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Galimatías / Ernesto Gómez Pananá

Galimatías / Ernesto Gómez Pananá

Saramago

Prolífico, José Saramago nos legó un cúmulo de novelas y ensayos, todos con un particularísimo uso de los signos de puntuación, normas que decía, prefería no respetar y dejar que fuésemos los lectores quienes diéramos el tono y el ritmo a sus textos, que fuésemos interpretando -cuál jazz-, según lo que nos provocaba la lectura de sus páginas.

Saramago además, manifestó siempre sus convicciones políticas: un convencido de la izquierda como mecanismo de justicia, de la democracia como el método “menos malo”, de Jesús como un ser humano falible y de la religión como un opio.

Permítanme mis tres lectores -por fortuna la palabra “lectores” ya existe y no es necesario inventarla y agregarla a lectoras y lectoros-. Permítanme, decía, traer hoy a cuento dos pasajes -no menos, tres- del Nobel lusitano que son de mis favoritos.

El diablo.
En algún momento durante el desarrollo de la novela El Evangelio según Jesucristo, se encuentran en el Mar de Galilea Jesús, su padre Dios y el Diablo. Este último le pide perdón a Dios, apela a su bondad y pide ser aceptado de vuelta en su reino (no hay que olvidar que el demonio es, según la Biblia, un ángel expulsado).

Dios rechaza al Diablo, le niega el perdón porque de no existir el mal, pierde sentido también la existencia de él, el bien.

La blancura
Hay otros dos textos de Saramago también fantásticos, una dilogía que inicia con su Ensayo sobre La Ceguera y concluye con su Ensayo sobre La Lucidez. El primero de ellos relata cómo un día, una ciudad mediana en Portugal amanece con un primer caso de una epidemia repentina e inexplicable que va invadiendo toda la ciudad, dejándolos a todos contagiados de una ceguera blanca. Un desafío médico inédito, un enigma científico inexplicable. Acaso una lección divina para reflexionar.

En el siguiente libro, el Ensayo sobre la Lucidez, el autor describe como, en la elección de autoridades municipales de esa misma ciudad portuguesa, el hartazgo de los ciudadanos provoca que el día de los comicios, las autoridades se enfrenten a un resultado tan asombroso como el de la anterior ceguera: en la elección de alcalde no hay ganador. La totalidad de los votos emitidos fue en blanco, por nadie, por nada. No hubo modo de designar al nuevo gobernante. Acaso una lección cívica para reflexionar.

Saramago fantaseaba y dejaba al lector interpretar sus fantasías. Hay otro texto increíble en el que es La Muerte quien manda todo al carajo y suspende sus servicios: la gente deja de morirse con todo lo que ello implica.

Este fin de semana, en México, los votos intraMorena no fueron en blanco, no hubo silencio. Lo que hubo es lo de otras veces, con otros actores aunque con mismas ambiciones. El virus del poder contagió a muchos dispuestos a lo que fuera para conquistarlo: manipular, engañar, cegar, comprar o acarrear. Decirse Dioses haciendo lo que hizo el Diablo.

Oximoronas 2. Hace un rato, un conocido, piel morena, hablante de tsotsil, fue “detenido” por policías estatales cerca del Mercado de Los Ancianos aquí en Tuxtla Gutiérrez. Sospechosos de robo, les dijeron a él y sus dos amigos. Y no fue falso. La policía les robó siete mil pesos a cada uno. Sinvergüenzas. Miserables.

Oximoronas 2. La columna de hoy es patrocinada por Transportes El Sapo Flaco. Excursiones Tours y Aventones. Especialistas en Adultos Mayores.

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