Esperanza: traductora de las mujeres indigenas

El trabajo que hace Esperanza es algo que no tiene presupuesto ni en las dependencias de gobierno ni las organizaciones de la sociedad civil. No hay una partida por ningún lado para acompañar a las mujeres indígenas violentadas a denunciar y darle seguimiento a esas denuncias

Sandra de los Santos / Cimac Noticias 

Para defender el derecho de otras mujeres tiene que ocultar su nombre y su rostro. Las amenazas y agresiones que ha recibido son de personas que ve de manera cotidiana, pasan por las mismas calles que ella, la ubican bien, así que prefiere mantener un perfil bajo.

Esperanza (nombre ficticio) tiene 37 años. Es indígena Chamula, pero desde niña vive en la zona norte de San Cristóbal de Las Casas, ese espacio dentro del municipio turístico que desde los años 80´s se convirtió en el refugio de indígenas de los Altos de Chiapas. Las y los indígenas expulsados regresaron al lugar que les pertenecía.

San Cristóbal de Las Casas fue fundado en 1528 por los españoles durante la época colonial. Los pueblos originarios que se encontraban en este lugar fueron desplazados, y esta ciudad se convirtió en la cuna del colonialismo. Hasta ahora este lugar sigue siendo un territorio de opresión para los pueblos indígenas.

Es curioso, pero a Esperanza ni siquiera la conocía personalmente, pero sí su trabajo de acompañamiento a mujeres indígenas que sufren violencia. En el 2016 se declaró la Alerta de Violencia de Género para siete municipios del estado de Chiapas, entre ellos San Cristóbal de Las Casas, el lugar desde donde esta defensora acciona y con una población en concreto, las mujeres indígenas.

En el 2016 se declaró la Alerta de Violencia de Género para siete municipios del estado de Chiapas, entre ellos San Cristóbal de Las Casas, el lugar desde donde esta defensora acciona y con una población en concreto, las mujeres indígenas.

Dentro de la alerta de violencia de género se ordenó que se implementaran acciones específicas que atiendan la violencia de género contra las mujeres que viven en la región Altos de la entidad debido a las condiciones de desigualdad que se encuentran.

A diferencia de otros estados en donde el principal argumento de parte de las organizaciones para demandar la declaratoria de alerta ha sido el número de feminicidios, en Chiapas lo que señalaron las agrupaciones fue la violencia estructural que existe en contra de las mujeres, y particularmente contra las indígenas.

«El caso me lo trajo Esperanza». «Esperanza es la que me ha estado ayudando con las vueltas». «Esperanza es la que me contó cómo estaba la situación con las mujeres en esa zona». Escuchaba de manera cotidiana decir a otras defensoras, y aunque había hablado por teléfono con ella un par de ocasiones no había tenido oportunidad de verla en persona.

El trabajo que hace Esperanza es algo que no tiene presupuesto ni en las dependencias de gobierno ni las organizaciones de la sociedad civil. No hay una partida por ningún lado para acompañar a las mujeres indígenas violentadas a denunciar y darle seguimiento a esas denuncias; para ir a exigir al personal de salud de los hospitales que las indígenas no sean discriminadas. Esperanza la hace de traductora y abogada, aunque no tenga el título. Hace acompañamiento de víctimas ante la Fiscalía General del Estado y la Secretaría de Salud del Estado, en los casos de mujeres que no son atendidas en los hospitales y centros de salud. También hace labor de gestión ante el Ayuntamiento de San Cristóbal de las Casas y la Secretaría de Educación del Estado.

El trabajo que hace Esperanza es algo que no tiene presupuesto ni las dependencias de gobierno ni las organizaciones de la sociedad civil. No hay una partida por ningún lado para acompañar a las mujeres indígenas violentadas a denunciar y darle seguimiento a esas denuncias; para ir a exigir al personal de salud de los hospitales que las indígenas no sean discriminadas. Esperanza la hace de traductora y abogada, aunque no tenga el título, al mismo tiempo cuando le toca acompañar a las mujeres de su comunidad.

«La vas a reconocer porque siempre anda vestida con su ropa tradicional de Chamula» me dijo la compañera que nos apoyó como enlace para la entrevista. Así fue…llegó con su falda de lana y su blusa tradicional que ella misma bordó.

Mientras terminamos de instalar el equipo para la entrevista, me cuenta que llegó un poco retrasada porque fue a visitar a una señora indígena de la tercera edad, que sufre violencia de parte de su hijo. «Él se droga, ya está muy mal y andamos viendo si podemos internarlo porque le pega a su mamá». No es el primer caso de este tipo que le ha tocado ver de cerca.

Los padres de Esperanza nacieron en el municipio de Chamula, ubicado a 11 kilómetros de San Cristóbal de Las Casas. Tuvieron que migrar en los años 80´s junto con varias familias evangélicas, porque no les permitían seguir en la comunidad por practicar una religión distinta a la católica.

«En Chamula naces y mueres siendo católico tradicional y priísta» dice. El cambio fue difícil porque en Chamula no los aceptaban por ser evangélicos; pero en San Cristóbal tampoco los querían por ser indígenas.

Esperanza es crítica con algunos usos y costumbres de su pueblo, y sabe que opinar así en voz alta le genera adversarios. Cree en la medicina tradicional indígena con base a la herbolaria, pero condena algunas prácticas de los médicos tradicionales.

«Allá (Chamula) se va con el médico tradicional para que te pulse (revisar) y él lo que dice es que alguien te está haciendo mal y tienes que gastar dinero porque se compran velas, el gallo (que es para sacrificarlo) y le das dinero al médico como una gratificación» explica la defensora, quien considera que lo peor de estas prácticas es que causan conflictos al interior de las comunidades porque las personas piensan que sus enfermedades son producto de la malicia de otras personas.

Cursar la escuela en otra lengua

Esperanza es hablante de la lengua tsotsil. Las veces que interrumpe la entrevista es porque tiene que atender el teléfono, a veces habla en español y otras en su lengua materna.

Las organizaciones de la sociedad civil y abogadas, que han trabajado con ella, la reconocen por su gran habilidad como traductora, como una «mujer puente». No se limita solo a cambiar una palabra en tsotsil por una en español o a la inversa, ella explica los contextos a ambas partes, interpela a los interlocutores, hace que las miradas se expandan. Jamás había entendido bien a qué se referían hasta este encuentro.

Las organizaciones de la sociedad civil y abogadas, que han trabajado con ella, la reconocen por su gran habilidad como traductora, como una «mujer puente». No se limita solo a cambiar una palabra en tsotsil por una en español o a la inversa, ella explica los contextos a ambas partes, interpela a los interlocutores, hace que las miradas se expandan.

Una de las veces que le marcan, es un profesor indígena que anda buscando una beca para sus estudiantes y ella le explica cómo debe de hacer los trámites. En otra ocasión es una compañera artesana con la que quedó de ir a los juzgados para interponer una demanda por pensión alimenticia. También le habla su hija, quien se encuentra atendiendo el negocio familiar.

La mujer se ve resuelta y bastante desenvuelta, pero no siempre fue así. Para aprender a leer y escribir tuvo que ingresar a una escuela en San Cristóbal, que en un inicio no la querían recibir porque era «Chamula» –la expresión como adjetivo de desprecio se utiliza de manera común en Chiapas, lo usan como sinónimo de «indio», un indio necio e ignorante-. Todo se le dificultaba: socializar con sus compañeros, entender las clases y hasta comprar en la tienda escolar.

«No quería pedir nada en la tiendita porque no hablaba español, todos se burlaban de mí, la maestra me jalaba de las patillas porque yo no entendía lo que me decía, pero era porque no hablaba bien español» recuerda. Su promedio en la primaria fue de 6.9 y aunque antes le avergonzaba ahora lo resignifica.

«En la escuela me perdía y salí con 6.9 de calificación, y ahora me aplaudo y digo que chingona fui, que chingona soy porque no sabía nada de español y aprendí».

Aprender español en las calles

Esperanza aprendió español porque acompañaba a su madre a vender artesanías en los atrios de las iglesias de La Caridad y de Santo Domingo. Cuando llegaron a San Cristóbal sus padres decidieron que trabajarían de manera independiente. Ella vendiendo sus artesanías, y él en el mercado. No querían irse a servir en la casa de algún «coleto» porque era mucho trabajo y discriminación a cambio de muy poco dinero.

-Disculpa, ¿Qué es coleto? La interrumpe la compañera periodista que graba la entrevista.

-Claro, disculpen (dice Esperanza, recordando que dos de las tres periodistas que estamos en la sala no son de Chiapas). Son coletos las personas que fundaron San Cristóbal cuando fue la conquista, ellos se asentaron aquí y ya quedó su descendencia. Los coletos son los de «sangre azul», no son los indios. A mí me enseñaron que los coletos son los que saben todo, los caxlanes (mestizos). Geográficamente donde vive mi papá es la torre más alta y San Cristóbal es un valle, pero hasta el día de hoy la gente que vive allá dice vamos a subir a San Cristóbal cuando viene acá y vamos a bajar cuando se van a regresar y es porque se piensa que aquí está toda la gente sabia, la gente culta.

La explicación de Esperanza es profunda y dibuja bien el racismo con lo que se vive en esta parte de Chiapas, en donde conviven los llamados «coletos», indígenas y extranjeros de manera cotidiana. Pero, esa convivencia muchas veces se torna violenta y desigual.

De acuerdo al Censo de Población y Vivienda 2020, en esta  ciudad colonial el 32.7 por ciento de las casi 216 mil personas que la habitan, son indígenas tsotsiles y tseltales;  pero 6 de cada 10 viven en situación de pobreza.

En Chiapas el 84 por ciento de las niñas y niños indígenas viven en situación de pobreza según datos de la organización Melel Xojobal, que lleva 25 años trabajando con la niñez y adolescencia indígena en San Cristóbal de Las Casas.

La infancia de Esperanza pasó entre vendiendo artesanías y la escuela. También fue parte de esa niñez indígena que vive en pobreza.  A los 14 años se fue a vivir en unión libre con un hombre que era siete años más grande que ella. Tuvo dos hijas. Durante seis años sufrió violencia hasta que él falleció.

Cuando enviuda regresa a su trabajo como artesana. Pero, también decidió retomar la escuela y estudiar la secundaria abierta. Al terminar le propusieron ser alfabetizadora y así fue cómo inició en el trabajo de educadora.

Su labor no era poca porque todo el material de alfabetización del programa oficial estaba basado en la metodología cubana de alfabetización «Yo sí puedo» que no es para contextos indígenas, entonces,  tenía que adecuar todo.

En Chiapas de cada 100 personas que hablan una lengua indígena 12 no hablan español, y esas 12 tampoco saben leer y escribir. En la entidad, 14 de cada 100 personas de 15 años y más son analfabetas según los datos oficiales. El rezago educativo en la entidad es mayor en las comunidades indígenas. Estos datos se traducen en mayor desigualdad social.

Esperanza después se incorporó a una organización internacional que trabaja con infancias indígenas. Daba talleres a escuelas indígenas y bilingües sobre interculturalidad.

«En una escuela que llegué recuerdo que los niños se reían porque decían nos va a dar clases una chamulita (con una connotación de desprecio) y ya no viví igual el comentario a cuando yo era niña y se burlaban de mí por ser de Chamula, partí de eso para hablarles de lo que quería, contarles el gran valor que hay en poder hablar dos lenguas, dialogar con otras personas».

Las y los niños indígenas en San Cristóbal de Las Casas viven situaciones complejas. Según el reporte de «La Infancia Cuenta en Chiapas» la niñez de los pueblos originarios está en situación de vulnerabilidad para ser reclutado por el crimen organizado, por su entorno familiar, por la pobreza, el abandono, la falta de oportunidades, la exclusión, la discriminación social y la cercanía a zonas con presencia de grupos delictivos.

En 2020, Chiapas registró una cifra record en el reporte de desaparición de menores con casi tres veces superior al número registrado en 2019 pasando de 183 en 2019, 384 en 2020 y 625 en 2021 de los cuales casi cuatro de cada 10 son indígenas.

Mientras Esperanza trabajaba con las y los niños, pensó que poco podía hacer por ellos cuando en casa vivían situaciones de violencia. «Los niños me pedían que ayudara a sus mamás, yo también les daba talleres a ellas y ahí empecé a acompañar».

Después se unió a una organización que trabaja con parteras tradicionales. En más de una ocasión le ha tocado llevar a mujeres indígenas embarazadas a los centros de salud u hospitales para que sean atendidas. Los casos de discriminación para ellas es cosa de todos los días en esos espacios. Cuenta una anécdota atrás de otra de lo que han tenido que padecer.

Tiene un par de años que Esperanza ya no trabaja como tal en la organización internacional que labora con las infancias indígenas ni tampoco con la agrupación que se enfoca a las parteras tradicionales; pero ella no ha dejado de ser la traductora y defensora de mujeres tsotsiles  víctimas de violencia, y siendo promotora de los derechos humanos.

Esperanza no tiene el número de mujeres que ha acompañado a poner una denuncia, a las que ha llevado al hospital, a las que solo ha escuchado porque a veces solo puede hacer eso «escuchar», a las que ha orientado para que entren a un programa de atención o toquen las puertas de las instituciones.

Ha aprendido a leer a las instituciones gubernamentales, a saber que así como hay personas que discriminan a las mujeres indígenas también hay aliadas, pocas, pero las ha encontrado y de ellas se aferra.

Las amenazas

El trabajo que realiza Esperanza es sin duda, necesario y en defensa de los derechos humanos. Los que menos lo entienden son quienes son denunciados. Ellos la han amenazado. Las amenazas más fuertes la llevaron a entrar al Mecanismo de Protección para Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.

Las amenazas más fuertes fueron por un caso en una escuela primaria en donde había casos de violaciones sexuales en contra de menores de edad por parte de un docente. Esa situación la llevó a entrar al Mecanismo de Protección para Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.

«No sé cómo expresarlo, pero sí he sentido miedo, he sentido quizás a veces como paranoia, me dicen mis hijas «cálmate, mamá, estamos bien», pero yo no me siento tranquila. He aceptado las terapias».

Esperanza sabe que defender a las demás personas muchas veces tiene un costo. Su padre fue asesinado por la ex pareja de una sobrina a quien él le dio asilo porque sufría violencia.

Las personas que la han amedrentado son hombres a los que se encuentra al cruzar la calle, que la conocen bien y por eso ella es tan cautelosa porque quiere seguir siendo la intérprete de la mujeres que defiende, porque sabe que su voz es necesaria y que por eso debe cuidarse que no la silencien.

Esperanza es una mujer paciente y con muchas habilidades, no es difícil imaginarla  alfabetizando personas adultas o haciendo ejercicios con niñas y niños en escuelas bilingües sobre interculturalidad porque es una pedagoga nata.

Aunque en todos los pueblos originarios la vestimenta es muy importante, en Chamula pareciera que lo es más sobre todo entre las mujeres. A pesar de que muchas migran siguen usando sus blusas bordadas y las naguas tejidas de lana negra. Antes las niñas y adolescentes, que aún no menstruaban, utilizaban nagua gris, y negra a partir de la primera menstruación porque la falda puede absorber la sangre y disimular el color. Ahora las niñas y adolescentes han dejado su ropa tradicional por su alto costo (toda la vestimenta de una mujer puede llegar a valer hasta 12 mil pesos) y también por la discriminación que sufren.

Las y los Chamulas viven en un eterno dilema porque por un lado está la discriminación cuando migran, que los hace muchas veces de renegar de sus raíces; pero por otro son personas muy orgullosas de su cultura. Las y los que renuncian a su vestimenta son criticados cuando regresan a sus comunidades o se niegan a participar de manera activa en las festividades. Lo que ha sido muy bien recibido es la forma de construcción californiana que la han traído migrantes que se van a los Estados Unidos.

En la cabecera municipal de Chamula hay viviendas que apenas se logran sostener en pie hechas con materiales de la región como el bajareque, paja y adobe;  pero también hay enorme casas con estilo californiano. La imagen en su conjunto ha sido digna de análisis antropológicos.

Todo esto nos lo cuenta Esperanza, y  la entrevista se convierte en una extensa clase sobre los usos y costumbres de Chamula y cómo son entendidos desde una mirada occidental y a la inversa. Debo de confesar, que al igual que mis compañeras, estoy fascinada.

La académica y activista, Patricia Chandomi, que la conoce desde hace tiempo y han llevado casos juntas lo explica mejor: «Esperanza es una gran traductora y no me refiero al estricto sentido de la lengua, sino que sabe traducir el mundo occidental al ámbito comunitario».

Patricia está preocupada por la seguridad de Esperanza, recuerda que no hace mucho tuvo que dejar de usar su ropa tradicional en San Cristóbal de Las Casas para que no la ubicaran. La han amenazado de manera directa por realizar acompañamientos a víctimas de violencia.

«En las comunidades indígenas son muy pocas personas que hacen el trabajo realizado por Esperanza, acompañar a las víctimas a interponer denuncias, dar orientación de qué pueden hacer. En las comunidades indígenas no están las universidades, los organismos oficiales de defensa de derechos humanos haciendo este trabajo, no están las instituciones, ella lo sabe y solita se dio esa tarea» dice la académica.

Para Esperanza es importante la educación por eso se ha preocupado porque sus hijas tengan una carrera universitaria y las ve haciendo un posgrado. «Ustedes se dieron cuenta, Esperanza es brillante y así como ella hay mujeres en las comunidades indígenas que son lideresas y muy brillantes, pero no se sienten con la seguridad de participar en foros, política o en algunas otras actividades porque no estudiaron y eso pasa también por un asunto de nuestra mirada occidentalizada porque tenemos muy interiorizado que para dar una opinión válida se tiene que haber estudiado» recalca la activista.

Patricia y Esperanza han caminado juntas acompañando diferentes casos. Lo hacen juntando sus saberes y redes de apoyo.

La violencia que se vive en San Cristóbal desde hace un año es algo que ya no se puede ocultar. El 14 de junio del 2022 la situación se hizo evidente a nivel nacional cuando un grupo de unos cuarenta hombres, de los llamados «motonetos», hicieron disparos y realizaron bloqueos durante varias horas en la zona norte del municipio.

Los llamados «motonetos» son jóvenes, en su mayoría tsotsiles, que se transportan por parejas en motocicletas y en ellas cometen diferentes delitos, desde el narcomenudeo hasta el asesinato de personas. El periodista Fredy López Arévalo fue asesinado a finales del año pasado por uno de los integrantes de este grupo.

En más de una ocasión la policía municipal ha detenido a alguno de los jóvenes, pero son sacados de la comandancia por los integrantes del resto del grupo.

En este contexto es que Esperanza realiza su trabajo como defensora de derechos humanos. En este contexto es que su nombre ficticio tiene doble significado. En este contexto es que es necesario visibilizar a una defensora de los derechos humanos de las mujeres que necesita no nombrarse para seguir siendo la esperanza de otras mujeres indígenas, que requieren una traductora en el amplio sentido de la palabra.

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