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Los lugares que sirven para ahuyentar la tristeza
Alfredo Palacios con su libro "Los aguajes de ayer y hoy".

Los lugares que sirven para ahuyentar la tristeza

El nuevo libro de Alfredo Palacios “los aguajes de ayer y hoy” se presentará el próximo viernes en el patio central del Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez

Sandra de los Santos / Aquínoticias

Mi familia paterna es de Arriaga así que la frase “Bueno…como dice Meño” me es muy conocida. Jamás se me había ocurrido preguntar “¿Qué dice “Meño”? ¡Y qué bueno! Solo tenía claro que cuando alguien decía esa oración es hora de empezar a recoger sus cosas y marcharse. Hoy me enteré por el libro de Alfredo Palacios Espinosa “Los aguajes de ayer y hoy”, de dónde viene la expresión.

“Este singular dueño (Meño) invariablemente abría a las 12 del día y cerraba a las 6 de la tarde (…) Este señor no podía decir nada sin mentar la madre. Así se llevaba con los clientes y se hizo famoso porque, entre otras cosas, servía la última cerveza junto con la cuenta a las 5:30 de la tarde, porque a las seis resonaba su voz diciendo:

-Bueno, ahora sí, esto se acabó ¡A chingar a su madre todos!”

Esta es una de las anécdotas que se encuentran en el libro, que será presentado el próximo viernes 06 de mayo a las 19:00 horas en el patio central del Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez por los periodistas José Juan Balcázar y Sarelly Martínez Méndoza así como el propio autor.

La sociedad se entiende en la cotidianidad que se da en las calles, los mercados, las plazas públicas, y por supuesto, también las cantinas. Aunque el nombre se ha dejado de utilizar y ahora se matiza diciendo “restaurante bar familiar”, o más recientemente, “botaneros”.

Alfredo Palacios Espinosa cuenta que su intención al hacer este texto es desmitificar las cantinas  como lugares de vicio. Son espacios, dice, que sirven para ahuyentar la tristeza y el malhumor.

En el  libro, que es de muy fácil lectura, se relatan anécdotas (algunas de ellas bastante increíbles) y ambientes que se dan en estos espacios. El autor habla poco del alcohol y las cervezas a lo largo del texto, su hilo conductor son: las botanas, el ambiente festivo, la relación entre los cantineros y la clientela.

En la primera parte hace un recuento por cantinas memorables de los municipios de: Arriaga, Tapachula, Tonalá, Villaflores, Chiapa de Corzo y San Cristóbal. Pero, la mayor parte del libro está dedicado a Tuxtla, que no solo es la capital de Chiapas, sino también de la botana. El calor que hace en esta ciudad los 365 días del año tan solo es llevadero  por el pozol que se encuentra en cada esquina y los botaneros. Una se reconcilia con todo a su alrededor cuando llegan las costillitas fritas, el camarón en agua de chile, el chipilín con bolita, el caldo de chuti, la mojarra frita. Y por si alguien no estuviera satisfecho aún, el triple salto mortal está en una carraca bien preparada o unos frijoles refritos.

Tenía razón Hermelindo Solís, el gran “Lindo”, que solía decir: “bolo que come no muere ni comete pendejadas”, y eso lo han descubierto bien las y los Tuxtlecos. Es raro que se sepa de un “pleito de cantina” en la ciudad. ¿Quién puede andar malhumorado con el kit completo de sabores que se reúne en la mesa de un botanero?

La imagen de las películas de “Hollywood” del cantinero que seca copas mientras sirve “maní” en un pequeño traste a sus clientes y escucha pacientemente sus penas aquí no rifa. Los cantineros de Tuxtla andan de un lado a otro: mandando a su personal, haciéndola ellos mismos de meseros, cobrando cuentas, y muchas veces sentándose en las mesas a conversar con los visitantes. No lo hacen de una manera quedita y taciturna, sino todo lo contrario. Son alegres y confianzudos. “Para ser un buen cantinero no solo se requiere tener olfato para estos negocios, sino también sensibilidad para atender a los clientes” cuenta el autor.

El registro que hace Alfredo Palacios es a partir de los años 40´s, aunque se centra más en décadas más recientes entre los 70´y 90´. Aunque también habla de eventos más cercanos: la muerte de cantineros conocidos y la desaparición de algunos de estos lugares. El apéndice fotográfico es un recuento de memes que se han difundido sobre las cantinas en las redes sociales.

En el libro queda claro que la llegada de las mujeres a las cantinas es reciente, antes se tenía la idea que las que llegaban solo eran con fines de trabajo sexual. Aún quedan resabios de esa idea. Hace no mucho tiempo  llegamos a un “botanero” con unas amigas y nos dijeron que no podían atendernos porque solo íbamos mujeres. “¿A quién se lo fueron a decir?” Amenazamos con llamar a la mismísima Corte Interamericana de Derechos Humanos, si nos negaban nuestro derecho a beber –no sé si alguno de los artículos de la declaración de Derechos Humanos venga ese derecho, pero si no lo está se debería de hacer un movimiento global para que lo consideren-. Una de mis compañeras le dijo con todas sus palabras al propietario “¿Idiay? ¿Piensas que venimos a fichar o qué?”. Después del escándalo nos atendieron. Recuerdo que ya sentadas nos llevaron un par de caguamas y la mesera estaba por llenarme mi vaso, le dije que no lo hiciera porque no tomaba. Me quedó viendo y mientras me servía me dijo: “Ahora bebés porque no en balde estuviste peleando”. Nunca permitió que mi vaso se quedara vacío.

Hablar de la cotidianidad es necesario, dejar registro de quienes construyen los lugares que habitamos también. El encanto de este libro es precisamente eso…que las personas se encuentran y rememoran con la lectura.

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