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Galimatías / Ernesto Gómez Pananá

Galimatías / Ernesto Gómez Pananá

Semilla, cascada y consulta

El proceso de construir y fortalecer la democracia mexicana es largo, viene de lejos y su trecho por delante es aún grande. Nos hicieron creer que era un camino corto y estrecho y es un camino en el que ciertamente la alternancia partidista es importante -aleccionadora y motivante-, pero no lo es todo. La alternancia no garantiza gobernantes eficaces ni mucho menos la eliminación de todos nuestros problemas, pero no deja de ser un buen principio.

De la mano de la libertad de sufragio para elegir a los gobernantes, los sistemas democráticos suelen abrir algunas otras alternativas de participación ciudadana para decidir asuntos de alta envergadura. Una de éstas es la llamada Consulta Popular.

Antes que opinar sobre los motivos de la consulta, comparto algunas reflexiones sobre el ejercicio de la consulta en si mismo.

Si bien la del día primero de agosto es la primera consulta popular oficialmente reconocida en México, existen algunos antecedentes que vale la pena traer a colación justo porque al haber sido una especie de prontoconsultas, abonaron a la construcción de la democracia que vivimos y que seguimos construyendo.

Antes de ser llamada Ciudad de México, la capital del país se conocía como Distrito Federal y era gobernada por un personaje denominado regente, a quien designaba de manera directa el presidente de México. La ciudad se dividía en dieciséis regiones llamadas delegaciones, en las que el titular era nombrado por el regente en turno, así desde el año 1814.

Año 1993, un grupo de habitantes de aquella región promovieron un llamado plebiscito para conocer la opinión de la ciudadanía respecto de la posibilidad de tener gobernantes electos via el voto, nombrar a una autoridad central -una especie de poder ejecutivo- y un órgano legislativo local: 320 mil personas acudieron a las mesas de votación y arriba del 85% se manifestó por el si. Cuatro años después, Cuauhtémoc Cárdenas arrasaba y era electo primer jefe de gobierno de aquella ciudad y veinte años más tarde, lograría incluso su congreso constituyente y su constitución local. La semilla germinó.

Año 1995, Consulta Nacional por la Paz y la Democracia. El llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional -la mayor fuerza política-no partidista- consultó a la ciudadanía sobre su futuro. Ochenta mil personas emitieron su opinión. Cinco años más tarde, la alternancia partidista llegaba a la presidencia de México. Un efecto cascada.

Si se reflexiona con detenimiento, la mayor aportación de ambos ejercicios no radica en la respuesta masiva del electorado ni tampoco en la pertinencia o no de sus causas. Su significado es más de orden simbólico y menos de carácter numérico. A la consulta popular del sábado próximo le sucede algo similar:
Para tener efecto vinculante, es necesario que al menos 37 millones de personas acudan a manifestar su opinión. En la elección intermedia del seis de junio votaron 48 millones, llevar al menos a 37 millones nuevamente a las casillas dos meses después es un enorme reto. Su valor es simbólico y tan trascendente como la primera derrota presidencial reconocida por el PRI en el año 2000. Vote o no el 40% del padrón -a eso equivalen los 37 millones-, gane el sí o gane el no de la abigarrada pregunta, la consulta popular en su sentido más abstracto es un avance en la construcción de una democracia más sólida y más madura, por encima de detractores, críticos, fanáticos o aplaudidores. La democracia es como la felicidad, un camino y no una meta y se camina, se construye y se cuida en cada paso.

Oximoronas. Olimpiadas en curso. No obstante los obligados escenarios vacíos, vivir el deporte como cada cuatro años es brisa fresca que huele a la normalidad añeja que no habrá de volver. Enhorabuena

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