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Inteligencia en política / Juan José Rodríguez Prats

Inteligencia en política / Juan José Rodríguez Prats

El código moral del fin de milenio no condena la injusticia, sino el fracaso
Eduardo Galeano

¿Qué significa la inteligencia en política? ¿Concentrar el poder y ejercerlo sin límites? ¿Asumir obligaciones y servir a los demás con eficiencia y eficacia? La historia da cuenta de personas muy inteligentes que fracasaron estruendosamente como gobernantes y también quienes, sin mucha genialidad, rindieron buenos resultados en su desempeño público.

Chateaubriand, en sus Memorias de ultratumba, hace comentarios muy elogiosos sobre Napoleón: su talento, su capacidad para manejar diversos temas, su habilidad para seducir. En cambio, describe a George Washington (a quien entrevistó) en notable contraste: parco, de escasas reflexiones y personalidad un tanto opaca. Sin embargo, al juzgar a ambos, es despiadado con el francés a quien culpa de los mayores desastres en Europa y es sumamente elocuente para reconocer las grandes hazañas de Washington para independizar a un pueblo y fundar una gran nación.

En mi vida política, habiendo tenido la oportunidad de tratar a los presidentes (desde Luis Echeverría al actual) y de conocer sus gestiones, no dudo en considerar a José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari y Felipe Calderón Hinojosa como los más inteligentes, pero no los calificaría de buenos gobernantes, sin que esto implique que los otros lo sean.

Focalizo mi análisis en López Obrador. Desde luego que es inteligente, pero bastante menos de lo que él se considera. Tiene, además, una malsana actitud de subestimar la inteligencia ajena. A casi dos años de gobierno, el balance no puede ser peor. En ningún rubro se puede presumir de logros medianamente aceptables. Me alarman, hacia el futuro, tres asuntos que, en medio del desastre, son relevantes.

1. Su obsesión porque se perciba que ejerce el alto mando inició desde su campaña, cuando solicitaba el voto para él y para quienes lo acompañaban en la boleta electoral. No quería ni quiere contrapesos. Su brutal atropello a la SCJN marca un hito en nuestra historia. Es fácil identificar hoy a los dos grupos de ministros: los gobiernistas y los juristas. Lo peor del desaguisado es gastar ocho mil millones de pesos para hacer una consulta con respuesta obvia. Es una estupidez mayúscula en nuestras dramáticas circunstancias.

2. El trato de AMLO a Morena, al decir sin ambages que hay mucho pueblo para tan poco dirigente, es una de las mayores afrentas públicas que no pueden compararse con los desmanes más notables del viejo partido de Estado. Don Jesús Reyes Heroles decía que, en política, la forma es fondo y, desde luego, así fue por varias décadas. Hoy, las formas le hacen al presidente, “lo que el viento a Juárez”.

3. Que, desde la Presidencia, se invite a los opositores a manifestar su repudio al gobierno es la reina indiscutible de las torpezas que México ha sufrido de un gobernante. De aquí en adelante el tema de la renuncia presidencial será la cantaleta de todos los días en medio de problemas altamente prioritarios.

No, yo no pienso que el peligro para México sea el retorno del viejo PRI. Lo que sí me aterra es un proceso vertiginoso de descomposición social, un mayor resquebrajamiento de nuestro Estado de derecho, con la consecuente falta de gobernabilidad.

Reconstituir un sistema político funcional demanda el esfuerzo de varias generaciones.

En este ambiente de confrontación y desaliento, solo queda apelar a la responsabilidad ciudadana. Los vacíos en política no existen y, ante nuestro raquítico y dañado andamiaje institucional, insisto en lo de siempre: hacer política, política con cultura, política con ideas, política con decencia. En ello nos va la vida.

La diferencia entre Napoleón y Washington es que el primero buscó alcanzar su ambición, mientras que el segundo asumió su deber. Esa es la lección: inteligencia sin deberes es arrogancia nefasta.

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