La calabaza «embrujada», una leyenda costeña

En una apartada comunidad, cerca de Tonalá se suscitó un hecho que durante cincuenta años ha causado expectación, pero también temor. Producto de una coincidencia o de algo más

Lucero Natarén / Marco Aquino 

Aquínoticias 

Quizá haya quien no crea en este tipo de historias. Para algunas personas aún es un tabú hablar de lo sobrenatural, brujería, magia o santería, sin embargo, para otros como las personas que vivieron en carne propia los hechos que se describirán a continuación, esas «fuerzas» son tan reales como el sol saliendo cada amanecer.

El siguiente relato no busca cambiar la forma de pensar, sino sólo contar un acontecimiento. El lector o lectora decidirá creer o no.

Hace más de cinco décadas, en una comunidad costeña vivía una niña con el ímpetu que caracteriza a las personas de esa edad, 10 años. Sus familiares la describirían como una pequeña cándida y alegre.

La niña visitaba cada vez que podía a una tía que vivía a escasos metros de su hogar. Ellas dos eran muy unidas, amigas más allá de los lazos sanguíneos.

Un día soleado como cualquier otro, -o eso se pensaba-, la pequeña fue a visitar como siempre a su querida tía. Al llegar a la puerta de la casa de la tía, tocó suavemente, -seguramente su amada tía la esperaría con ansias-, pero nadie respondió a la puerta. Insistió con más fuerza, pero nadie atendió.

Mientras veía a su alrededor preguntándose dónde podría estar su tía, se percató de una pequeña olla humeante en el borde de la base de un molino. Su curiosidad le hizo olvidar inmediatamente el objetivo de su visita. Ella «necesitaba» saber el contenido de ese peculiar recipiente. Antes que ella misma lo notara, ya estaba frente a la olla de metal.

Dentro había un espectáculo de lo más sublime, su dulce favorito, calabaza. El olor era penetrante, envolvente, tentador. Sin dudarlo se apresuró a tomar un pedazo, -total la tía con seguridad no le molestaría que su sobrina favorita tomara un poco-. Su intención fue detenida por un momento, su madre quien la acompañaba personificó la prudencia, pero como cualquier madre, tras varias suplicas, cedió y la niña por fin alargó su mano y comió del postre.

Cada bocado fue ingerido con celeridad. Tras saciarse marcharon a casa. Por la tarde, ocurrió lo inesperado, la niña comenzó a sentirse mal, ningún remedio aminoraba el dolor de estómago. Pronto llegó una calma, pero desprovista de paz. La alegría se esfumó de los ojos de la pequeña, de su boca solo escapaban berridos y palabras inteligibles. Ningún médico pudo determinar que produjo tal cambio y mucho menos revertirlo.

La desgastada familia tuvo que asumir lo insólito, tomar con seriedad las historias locales sobre «fuerzas malignas» y embrujos. Cayeron en cuenta que el origen de aquel mal había sido producto de haber ingerido aquel dulce de calabaza.

Intentaron usar «fuego contra fuego», pero ningún poder fue lo suficientemente efectivo para sanar a aquella pequeña alma atormentada por una «regresión», ya que se comportaba como una niña de un año de edad.

Tras 50 años de sufrimiento y de resignación. La niña se volvió en adulta y luego en mayor de edad. Había sido despojada de su vida, «sin deberla ni temerla». Nunca se supo quien fue el autor de tal atrocidad, ni si fue un acto de venganza contra la muy amada tía de la pequeña.

Se dice entre aquellos que creen en el ocultismo que probablemente la persona que hizo el «maleficio» ha muerto o ha envejecido, puesto que ahora la ya señora comienza a hablar, reconoce personas, es nuevamente una amable «niña». Sea como fuere, si una «macabra» coincidencia o un hecho sobrenatural, lo cierto es que la señora con mente de niña, poco a poco comienza a «crecer».

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