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El día que el Museo de la Ciudad de Tuxtla se vistió de amarillo

El día que el Museo de la Ciudad de Tuxtla se vistió de amarillo

Cerrará sus puertas para su restauración. Se despiden con acción ciudadana y ritual

Texto: Sandra de los Santos /Aquínoticias

Fotos: Sandra de los Santos / Diego Flores

El largo de los brazos resultan ser muy cortos para poderse despedir de un edificio como el Museo de la Ciudad de Tuxtla con un prolongado abrazo así que había que buscar una forma de poderle susurrar nuestro cariño, decirle que le deseamos una pronta recuperación, que haremos nuestra parte, que lo esperaremos. La manera que se encontró de hacerlo es dejando en sus barandales notas en hojas de color amarillo, que emulaban los árboles de primavera que crecen en esta temporada en la ciudad, una forma también de decir que este lugar de nuevo florecerá.

A las 4:00 de la tarde de este 01 de febrero inició  Festival del Tamal en el patio del Museo de la Ciudad de Tuxtla organizado por la Fundación Fernando Castañón Gamboa, quien igualmente administra y cuida del edificio. Aunque es el sexto año que se realiza el evento, en esta ocasión todo era especial. Fue la última actividad que se efectuó antes de que se cerrara el Museo para su restauración ya que salió afectado con el sismo del 07 de septiembre del 2017. Quedó “desconchinfladito” en la segunda planta. Las actividades habían continuado en las zonas que no habían riesgo, pero ahora existe el compromiso del gobierno municipal de restaurarlo (existe la confianza de que también se sumen los otros niveles en su intervención)  así que se tuvo que cerrar.

De forma simbólica,  para despedir de manera temporal las actividades en el Museo, se organizaron dentro del Festival del Tamal: un ritual zoque y una acción ciudadana.

Los y las visitantes que así lo quisieran podían dejar mensajes para el Museo en hojas de color amarillo que se colgaban en uno de los barandales del inmueble. Hicieron falta hojas. No se esperaba la participación de tanta gente. En las notas se podía leer lo significativo de este lugar. Escribieron personas de diferentes edades y hasta nacionalidades. Había tarjetas en la que se podían leer en caligrafías y dibujos infantiles mensajes de amor. ¡Caray! Qué tanto sentimientos puede despertar un lugar, que según es inerte, pero está cargado de la energía de las propias personas que lo habitan, que lo hacen posible, que lo visitan.

La diversidad de edades, caligrafías, formas de expresar que quedaron en esos barandales son también el reflejo de esa diversidad que siempre ha cobijado el Museo. Aquí nadie queda fuera. Aquí todo el que quiera construir es persona grata.

La ciudadanía sabía del significado de despedirse del museo así que acudió al Festival del Tamal. Nunca dejó de haber gente en el patio principal en las 5 horas que tardó el evento, iban y venían con sus platos o bolsas llenas de tamales de los más diversos sabores desde el tradicional de chipilín con queso o flor de cuchunuc hasta los que llevaron las comideras de Ixtacomitán: de yuca y arroz. También había de cilantro, camarón, cambray, bola, hierbasanta, dulces…a quién se le puede ocurrir tanta combinación. Pareciera que todo sabe mejor envuelto en masa y hoja de plátano. El triple salto mortal de la exquisitez venía con las bebidas: champurrado, atol agrío, arroz con leche, atole de guayaba (de olerlo se enamorarían), pinole, café de olla y aguas frescas. Todo se acabó.

La marimba “Chiapas soy” no dejó de tocar, de animar la festividad, supuestamente solo estarían dos horas, pero después los propios marimberos decidieron quedarse. Eso suele suceder con las personas que llegan al museo, cuando vienen a ver ya los envolvió, están ya por amor al arte. La marimba solo dejó de sonar cuando inició el ritual zoque para desear la pronta restauración del museo, para pedirle a la tierra que lo cimiente fuerte, que lo mantenga de píe. La mayor parte del ritual se dijo en zoque, aunque la mayoría de las y los asistentes no hablan esa lengua, se lograba entender bien de qué iba, lo que se deseaba. Se llenó de sahumerio todo el edificio, se tocó música de tambor y carrizo, hubo pox y albahaca. Había que dejar buena vibra de todas las maneras posibles.

En el sentido estricto un museo es un lugar en donde se conservan y exponen objetos de valor relacionados a la ciencia, el arte o que por su identidad cultural son significativos. Pero, el Museo de la Ciudad de Tuxtla nos ha enseñado que es mucho más que eso, que la definición queda corta. No solo es un lugar que reúne objetos, es un sitio en donde las personas se encuentran, se abrazan, se adueñan del espacio público.

La construcción en la que se encuentra el Museo fue edificada entre 1941 y 1942 por el arquitecto Francesco D´Amico. Fue la presidencia municipal de la ciudad, y después de manera ingrata el gobierno de Juan Sabines Gutiérrez  lo entregó a la CTM, que lo usó como oficinas y terminó deteriorándolo hasta que en el 2000 se otorgó en comodato el inmueble a la Fundación Fernando Castañón Gamboa, quien lo rescató para convertirlo en el Museo de la Ciudad de Tuxtla. La historia de este lugar es de resistencia, sobrevivió a la idea de modernidad que tuvieron varios gobernantes, que derribaron sitios históricos y artísticos. Después que se logró su restauración, el sismo del 07 de septiembre lo dañó, ahora se necesita de nueva cuenta que sea intervenido.

El Museo de la Ciudad de Tuxtla es mucho más que un edificio artístico, es mucho más que sus ajaraca bellas, es mucho más que un lugar que preserva la memoria histórica de una ciudad, el Museo de la Ciudad es resistencia, es unión, es familia en el sentido más amplio, es ciudadanía, es belleza, es el lugar en donde nos reconciliamos con la ciudad, es el sitio en el que todas y todos cabemos, el lugar que construimos y que pronto volveros a tomar.

 

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