Galimatias / Ernesto Gmez Panana

Vacunas y Revocación

El mundo lleva casi dos años desde la primera noticia del COVID-19. De marzo de 2020 a la fecha hay registro de miles de fallecidos, algunos millones de contagiados y muchos más millones ya vacunados o esperando una vacuna como salvoconducto contra el contagio.

A inicios de este año, pudimos conocer de una historia opuesta: el mejor tenista del mundo, el serbio Novak Djokovik fue detenido en la aduana del Aeropuerto Tullamarine, en Melbourne Australia. ¿La razón? Presentó un certificado de vacunación falso, en realidad no tenía ninguna dosis. El tenista se declaró antivacunas e incluso afirmó hace un par de días que entiende las consecuencias de su decisión. «Yo estaba preparado para que no me dejaran jugar en Australia. Sé que no puedo viajar a muchos torneos. Ese es el precio que voy a pagar. Sí. Estoy preparado para sacrificar ser el mejor tenista de la historia. Estoy dispuesto a perder Roland Garros y estoy dispuesto a perderme Wimbledon. Las decisiones sobre mi cuerpo son más importantes que cualquier trofeo». Tremenda afirmación viniendo de un deportista de alto rendimiento que se nota informado y sensible -a lo largo de la entrevista concedida a la BBC reconoce la pandemia como un fenómeno real y aplaude el esfuerzo científico para desarrollar vacunas en tiempo récord-, pero al mismo tiempo ratifica también la libertad personal para decidir qué sustancias introducir en su organismo. Su opinión -en mi opinión- no deja de tener mucho de indiscutible.

El planeta y quienes lo habitamos podemos opinar distinto, y si bien la libertad individual llega hasta donde inicia la libertad de los otros, la realidad es que es imposible hacer obligatoria la vacunación. El acceso a la salud es un derecho, pero no una obligación ciudadana.

Pero así como a nivel mundial experimentamos un fenómeno en algún sentido polarizante de oposición y apoyo a las vacunas, en méxico vivimos una situación similar con el llamado «Proceso de Revocación de Mandato», un ejercicio que ya figura en nuestra constitución y cuya intención es otorgar a la sociedad mexicana la facultad de remover a algún gobernante incapaz, antes de que concluya el periodo para el que fue electo mayoritariamente.

La consulta del próximo diez de abril será el primer ejercicio de esta naturaleza en nuestra historia y, como las vacunas, tiene por igual simpatizantes y detractores, y ambas posiciones son posibles justamente porque esta democracia nuestra aún en ciernes -aunque The Economist nos ubique como un «régimen híbrido»- permite un ejercicio como éste. Sin duda es imperfecto y perfectible y tanto quienes se manifiestan a favor como quienes se oponen, suman para fortalecer el camino a lo que aspiramos a ser: una Democracia Plena – según de nuevo, la clasificación de The Economist-.
Participar en la consulta no es una obligación pero si es un derecho, sea para votar a favor de la continuidad del presidente o por la conclusión de su mandato, y como las ocasiones en las que votamos para elegir un gobernante cada tres y seis años, participar fortalece nuestro sistema democrático y como con las vacunas, oponerse y no participar de manera inteligente y crítica también.

Oximoronas. Efectivamente, los gobiernos no pueden impedir la no-vacunación pero algunos, como el francés, si han decidido -y qué bueno- limitar el acceso a determinados sitios públicos, solo a personas que acrediten haberse vacunado. La libertad personal llega hasta donde inicia la libertad de otros.

En un modo similar, herramientas como la revocación de mandato son posibles gracias al proceso de permanente evolución de las instituciones que sea por apoyar, resistir o arbitrar, en conjunto hacen posible nuestra democracia.

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