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Cotidianidades… / Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades… / Luis Antonio Rincón García

Los sueños, cuando son intensos, suelen generarnos angustias, miedos u otras emociones placenteras, aunque al mismo tiempo son capaces de provocarnos tales sobresaltos, que no somos pocos los que hemos despertado golpeando el colchón porque, mientras dormíamos, soñamos que íbamos cayendo.
Hay algunos sueños traviesos —o quizá angustiantes— en los que, por ejemplo, sueñas que buscan un baño porque el cuerpo así lo exige. De pronto ya no aguantas más y sientes un huracán Patricia en la vejiga, hasta que por fin encuentras dónde desahogar tus penas. ¡Pero es pura fantasía!, y justo cuando estás a punto de entrar al placer sublime de comenzar a vaciarte, notas que todo es falso, así que despiertas como puedes, te levantas atolondrado y ansioso por encontrar un baño de verdad, donde —con el alma en su lugar y sintiendo cómo se relaja el cuerpo— agradeces la suerte bendita de no haber mojado la cama.
De acuerdo a la tradición tsotsil, un sueño no es sino la continuación de la vida en vigilia. No están separados ni corresponden a dos momentos distintos entre sí, sino que están intercomunicados a tal grado, que a partir de lo que ocurre en el mundo de los sueños se toman decisiones cuando se está despierto y no compartir lo soñado puede implicar grandes riesgos.
Es por eso que si una persona fallece, por ejemplo, en algún accidente automovilístico, los familiares y amigos cercanos suelen preguntarse si no había soñado algún aviso de su muerte y por orgulloso u olvidadizo no lo contó, con las tristes consecuencias para el accidentado.
Lo pongo como ejemplo porque algo de esa tradición maya hemos heredado en mi familia y también la veo en amistades cercanas, que te dicen lo mismo nomás que “al revés volteado”: Si lo que soñaste fue bonito, no lo cuentes porque nunca se cumplirá.
Recuerdo que cuando era niño en los alrededores de la casa había muchos terrenos baldíos, quizá por eso era típico que en la temporada de lluvias entraran algunas serpientes a la casa y que mis padres se encargaban de expulsar. Tal vez no habría pasado a más, si no es porque escuché decir a un vecino salado:
—Esas culebras son las que podemos ver, pero las peligrosas son las que entran cuando ya está oscuro. Uno tan tranquilo que anda y capaz cualquier noche te muerde una de esas.
Nombre, en las noches apenas podía dormir, porque soñaba a decenas de serpientes deslizándose hacia mi cuarto y, en cuanto despertaba, creía verlas en los cordones de mis zapatos, en el lazo del cortinero y hasta en los dibujos del papel tapiz. Claro que de ningún modo un niño con el valor que yo tenía, iba a dejarse amedrentar por esos temores falsos, y sin que me temblara el ánimo, ¡se los juro!, resolvía pronto el asunto: despertaba a mi hermanito para que él fuera a encender la luz y así pudiera yo comprobar que no corríamos riesgo alguno.
A partir de experiencias como esas, fue que durante muchos años mantuve la convicción de que los sueños suelen ser un reflejo o una proyección de nuestra vida de despiertos, nomás que aderezados con temores y deseos que a veces no nos atrevemos a encarar en la vigilia, por eso emergen mientras dormimos.
Sin embargo, hay sueños que de pronto nos asaltan sin previo aviso, sin que encontremos alguna acción o momento que lo haya provocado (o invocado) y que nos dejan preguntas o nostalgias que nos lleva un rato superar.
El fin de semana pasado soñé a mi abuelito Jorge. Él falleció hace más de una década mientras yo vivía en Argentina. En su momento no me atreví a despedirme de él, aunque llegué a visitarlo con ese fin. Lo vi tan débil y en tanto mi viaje duraría al menos un par de años, no me alcanzó el ánimo para decirle adiós, pues los dos sabríamos que se trataría de un adiós definitivo.
De acuerdo a mi sueño estábamos en su velorio, sólo que él se encontraba ahí como un doliente más. Traía camisa blanca son ribetes celestes, pantalón gris y lentes, sonreía y contaba emocionado cómo él fue de los primeros hombres del siglo pasado en atravesar las carreteras más difíciles de Chiapas.
Realmente estaba contento y si detenía su charla, era para pedirle a mi abuelita que no estuviera triste, porque de cualquier manera ya estaban juntos.
En algún momento comprendí que estaba por despertar. Así que lo interrumpí para decirle que verlo me emocionaba en extremo y que escucharlo contar sus historias era una caricia para mi alma.
Él sonrió con la cabeza un poco baja para ocultar que se había sonrojado. Entonces desperté, porque el querubín me acarició el cabello para decirme que quería desayunar y no tenía tiempo para esperar a los adultos dormilones.
Era domingo y desayunamos despacio. Mi esposa y el niño disfrutando la tranquilidad de no tener que salir corriendo a la escuela o al trabajo; yo sumergido en mis recuerdos, en mis sueños y en algunas creencias que creí olvidadas, como las que hablan de puentes que se abren en estas fechas y que supuestamente permiten, a los que ya se fueron, visitar a los que seguimos vivos. Y, al menos en esos instantes, deseas que sean ciertas. Hasta la próxima.

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