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La muerte de Fátima, ¿de quién es la culpa? / Eduardo Grajales

La muerte de Fátima, ¿de quién es la culpa? / Eduardo Grajales

Lo sucedido con Fátima es un hecho vergonzoso, desafortunado y por demás lamentable, que deja al descubierto terribles y graves fallas de un Estado que no sabe qué hacer ni cómo reaccionar ante el deterioro crónico de su estructura social, causado en gran medida por una crisis económica, laboral, educativa y moral a la que tampoco sabe cómo enfrentar, y que debe encender la alerta ciudadana.
La muerte de esta inocente pequeña no es más que la punta de un iceberg de inseguridad que tiene en su base una serie de negligencias, irresponsabilidades e incapacidades colectivas tanto de autoridades educativas, ministeriales, policiales, políticas y de justicia como también familiares.
Los atroces hechos que conmocionan a México producto de la fatídica noticia, obligan a pensar en el nivel de irresponsabilidad de maestros y directivos que dejan a los niños salir a las calles sabedores de los peligros que se corren en ellas; muestran las consecuencias de la desatención y falta de comunicación de aquellos padres que no procuran a sus hijos, a quienes no les brindan siquiera los elementos necesarios para salvaguardar su propia integridad.
La muerte de Fátima, pone el dedo también sobre un mal eterno en este país bañado de sangre, corrupción e impunidad, como es la lentitud, insensibilidad y falta de capacitación de las autoridades de justicia que, aun teniendo las facultades jurídicas y herramientas humanas a la mano para actuar con presteza y prontitud, priorizan obsoletos y burocráticos protocolos que al final terminan empeorando la situación.
El asesinato aberrante de esa niña de apenas 7 años, rompe con todo discurso político, con todo argumento gubernamental de querer encontrar una explicación lógica a la muerte de mujeres, periodistas, estudiantes, y ahora de inocentes criaturas, cuando la única respuesta es la incapacidad.
¿De qué han servido millones de pesos destinados por años a capacitación, elaboración de manuales, diagnósticos, creación de nuevas leyes, investigaciones y para el perfeccionamiento de protocolos, y demás, si todo ello sigue durmiendo el sueño de los justos en los rincones arcaicos de las gavetas de las oficinas de gobierno?
De que le ha servido al Estado mexicano tanto tiempo, dinero y esfuerzo, si en un día común en una escuela en la ciudad más grande del mundo, una niña es tomada del brazo por una extraña y posteriormente es secuestrada, agredida, violada y asesinada brutalmente sí que nada ni nadie diga o haga nada…
El modelo social en que vivimos en México, donde la violencia y la barbarie parecen ser parte de nuestro mosaico cultural, nos obliga de manera urgente a pensar nuestro futuro como sociedad, como país, a hacer conciencia de nuestro papel como ciudadanos, como padres, como seres humanos.
El trágico suceso que hoy enluta esta vejada Nación, invita a pensar en la calidad de nuestros sistemas educativo, de justicia y de salud que están demostrando su incapacidad en formar a ciudadanos con valores, en detectar y atender patologías sociales, y sobre todo en detener y enjuiciar a los culpables de cualquier delito.
Aunque cierto es que en una democracia la responsabilidad es de todos la culpa es a todas luces del Estado, pues es éste el que tiene a través de toda una completa y millonaria estructura, la responsabilidad de observar y afinar día tras días los mecanismos, procedimientos y todos aquellos protocolos destinados a salvaguardar la integridad de sus ciudadanos.
La inocente Fátima y todos aquellos cientos, quizá millones de mexicanos y mexicanas que han sido vulnerados por la inseguridad son el símbolo perfecto de la decadencia del Estado mexicano contemporáneo.

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