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De allá donde soy / Alberto Arriaga López

De allá donde soy / Alberto Arriaga López

De niño me gustaba soñar despierto, estaba convencido de que todos los niños de mi edad acostumbraban a hacerlo. El pueblo donde nací inspira a soñar a chicos y grandes, es una hermosa villa ubicada entre el Suchiate y el Cahoacán, vigilado día y noche por un gran coloso, el volcán Tacaná. Todas las tardes después de la escuela, existía un lugar mágico para mí, el patio de la abuela. Un enorme patio lleno de árboles y frutas caídas por doquier, donde solían correr Nicky y Durazo, dos pequeños perritos de los que apenas tengo memoria. En los meses de agosto y septiembre, cuando más fuerte azotan las lluvias, el color verde del musgo y el olor a tierra mojada eran mi mayor inspiración. Me gustaba soñar con salvar al mundo como en la serie del “Capitán Planeta”, o convertirme en superhéroe como en las series de los “Thundercats” y los “Halcones Galácticos”. El paso del tiempo me enseñó que las circunstancias de la vida no son comics ni series de televisión, sin embargo, el destino me llevó por un camino apasionante llamado Medicina, donde he tenido el privilegio de salvar y traer vidas al mundo.

Crecí en el viejo barrio Santiago, uno de los cuatro barrios de allá donde soy, recuerdo la calle empedrada frente a la casa de mis abuelos. Recuerdo con mucho cariño a mis antiguos vecinos; Betito, me llamaban los mayores. En aquel empedrado jugábamos al futbol con los demás niños de la cuadra, también a los encantados, al juego de los listones, a la bola quemada o a las escondidas, era toda una adrenalina esconderse entre patio y patio, lo cual era fácil pues no existían muros de concreto entre uno y otro, eran trancas de madera o alambre de púas, ninguno de los dos nos detenía. Otras tardes preferíamos solo sentarnos en los troncos del otro lado de la calle. Muchas veces desde ahí, añoré ver mi calle pavimentada, con el paso de los años ese anhelo se cumplió.

Si te diriges hacia el sur, está la zona del antiguo aserradero y de la Chácara, una finca cafetalera en desuso desde el siglo XIX, tras caminar entre bejucos y cacaotales se llega a las corrientes del río Izapa, durante ese recorrido te topas con casas construidas de adobe o de caña, y personas de la localidad lavando ropa en el río. Recuerdo aquellas grandes pozas del Izapa donde muchas veces fui a nadar incluso sin permiso de mis papás.

De allá donde soy, un día tuve que salir en búsqueda de superación, así como varios hijos del pueblo. La suerte de mis paisanos no ha sido la misma, algunos tuvieron que cruzar el río Bravo y viven del otro lado desde hace muchos años, algunos en regla y otros como ilegales, así son las jugadas del destino. En la región no hay muchas opciones, así que otros tuvimos que dejarlo todo por seguir estudiando, con la esperanza de un día regresar con una maleta cargada de pericias y experiencias, con la seguridad de que tu gente estará orgullosa de ti. A los 17 años partí a la capital de mi estado, empaqué mis sueños y todas mis esperanzas. Tras varios años de estudio, teniendo que salir del estado o del país, aún sigo lejos de la tierra que me vio nacer. Extraño mucho su riqueza, su gastronomía, la feria del pueblo, conversar con gente mayor, gente sabia.

Mi pueblo se compone de solo siete avenidas principales; Zaragoza, Obregón, Guerrero la calle donde viví de niño, Juárez, Díaz, Aldama y Farías, vertientes de los barrios San Miguel, Santa Bárbara, San Juan y Santiago, el barrio más humilde. Realidad o no, hay quienes aseguran que las siete avenidas se pueden distinguir de noche desde el Tacaná y así es más fácil ubicar al pueblo una vez escalado el volcán. Hoy en día y aunque a paso lento, la cabecera se ha extendido en calles, avenidas y nuevas colonias. Extraño el parque central y la arquitectura colonial a su alrededor. Un lugar donde te puedes sentar y saludar al que pase, porque de allá donde soy, todos nos conocemos. Esto siempre ha sido una buena herramienta para ubicar direcciones; las Meléndez, los Alegría, los Armento, la cuadra de los López. O también, allá por el desvío, por el rastro, por el estadio San Miguel, pocos lo saben, pero en ese campo hace muchos años, un joven antes de ser famoso llegó a disputar un partido de futbol, era un peculiar adolescente llamado Cuauhtémoc Blanco, mi abuelo me contó esa anécdota y existe una foto en un álbum o baúl de recuerdos de algún un paisano. Otra manera muy particular es que te ubican como el hijo o la hija de fulano. Yo, por ejemplo, soy el hijo de la profesora Rosy, de la familia de la Lopada.

De donde yo vengo, todo se extraña, hogar, vecinos y amigos. Se extraña salir por una fruta con chile de Doña Natalia, señora tan linda y con un ángel que cautiva a cualquiera, estoy seguro que su puesto de frutas es el más famoso de la zona. Salir por un tamal especial de Doña Petra, ¡Vaya que son ricos! y muy famosos a nivel mundial. Encontrarte en la calle a Don René y comprarle una nieve de limón o de zapote, desde que tengo memoria este señorón ha sido el nevero oficial en fiestas y reuniones, por eso a mis hijos siempre les cuento que en el pueblo tenemos al “hombre de las nieves”. También toparte con un rico elote hervido con Doña Tomasita, mujer trabajadora y muy conocida por todos. Se extraña la feria patronal, el imponente templo de Santa María de Candelaria, la rosquilla y el chucho seco, el nance curtido y los juegos mecánicos. Las carreras de San Pedro, la guerra de dulces, los negritos y la chirimía, gran tradición milenaria. La iglesia de San Miguel Arcángel y su feria. También se extraña escuchar el reloj del palacio municipal, el kiosko, las noches lluviosas que arrullan el sueño al chocar con el techo de lámina. En mi pueblo llueve y llueve con ganas, las calles se llenan de agua, pero esas tardes de lluvia te incitan a salir en chanclas bajo un paraguas o un impermeable por una deliciosa bolsa de pan del “Chiman” y acompañarlo de un rico chocolate de Doña Chepi o de Don Toño, reconocidos internacionalmente. Extraño a mi abuelo y sus historias, extraño a mis primos y las interminables pláticas en la banqueta, las leyendas del “Canshape”, la historia de las “Pedradas” y las crónicas pueblerinas. Y extraño por supuesto toparme por las calles a nuestra famosísima Micaela.

Estoy orgulloso de mis raíces, la villa más antigua del Soconusco, cuna del imperio maya Izapa y origen olmeca maya. Un pueblo alegre donde he pasado los mejores años de mi vida, a donde quiero volver, ver crecer a mis hijos y vivir mi vejez. El pueblo que me regaló una infancia maravillosa, grandes amistades y a la mejor familia. ¿De qué manera le pides al tiempo que vuelva? Porque quisiera volver a jugar en la cuadra, a patear la pelota, a los juegos de maquinitas con Don Víctor y Don Coco, ir por las tortillas hechas a mano de Doña Minga, o al parque por una torta de Doña Tinita. Volver a comprar un trompo o mis canicas en el mercado con Don Panchito. Hacer los barquitos de papel en la corriente de agua formada por la caída de lluvia, producto de las láminas de la casa de mi abuela. A jugar hasta tarde en mi calle empedrada, hasta que mamá saliera a llamarme.

De allá donde soy, el día que partí un sabio maestro me dijo: “Al pueblo no hay que regresar derrotado”, por eso a costa de la distancia y el sacrifico de dejar familia y amigos, aquí seguimos luchando por ese sueño que está por llegar. Los años pasan y el tiempo pesa, pero mientras haya perseverancia y lucha, los objetivos se cumplirán. Sueño con ver a mis paisanos triunfar en grande, poniendo en alto el nombre de nuestra tierra, sueño con que los jóvenes pierdan el miedo y salgan a buscar esa meta, el camino no será fácil, pero les aseguro que valdrá la pena.

¡Oh mi amado pueblo!, ten la certeza que a donde quiera que voy, te llevo en mi mente y en mi corazón y me esfuerzo a diario para que siempre te sientas orgulloso de mi. Porque de allá donde soy, mi Tuxtla Chico es el mejor.

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