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El tapadismo / Eduardo Torres Alonso

El tapadismo / Eduardo Torres Alonso

Una de las prácticas más conocidas en el sistema político mexicano es la del tapado, acción que replantea –por no decir cancela– las reglas democráticas en la nominación de las candidaturas y que, en tiempos idos, definían el resultado de las elecciones. Identificar al tapado (o a la tapada) era tarea de políticos experimentados o de periodistas agudos que observaban los gestos y palabras del Presidente sobre alguien, generalmente, integrante de su gabinete.

En fechas recientes, el actual titular del poder Ejecutivo de la Unión ha revelado a sus posibles sucesores. Esto es inédito ya que ningún otro Presidente –con tanto tiempo de anticipación con relación al término de su periodo de gobierno y de cara a la nación entera– había sido tan explícito sobre las mujeres y los hombres que podrían ocupar la silla del águila.

Esa lista paritaria, integrada por tres mujeres y tres hombres, en donde hay una gobernante local, tres miembros del gabinete y dos diplomáticos, no es definitiva. Algunos más querrán incluirse. Con la mención de sus nombres, propiamente, ellas y ellos no están tapados puesto que son identificables y su trayectoria en el servicio público y sus posiciones personales sobre asuntos de interés común podrán examinados. Lo relevante es preguntarse qué motivó al Presidente a darlos a conocer: ¿habrá algún otro nombre que no haya mencionado y que ese sea el bueno? En algo no hay duda: fue un mensaje para su partido, para los partidos de oposición y para los actores de la vida nacional. Con esto, además, el Presidente reafirma que ejerce realmente su posición informal de líder de su partido, pero también corre el riesgo de que la lucha por la candidatura se le salga de las manos si los nombrados empiezan a tomar distancia de su protector o si advierten que hay dados cargados hacia alguna persona.

No es la primera vez que en el partido en el poder aparecen varios aspirantes a suceder al Presidente. Han existido «pasarelas», como en el sexenio de Miguel de la Madrid, y elecciones internas, durante el gobierno zedillista. Incluso, la pelea por la candidatura ha generado rupturas al interior de las organizaciones partidistas o levantamientos armados. En organizaciones altamente disciplinadas y con una buena disposición de los premios y los castigos, que una persona sea la elegida hace que sus integrantes trabajen, no sin inconformidades mayores, para su triunfo.

Al menos en México, el sistema político, entendido como el conjunto de prácticas, reglas y hábitos informales que existen en la esfera del poder, tiene como signo distintivo la concentración y centralización del poder en el Presidente –aunque no todos han tenido la misma fuerza– y ese cúmulo de facultades constitucionales y extralegales tiene como punto máximo la designación de quien será el futuro Presidente (o Presidenta) y, paradójicamente, es el inicio de su declive: Le roi est mort, vive le roi (el rey ha muerto, viva el rey). Las lisonjas se dirigen al elegido y al que se va le corresponde administrar el final de su gobierno, escuchar cómo se vuelve el responsable de los males del país y preparar su retiro.

El tapadismo, como recurso para ocultar hasta el último momento la decisión final, era, además, un mecanismo de relojería que indicaba la conclusión de una época y el inicio de otra.

Faltan tres años para la conclusión de este sexenio pero la lucha por la sucesión ha iniciado.

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