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La sociedad civil y un observador francés / Eduardo Torres Alonso

La sociedad civil y un observador francés / Eduardo Torres Alonso

La sociedad civil es fundamental para la vida pública porque su diversidad temática y organizativa –sin exagerar sus méritos, pero tampoco empequeñeciendo sus acciones– contribuye al cambio social. Aunque a veces no se le entienda, escuche o atienda, ahí está. Más aún: no se va a ir.

Fue un francés quien ofreció la radiografía más aguda sobre la sociedad estadounidense: de sus formas de organización e interacción, de sus instituciones, mecanismos de regulación del poder y de las conductas individuales. Alexis de Tocqueville plasmó sus reflexiones en un muy conocido tratado titulado La democracia en América, libro poseedor, por derecho propio, del estatuto de clásico en las ciencias sociales porque sigue ayudando a comprender el presente. Es atemporal.

Uno de los temas por los cuales resulta pertinente la consulta de esta obra es el de la sociedad civil. Término que en tiempos recientes ha sido tan traído y venido en el debate público. Unas veces como baluarte de los procesos de reforma política y otras como antifaz de pérfidos.

En una sociedad igualitaria nadie tiene más poder que otro, más privilegios o más fuerza para subyugar. Paradójicamente, la integración de todas las voluntades individuales permite la configuración del Estado, único ente superior cuya omnipotencia puede devenir en arbitrariedades. Frente a ello, es la asociación de las personas –que, parafraseando a Benedetti, en la calle, codo a codo, son más que dos– la que debe volverse su freno. La suma de las debilidades individuales, dirá Tocqueville, genera una fuerza colectiva que detiene el apetito absolutista.

En términos contemporáneos, la sociedad civil viene a ser la agregación individual de intereses diferenciados, y que tiene el ánimo de participar en los asuntos comunes dentro del Estado, aunque descartando la idea de volverse gobierno, sin que esto signifique la clausura del diálogo con éste. Este tipo de sociedad –frente a otras que, si bien también se integran voluntariamente, no son abiertas–, no es homogénea o manipulable, precisamente, porque parte de un principio distinto al corporativismo: está formada por sujetos autónomos. Su agenda es diversa y su forma de actuar también. La sociedad civil pone en discusión temas que no forzosamente están en la lista de problemas públicos a atender por el gobierno y contribuye a desanimar la tiranía de la mayoría: aquel ejercicio del poder que invisibiliza y somete a quienes no forman parte del grupo hegemónico.

La existencia de organizaciones de la sociedad civil refleja el ejercicio de las libertades políticas; en particular, el de asociación, y es un signo de civilización: del intercambio razonado y de la coordinación de esfuerzos, aunque también puede entrañar riesgos: que este tipo de asociaciones, sin una rendición de cuentas efectiva, un ánimo envilecido de sus integrantes y la colusión con otros agentes cuyo espacio de actuación se encuentre en la periferia de la legalidad, se vuelvan feudos de unos cuantos y enarbolen una agenda personalísima en lugar de procurar intereses comunes.

Para Tocqueville, autor de otra monumental obra, El Antiguo Régimen y la Revolución, el asociacionismo es fundamental porque rescata a la persona del individualismo, lo sitúa en el espacio público y lo enfrenta a la realidad de la permanente tarea de construcción de la sociedad.

Ni todo lo puede hacer el gobierno ni todo lo puede solucionar el individuo. Se requiere la cooperación entre éstos y entre la autoridad y la sociedad civil.

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