajenos. Los casos que hemos conocido se han dado en medio de la crispación, el espectáculo mediático, con fuertes tufos de venganza o para cubrir las apariencias. Al final, desde hace varias décadas, ha sido lo mismo, un acentuamiento de la desmoralización colectiva.

El gobierno de Miguel de la Madrid inició con una cacareada promesa de renovación moral que motivó una inmensa reforma jurídica y la creación de la Contraloría General de la Federación que nació con una falla elemental: su dependencia del Poder Ejecutivo al que debe vigilar. Esta subordinación, evidentemente, la hace inoperable. Hoy, con una titular cuyo nombramiento solo puedo calificar como una broma de mal gusto, nadie puede confiar en sus decisiones, seguramente consultadas previamente con su jefe.

En todas las democracias, esta tarea se le encomienda al Poder Legislativo como corresponde a la teoría de la división de poderes. En nuestro caso, la Auditoría Superior de la Federación, cuyo titular es un profesional acreditado por una larga trayectoria, debe ser la autoridad para cumplir esas funciones. Desafortunadamente, muchas de las observaciones de insolvencias de esta institución reciben el desdén y el olvido. En el sexenio pasado se hizo un esfuerzo en el que se involucraron muchos expertos y organismos de la sociedad civil. Sus aportaciones, muchas de ellas valiosas, han sido ignoradas por el gobierno actual.

Lo he dicho en varias ocasiones. El sexenio mejor librado en el manejo de recursos públicos fue el de Adolfo Ruiz Cortines. La Revolución mexicana engendró una enorme corrupción: Venustiano Carranza (“carrancear” significa robar); Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles fueron exitosos empresarios en colusión con el gobierno; Abelardo Rodríguez fue propietario de casinos. Para designar sucesor, en el ánimo de Miguel Alemán prevaleció el reconocimiento de la bien ganada fama de su gobierno corrupto. Sabía que don Adolfo enderezaría el rumbo.

Abrigo el temor de que este tema terminará en lo mismo de siempre. Algo refleja el caso Lozoya que nos da la magnitud de su gravedad. Tal parece que el principal actor es más importante como soplón que como indiciado en un proceso penal; es más importante lo que diga que sus malversaciones de fondos de la nación.

Recuperar el prestigio y la dignidad de la profesión política es tarea de ciudadanos. Si esto no se entiende, la solución de problemas que a todos atañe seguirá quedando en manos sucias.

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