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Galimatías / Ernesto Gómez Pananá

Galimatías / Ernesto Gómez Pananá

Diques, pilares y puentes

Hace poco más de dos años, en diciembre de 2018, aquí sostuve algo que pudo sonar obvio pero no por ello menos cierto ni dos años después menos válido: todo lo que en la vida política vive hoy nuestro país es completamente inédito: nunca antes una organización política asumida de izquierda ocupó la presidencia de nuestro país, ni tampoco tuvo mayoría en las cámaras ni mucho menos alcanzó más de tres o cuatro gubernaturas simultáneas. Hoy, desde hace justo 30 meses, Morena es el partido hegemónico en México y desde esa posición enfrenta su primera elección intermedia en esa posición. Pareciera nuevamente una obviedad pero en el fondo, la situación es compleja y la obviedad resulta que no lo es tanto. Intento explicarme.

Morena es una organización de historia corta como partido político, aunque buena parte de su nomenklatura es de larga data en lides electorales: Muchos de ellos desde 1988 -sea en la izquierda o incluso en el PRI.

No obstante ello, esta es la primera ocasión en la que el presidente López Obrador enfrenta una elección siendo eso, presidente y no oposición y la fecha marca justo la mitad de su sexenio. La elección, se quiera o no, es una suerte de refrendo o revocación de su mandato y el escenario hierve: como en cualquier democracia, quienes están en el poder buscan permanecer ahí y quienes están fuera buscan sacar a quienes están y ocuparlo ellos. Por mucho nada nuevo.

Lo interesante aquí -en opinión de este diletante analista- es justamente la efervescencia que provoca. Si Morena mantiene -bienhabidamente-su hegemonía en las urnas, seguiremos siendo testigos del ejercicio presidencial más fuerte de los últimos 50 años, más fuerte incluso que el de Carlos Salinas. Si Morena logra mantener su mayoría en San Lázaro, estaremos presenciando un fenómeno que no se dio ni con Zedillo, ni con Fox, ni con Calderón ni con Peña. Todos ellos llegaron a la elección intermedia con aprobación inferior a la que tuvieron al inicio de su mandato y su partido obtuvo menos votos y menos diputados. Si el presidente AMLO consigue que vote más gente que en cualquiera de las elecciones intermedias recientes, ya con ello habrá conseguido un resultado que ni Fox, el primero que sacó al PRI de Los Pinos, logró con todo y sus millones de seguidores vitoreando el “Ya, ya, ya,ya”.

Conseguir esto demanda índices de popularidad también desconocidos, amplias masas de electorado duro que le creen a pie juntillas cada palabra a su líder y a quienes las críticas al mismo se les resbalan. Puede gustar -o no- pero sin duda López Obrador es el fenómeno electoral de mayores dimensiones en el México contemporáneo.

Del otro lado, inédito también, un frente opositor que aglutina azules, tricolores y lo que queda de amarillos. Antes del 2018 un conglomerado impensable que hoy promete mucho de aquello que incumplió repetidamente. Paradojas del poder.

A lo largo de esta campaña electoral, cientos de páginas se escribieron criticando las formas y los fondos del presidente. Desde la deriva autoritaria de Bartra hasta las comparaciones con Maduro de Luis Pazos. Como todo en política, las lecturas son subjetivas y lo único absoluto es que todas ellas son -pueden ser- relativas.

El presidente se mueve en los límites, bordea temerariamente los filos del poder, así como cuando en 1996 bloqueó 51 pozos petroleros en Tabasco o cuando en 2006 instaló un plantón gigantesco en Paseo de la Reforma y se proclamó presidente legítimo y el país no se hundió. López Obrador es un tahúr y apuesta fuerte, y nadie mejor que él sabe cuáles son los pronósticos para el domingo en la noche y por supuesto quiere todo, así como lo quisieron Salinas, Fox, Zedillo, Calderón o Peña, hombres de poder, estuvieron dispuestos también a mucho con tal de conservarlo y si no fueron más allá fue no solo por su autoconsciencia sino por los mecanismos ciudadanos de control, el más evidente, el voto que no favoreció la continuidad del PAN con Calderón, ni del PRI con Zedillo o Peña.

Dicho todo lo anterior, va mi pronóstico personal para el domingo próximo:
Morena tendrá mayoría simple con aliados y satélites. Qué terror que un presidente Yam fuerte, dependa de sicarios pseudo ecologistas para su operación legislativa.
El frente, especialmente el PRI, crecerá en términos absolutos, mantendrá la unidad legislativa y se recompondrán al interior los partidos que lo integran para perfilar el 2024.
Prácticamente ninguno de los partidos de nueva creación conservará el registro.
Movimiento Ciudadano ganará posiciones regionales y jugará un papel de mayor relevancia en la legislatura que iniciará en septiembre. Será la auténtica bisagra legislativa.

Iremos de nuevo a terrenos inéditos y la rama se doblará al límite pero no se romperá.
El pueblo -sabio- pondrá ladrillos que sean a la vez diques, pilares y puentes, y seguiremos construyendo nuestras instituciones, más allá de actores específicos, en una ruta larga, compleja y necesaria. La democracia mexicana no nació en el 2018. Este país no se irá al carajo en el 2024. Hay mañana.

Oximoronas. Políticos, autoridades y árbitro machacan con el sonsonete de que esta es la elección más grande de la historia. Esa sí es una verdad de perogrullo. Claro que es la más grande porque cada año nacen más mexicanos, porque cada año somos más los electores. No tiene nada de impresionante. Es un efecto natural y tan trascendental es ésta para nosotros como la de 1988 fue para nuestros padres, la de 1968 para nuestros abuelos o la de 1824 para nuestros bisabuelos. No menos pero tampoco más.

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