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Tres poesías que hablan de la violencia contra las mujeres

Tres poesías que hablan de la violencia contra las mujeres

A propósito del día internacional por la eliminación de la violencia en contra de las mujeres, les compartimos estas tres poesías, que abordan el tema

 Aquínoticias Staff

La escritura ha sido una forma de manifestar las ideas y sentimientos de las mujeres desde hace siglos, aunque muchas veces sus textos no se publicaban o lo hacían bajo otro nombre.

“Escribid, mujeres, escribid, que durante siglos se nos fue negado” decía Virginia Wolf. La escritora chiapaneca, Rosario Castellanos aseguraba que descubrió “que la palabra tiene una virtud: si es exacta es letal como lo es un guante envenenado”.

A propósito del día internacional por la eliminación de la violencia en contra de las mujeres, les compartimos estas tres poesías, que abordan el tema.

Halladas

Ana Rosetti

I

En el desierto. Encuentran un cuerpo en el desierto. ¿Quién lo puso allí? ¿Desde cuándo está allí? ¿Hay señales de fieras? ¿Hay vestigios de zarpas o dientes? ¿Hay picotazos? ¿Hay hormigas expandiendo sus puntadas como un tul movedizo? ¿Y cuánta carnicería le corresponde a los depredadores y cuánta a los asesinos?

No se salvó a la hija. No se pudo evitar el horror de la carnicería, el pánico de la muerte. Ahora, solamente es posible rescatarla del sol, privarla de la corona negra de los buitres, de las lágrimas nocturnas del desierto…

¿Es eso un alivio?

Llevársela de allí.

Recomponer el mosaico de su cuerpo desbaratado.

Envolverlo en un lienzo nuevo y entregarlo otra vez

para que la muerte reanude su festín.

¿Pero creéis de verdad que eso es un alivio?

 

Los sables se ensartan en el baúl pintado

paralizando sangre,

enfriando células,

abriendo caminos a la podredumbre.

Levantando la veda a la carroña.

II

A cambio de un cadáver herido, mutilado, se deja de esperar a la hija. A la hija que salió de la casa con urgencia pero que no se dio prisa en volver. Demoró su vuelta tanto y tanto hasta borrar los compartimentos del tiempo.

Pero los relojes ya empiezan a marchar.

Se acabó el presente interminable. A partir de ahora ya no será necesario resistir, tener valor, aguzar el oído al otro lado de la puerta, intentar identificar sus pasos, la canción que cantaba; atisbar en todas las muchachas la semejanza a una forma de peinarse, un andar, esa blusa de colores, esa falda, igual a la suya…

A partir de ahora, se encajarán días, horas, sucesos. A partir de ese cadáver, la hija deja de existir.

Con esmero, alinea los naipes.

Adivina cuál es.

Adivina dónde está, dice el mago.

¿No está el que falta?, insiste. ¿Seguro que no está?

Hábilmente, sus dedos descubren la carta oculta

en la chaqueta del espectador.

El siniestro comodín agita sus cascabeles ensangrentados.

III

Reconózcala. Diga si es ella. Dígalo de una vez: sí o no.

No todos son convocados ante una sábana estirada. No todos son apremiados a acabar con la congoja. No todos pueden envolver con el amor de los lienzos esas niñas despedazadas, traspasadas, aplastadas por la abominación. No todos pueden escribir un nombre en una lápida, cubrirla de flores, encenderle cirios. No todos pueden entregarse al duelo.

 

Hay quienes aún deban hacer acopio de lágrimas porque no saben hasta cuándo debe durar la pena.

¿Hay que dar las gracias, entonces?

Hay que decir SÍ, y desasirse.

Sí, es ella, hay que decir, y abandonarse.

Poner ahora toda la atención en ese hueco.

Esa carne que ya no está en su carne. Esa sangre que le falta.

Será una marca que nos distinguirá para siempre.

Como si las victimas tuviéramos que expiar, de por vida, los crímenes de los asesinos.

Sí, es ella. Gracias. Gracias.

Redobla el tambor.

El prestidigitador, con elegante gesto levanta el paño.

Voilà, dice.

El escenario es un rompeolas de asombros.

 

Rosario Castellanos

Kinsey Report

1

 

—¿Si soy casada? Sí. Esto quiere decir

que se levantó un acta en alguna oficina

y se volvió amarilla con el tiempo

y que hubo ceremonia en una iglesia

con padrinos y todo. Y el banquete

y la semana entera en Acapulco.

 

No, ya no puedo usar mi vestido de boda.

He subido de peso con los hijos,

con las preocupaciones. Ya ve usted, no faltan.

 

Con frecuencia, que puedo predecir,

mi marido hace uso de sus derechos o,

como él gusta llamarlo, paga el débito

conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.

Yo me resisto siempre. Por decoro.

Pero, siempre también, cedo. Por obediencia.

 

No, no me gusta nada.

De cualquier modo no debería de gustarme

porque yo soy decente ¡y él es tan material!

 

Además, me preocupa otro embarazo.

Y esos jadeos fuertes y el chirrido

de los resortes de la cama pueden

despertar a los niños que no duermen después

hasta la madrugada.

 

2

 

Soltera, sí. Pero no virgen. Tuve

un primo a los trece años.

 

Él de catorce y no sabíamos nada.

Me asusté mucho. Fui con un doctor

que me dio algo y no hubo consecuencias.

 

Ahora soy mecanógrafa y algunas veces salgo

a pasear con amigos.

Al cine y a cenar. Y terminamos

la noche en un motel. Mi mamá no se entera.

 

Al principio me daba vergüenza, me humillaba

que los hombres me vieran de ese modo

después. Que me negaran

el derecho a negarme cuando no tenía ganas

porque me habían fichado como puta.

 

Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera

puedo tener caprichos en la cama.

Son todos unos tales. ¿Qué que por qué lo hago?

Porque me siento sola. O me fastidio.

 

Porque ¿no lo ve usted? estoy envejeciendo.

Ya perdí la esperanza de casarme

y prefiero una que otra cicatriz

a tener la memoria como un cofre vacío.

 

3

 

Divorciada. Porque era tan mula como todos.

Conozco a muchos más. Por eso es que comparo.

 

De cuando en cuando echo una cana al aire

para no convertirme en una histérica.

 

Pero tengo que dar el buen ejemplo

a mis hijas. No quiero que su suerte

se parezca a la mía.

 

4

 

Tengo ofrecida a Dios esta abstinencia,

¡por caridad, no entremos en detalles!

 

A veces sueño. A veces despierto derramándome

y me cuesta un trabajo decirle al confesor

que, otra vez, he caído porque la carne es flaca.

 

Ya dejé de ir al cine. La oscuridad ayuda

y la aglomeración en los elevadores.

 

Creyeron que me iba a volver loca

pero me estaba atendiendo un médico. Masajes.

 

Y me siento mejor.

 

5

 

A los indispensables (como ellos se creen)

los puede usted echar a la basura,

como hicimos nosotras.

 

Mi amiga y yo nos entendemos bien.

Y la que manda es tierna, como compensación:;

así como también la que obedece

es coqueta y se toma sus revanchas.

 

Vamos a muchas fiestas, viajamos a menudo

y en el hotel pedimos

un solo cuarto y una sola cama.

 

Se burlan de nosotras pero también nosotras

nos burlarnos de ellos y quedamos a mano.

 

Cuando nos aburramos de estar solas

alguna de las dos irá a agenciarse un hijo.

 

¡No, no de esa manera! En el laboratorio

de la inseminación artificial.

 

6

 

Señorita. Sí, insisto. Señorita.

 

Soy joven. Dicen que no fea. Carácter

llevadero. Y un día

vendrá el Príncipe Azul, porque se lo he rogado

como un milagro a San Antonio. Entonces

vamos a ser felices. Enamorados siempre.

 

¡Qué importa la pobreza! Y si es borracho

lo quitaré del vicio. Si es mujeriego

yo voy a mantenerme siempre tan atractiva,

tan atenta a sus gustos, tan buena ama de casa,

tan prolífica madre

y tan extraordinaria cocinera,

que se volverá fiel como premio a mis méritos,

entre los que el mayor es la paciencia.

 

Lo mismo que mis padres y los de mi marido

celebraremos nuestras bodas de oro

con gran misa solemne.

 

No, no he tenido novio. No, ninguno

todavía. Mañana.

 

 

Gioconda Belli

Consejos para la mujer fuerte

 

Si eres una mujer fuerte

protégete de las alimañas que querrán

almorzarte el corazón.

 

Ellas usan todos los disfraces de los carnavales de la tierra

Se visten como culpas, como oportunidades,

como precios que hay que pagar

 

Te hurgan el alma;

meten el barreno de sus miradas o sus llantos,

hasta lo más profundo del magma de tu esencia

no para alumbrarse con tu fuego

sino para apagar la pasión

la erudición de tus fantasías.

Si eres una mujer fuerte

tienes que saber que el aire que te nutre

acarrea también parásitos, moscardones,

menudos insectos que buscarán alojarse en tu sangre

y nutrirse de cuanto es sólido y grande en ti.

No pierdas la compasión, pero témele a cuanto conduzca

a negarte la palabra, a esconder quien eres,

lo que te obligue a ablandarte

y te prometa un reino terrestre a cambio

de la sonrisa complaciente.

Si eres una mujer fuerte

prepárate para la batalla:

aprende a estar sola

a dormir en la más absoluta oscuridad sin miedo,

a que nadie te tire sogas cuando ruja la tormenta,

a nadar contra corriente.

Entrénate en los oficios de la reflexión y el intelecto.

Lee, hazte el amor a ti misma, construye tu castillo,

rodealo de fosos profundos,

sin olvidar anchas puertas y ventanas.

Es menester que cultives enormes amistades

que quienes te rodeen y quieran, sepan lo que eres;

que te hagas un círculo de hogueras

y enciendas en el centro de tu habitación

una estufa siempre ardiente

donde se mantenga el hervor de tus sueños.

Si eres una mujer fuerte

protégete con historias y árboles,

con recetas antiguas de cantos y encantamientos.

Has de saber que eres un campo magnético

hacia el que viajarán aullando clavos herrumbrados

y el óxido mortal de todos los naufragios.

Ampara.

Pero amparate primero.

Guarda las distancias.

Constrúyete. Cuidate.

Atesora tu poder.

Defiéndelo.

Hazlo por ti.

Te lo pido en nombre de todas nosotras.

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