Antes de alcanzar la perfección estética que hoy admiran los visitantes, las monteras de los parachicos fueron piezas rústicas, funcionales y profundamente ligadas al oficio artesanal chiapacorceño
Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón
En cada edición de la Fiesta Grande de Enero en Chiapa de Corzo, miles de visitantes nacionales y extranjeros, observan con admiración la imagen impecable de los parachicos: máscaras finamente talladas, sarapes coloridos y monteras perfectamente elaboradas que coronan la vestimenta de los danzantes.
Sin embargo, detrás de esa estética pulida que hoy predomina existe una historia menos conocida: las primeras monteras no eran tan estilizadas, simétricas ni visualmente uniformes como las actuales.
De acuerdo con la tradición oral de Chiapa de Corzo, las monteras se estilizaron durante el siglo XX, como complemento de la danza de los parachicos, vinculada a la leyenda de Doña María de Angulo. En aquel periodo, los materiales disponibles eran más limitados y las técnicas artesanales respondían a la funcionalidad antes que a la perfección estética.
Elaboradas principalmente con fibras de ixtle trabajadas manualmente, las monteras antiguas solían ser más rústicas, con formas irregulares, acabados menos detallados y una apariencia mucho más sencilla que las piezas contemporáneas.
Fotografías históricas y testimonios de familias tradicionales muestran que hace varias décadas las monteras tenían una estructura más simple y menos voluminosa. No contaban con el nivel de precisión actual ni con acabados tan uniformes, ya que eran elaboradas de manera completamente artesanal para cumplir su propósito principal: complementar la vestimenta del parachico durante la danza y representar el cabello rubio de los españoles, dentro del simbolismo mestizo que caracteriza a esta celebración.
Con el paso del tiempo, la técnica evolucionó. La demanda creciente, el interés turístico y el orgullo comunitario impulsaron a los artesanos a perfeccionar cada detalle. Hoy, las monteras destacan por su forma estilizada, mayor durabilidad y acabados más refinados, resultado de años de aprendizaje transmitido de generación en generación. Cada pieza puede requerir semanas de trabajo y forma parte de un traje completo cuyo costo oscila entre los 18 mil y 20 mil pesos.
La montera se porta junto con la tradicional máscara de madera de cedro, el sarape y las chalinas bordadas, elementos que dan identidad visual a una de las expresiones culturales más emblemáticas de Chiapas. Más que un accesorio, representa la permanencia de un oficio artesanal que continúa vigente gracias al compromiso de las familias chiapacorceñas.
La Fiesta Grande, celebrada del 4 al 23 de enero en honor al Señor de Esquipulas, San Antonio Abad y San Sebastián Mártir, fue inscrita en 2010 por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento que consolidó su relevancia internacional.
Para el turismo cultural, conocer la historia de las monteras permite entender que detrás de cada pieza existe memoria, transformación y resistencia cultural. Lo que hoy luce perfecto ante los ojos de los visitantes nació de manos artesanas que durante siglos priorizaron la tradición sobre la estética, preservando una de las expresiones más auténticas de Chiapas.








